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sobre Planoles
Municipio soleado en el valle del Rigat; turismo familiar y naturaleza
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Hay pueblos a los que llegas casi por casualidad. Vas conduciendo por el valle de Ribes, mirando las montañas, y de repente aparece un desvío que parece llevar a un sitio pequeño, sin demasiado ruido. Planoles es exactamente eso. Cuando alguien habla de turismo en Planoles, en realidad habla de pasar unos días en un pueblo que sigue funcionando como pueblo, no como decorado.
Está a los pies del macizo del Puigmal, rodeado de prados y bosques donde el verde cambia mucho según la estación. Aquí viven algo más de 300 personas y el ritmo se nota distinto en cuanto bajas del coche. No hay sensación de parque temático rural. Más bien lo contrario: calles cortas, casas de piedra y la impresión de que la vida diaria sigue su curso aunque haya visitantes el fin de semana.
Un pueblo repartido en pequeños núcleos
El municipio no es solo el casco principal. También están Fornells, Serfontanet y Nevà, pequeños núcleos que salpican el valle. Si conduces por la zona te das cuenta enseguida: casas de piedra, tejados oscuros de pizarra y portales con arco que llevan ahí más tiempo que muchas carreteras de la comarca.
Algunas viviendas conservan balcones de madera y ventanas pequeñas, muy pensadas para aguantar el frío cuando el invierno se pone serio. Todavía se ven huertos pegados a las casas y prados donde pasta el ganado. Menos que hace décadas, claro, pero sigue formando parte del paisaje cotidiano.
La iglesia de Sant Martí y el centro del pueblo
En el centro aparece la iglesia de Sant Martí. No es un monumento espectacular, pero cumple bien su papel de referencia visual. El campanario se ve desde varios puntos del valle, como esas torres que te sirven para orientarte cuando vas caminando.
El edificio parte de un origen románico, aunque ha tenido reformas con los años. Se nota en el aspecto sobrio, muy de iglesia de montaña. Muros gruesos, pocas concesiones decorativas y la sensación de que aquí lo importante era que el edificio aguantara bien las nevadas.
Caminar desde Planoles
Una de las cosas que más agradezco de Planoles es que no necesitas organizar nada complicado para salir a andar. Sales del pueblo y en pocos minutos ya estás en caminos entre prados o bosque.
Muchos senderistas usan el valle como base para moverse por la zona del Puigmal. Es una de esas montañas que todo el mundo en el Pirineo oriental conoce. Subirla ya es otra historia: desnivel serio y terreno de alta montaña. No es un paseo.
También hay rutas más tranquilas por el valle. Caminos que conectan pueblos cercanos o senderos que siguen el curso del río Rigard. En esos paseos a veces se ven rebecos en las laderas altas. Y con algo de suerte, alguna marmota asomando entre las rocas cuando hace buen tiempo.
Invierno en el valle
Cuando llega la nieve, el ambiente cambia bastante. Planoles se convierte en uno de esos pueblos donde mucha gente se aloja mientras se mueve a estaciones cercanas como Núria o La Molina.
Lo curioso es que el pueblo mantiene bastante calma incluso en temporada de esquí. No hay el bullicio típico de los núcleos pegados a pistas. Es más bien un lugar donde vuelves por la tarde, aparcas el coche y todo vuelve a estar tranquilo.
Si nieva fuerte, algunos caminos quedan cubiertos varios días. Pasear entonces tiene algo especial: silencio, humo saliendo de las chimeneas y ese crujido de la nieve bajo las botas.
Lo que se come cuando aprieta el frío
La cocina del valle es la que te imaginas cuando piensas en montaña: platos contundentes y sin demasiadas florituras.
El trinxat aparece mucho en las mesas, con col y patata bien trabajadas. También carnes a la brasa, embutidos curados en la zona y guisos que reconcilian con el mundo cuando vienes de pasar frío fuera. En invierno es habitual que aparezcan caldos espesos o escudella.
No es cocina para fotografiar mucho. Es cocina para entrar en calor.
Cuándo merece la pena acercarse
El verano aquí se agradece. Mientras en la costa el calor aprieta, en Planoles se puede caminar sin acabar empapado de sudor. A veces cae alguna tormenta de tarde, muy típica del Pirineo.
Primavera y otoño cambian bastante el paisaje. En primavera los prados están muy vivos y el valle se llena de agua bajando de las montañas. En otoño los bosques alrededor del pueblo se vuelven más oscuros y el aire ya empieza a oler a invierno.
El invierno, eso sí, es otra liga. Si te gusta la nieve o moverte por la montaña en esa época, el valle tiene carácter. Si no, mejor venir cuando el suelo no está helado.
Planoles no intenta llamar la atención. Y quizá por eso funciona. Es de esos lugares donde pasas un par de días caminando, mirando montañas y escuchando cencerros a lo lejos. Cuando te vas, tampoco sientes que hayas “tachado” un destino. Más bien que has pasado un rato en un pueblo que sigue siendo pueblo.