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sobre Ripoll
Cuna de Cataluña con su monasterio románico; capital comarcal con pasado industrial
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El frío de enero pica en los tobillos cuando cruzas el puente blanco que salva el Ter a la entrada del centro. Abajo, el río baja turbio después de varios días de lluvia. Las copas de los chopos están desnudas y el cielo tiene ese gris espeso de los inviernos del Ripollès. A esa hora, sobre las nueve más o menos, el turismo en Ripoll todavía no se nota demasiado. El pueblo se mueve despacio. Alguna persiana sube, una puerta se abre, y del interior de los bares sale olor a café y a leña.
La piedra que cuenta historias
La portalada de Santa Maria obliga a levantar la cabeza. Si te acercas demasiado solo ves fragmentos: una mano, una corona, un animal tallado. Hay que retroceder unos pasos para entender el conjunto. En la piedra aparecen escenas bíblicas que llevan ahí desde el siglo XII, gastadas por siglos de lluvia y de heladas. Los rostros están suavizados por el tiempo, casi como si fueran de barro.
Dentro, el claustro tiene una calma muy particular. Huele a incienso antiguo y a madera limpia. Los pasos resuenan bajo los arcos y el sonido tarda un momento en apagarse. A ratos se oye el clic de una cámara o el murmullo de alguien que habla bajo. En las salas donde se explica el antiguo scriptorium cuesta imaginar el movimiento que debió de haber aquí en la Edad Media, cuando los monjes copiaban manuscritos con la luz entrando por ventanas estrechas. El silencio actual ayuda bastante.
Conviene entrar a primera hora del día o a última de la tarde. A media mañana suelen coincidir grupos y el claustro pierde parte de esa quietud.
El valle que olvida la hora
Cuando la niebla se levanta, el sol empieza a tocar los tejados de pizarra. El humo de las chimeneas sube recto si el aire está quieto. En la plaça Gran la vida pasa despacio. Bajo los soportales siempre hay alguien charlando o jugando a las cartas. No es una escena preparada; ocurre así desde hace años.
Si te apetece caminar un poco, el camino que sigue el curso del Ter sale del casco urbano casi sin darte cuenta. En pocos minutos el ruido del tráfico desaparece. El sendero pasa entre árboles y el sonido del agua se vuelve constante. En otoño el suelo queda cubierto de hojas húmedas y las botas hacen ese ruido blando de bosque mojado. A veces aparece algún pastor bajando con el rebaño desde las laderas. Un gesto con la cabeza y cada cual sigue su ritmo.
Fuego y hierro
En Ripoll la historia también pasa por el hierro. La antigua Farga Palau conserva el ambiente de las ferrerías hidráulicas que funcionaron durante siglos en el valle. Dentro queda el olor oscuro del carbón y de la piedra húmeda. Cuando el horno se enciende en las demostraciones, el calor se nota enseguida en la cara. El metal al rojo ilumina la estancia con una luz anaranjada muy breve, y el golpe del mazo retumba en las paredes.
Las explicaciones suelen ser sencillas, sin demasiada escenografía. Basta con ver el agua moviendo el mecanismo y el hierro cambiando de color para entender cómo se trabajaba aquí.
Lo que conviene saber antes de ir
El monasterio suele abrir todos los días, aunque los horarios cambian según la época del año. En invierno las tardes son cortas y conviene no apurar demasiado la visita. La entrada normalmente es económica, pero a veces hay franjas de acceso libre.
Los fines de semana largos y algunos puentes festivos el centro se llena bastante. Si buscas caminar con calma por el claustro o por las calles cercanas, mejor venir entre semana o llegar temprano.
A finales de primavera suele haber ferias y movimiento en las plazas. El ambiente se anima, aparecen puestos de comida y artesanía y el pueblo cambia de ritmo durante unos días.
Cuando cae la noche el aire del valle se vuelve muy limpio. Si levantas la vista desde alguna calle poco iluminada, las estrellas aparecen con más fuerza que en la costa. Ripoll se queda en silencio bastante pronto, con el río sonando de fondo como un rumor constante.