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sobre Setcases
Pueblo turístico de alta montaña; puerta a la estación de esquí Vallter 2000
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A primera hora, cuando el sol apenas asoma por encima de las laderas, el aire de Setcases entra frío por cualquier rendija. El pueblo todavía está medio en silencio y el sonido que manda es el del agua bajando con prisa por el torrente de Vilallonga. Desde la entrada del valle, las casas de piedra y los tejados de pizarra se agrupan alrededor de la carretera como si buscaran abrigo. Setcases, en el Ripollès, está a 1.265 metros de altura y eso se nota en el cuerpo: incluso en verano, a la sombra suele refrescar.
Alrededor se levantan montañas altas para lo que es el Pirineo oriental. En invierno, muchas mañanas aparecen cubiertas de nieve y el pueblo queda encajado entre paredes blancas y grises. El nombre, según se repite aquí, alude a las siete casas que formaron el primer núcleo estable, aunque la presencia humana en el valle es anterior. Durante generaciones la vida giró en torno al ganado, la madera y los pastos de altura. Hoy el turismo tiene peso, pero todavía se ven huertos pequeños, pilas de leña junto a las fachadas y tractores que pasan despacio por la calle principal.
La carretera que sube desde Camprodon serpentea entre prados y bosques de pino. En otoño el valle se vuelve más dorado y el contraste con las cumbres oscuras es muy marcado al final de la tarde. Conviene tomarse la subida con calma: hay tramos estrechos y curvas donde dos coches pasan justos.
La vida alrededor de Sant Miquel
La iglesia de Sant Miquel ocupa el centro del pueblo y su campanario sirve de referencia desde casi cualquier punto. El edificio tiene origen románico, aunque con reformas posteriores —sobre todo del siglo XVIII— que cambiaron parte de su aspecto. Aun así, mantiene esa solidez de las iglesias de montaña: muros gruesos, piedra irregular y una puerta que parece hecha para resistir inviernos largos.
Las casas siguen un patrón parecido. Paredes de piedra oscura, balcones de madera y ventanas pequeñas que ayudan a conservar el calor cuando sopla el viento del norte. Paseando sin rumbo por las calles se ven detalles cotidianos: ropa tendida, leña ordenada bajo un cobertizo, gatos durmiendo en los escalones cuando el sol calienta.
Al salir del núcleo urbano el paisaje se abre rápido. Hacia el norte se levanta el Bastiments, que supera los 2.800 metros y domina todo el valle. Al oeste aparece el Costabona, una montaña más redondeada que marca la frontera natural con Francia. Desde algunos prados cercanos al pueblo se ve perfectamente la línea de la cresta en días despejados.
El torrente de Vilallonga atraviesa Setcases con agua clara y fría incluso en pleno verano. En primavera baja con más fuerza por el deshielo, y el ruido del agua se escucha desde casi cualquier calle. Hay rincones donde la gente se sienta en las rocas a remojarse los pies cuando aprieta el calor de julio o agosto.
Caminos hacia la alta montaña
Setcases suele ser punto de partida para muchas rutas del Pirineo oriental. Desde aquí salen senderos que remontan el valle en dirección a Ull de Ter, donde el río Ter nace en un circo glaciar rodeado de cumbres. No es un paseo corto: conviene madrugar, llevar agua y mirar bien la previsión del tiempo, porque en la montaña el viento cambia rápido.
La subida al Bastiments es otra de las rutas habituales. El terreno, sobre todo en la parte alta, es pedregoso y expuesto. Cuando el cielo está claro, desde arriba se alcanza a ver buena parte del Pirineo oriental e incluso el Mediterráneo en días muy limpios, aunque no es una excursión para improvisar.
En invierno, muchos visitantes utilizan Setcases como base para acercarse a la estación de esquí de Vallter, que queda a pocos kilómetros valle arriba. Cuando nieva o sopla viento fuerte, la carretera puede complicarse; a veces amanece con placas de hielo y conviene subir con tiempo y con el coche preparado.
En cuanto a la cocina de la zona, sigue muy ligada al clima de montaña. Platos contundentes como el trinxat de col y patata, carnes a la brasa y embutidos del Ripollès aparecen con frecuencia en las mesas, sobre todo cuando aprieta el frío. Después de caminar varias horas por el valle, ese tipo de comida se agradece.
Cuando el pueblo se llena
La fiesta mayor dedicada a Sant Miquel suele celebrarse hacia finales de septiembre. Durante esos días el ritmo cambia: llegan familias que tienen casa en el valle, se oyen más voces en las calles y por la noche el pueblo deja de ser tan silencioso como el resto del año.
Fuera de esas fechas, Setcases mantiene una calma bastante constante. Entre semana, especialmente en otoño o a comienzos de primavera, se puede caminar por el pueblo sin apenas cruzarse con nadie más que algún vecino o senderistas que pasan de camino a la montaña.
Quizá lo que más queda en la memoria es el sonido del agua y el cambio de luz a lo largo del día. Por la tarde, cuando el sol baja detrás de las cumbres, las fachadas de piedra se vuelven más oscuras y el aire se enfría rápido. En ese momento el valle recupera algo de la tranquilidad que seguramente tuvo cuando aquellas primeras siete casas empezaron a agruparse junto al río.