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sobre Vilallonga de Ter
Pueblo pintoresco en el valle de Camprodon; incluye la Roca de Pelancà
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El primer sonido, a esa hora, es el golpe seco de una persiana de madera. Luego, el crujido de las tablas bajo los pies y el agua corriendo por una canaleta de piedra. La luz del norte, baja y fría, se cuela entre los voladizos de pizarra y pinta las fachadas de un gris azulado. En Vilallonga de Ter, a mil sesenta y siete metros, la mañana empieza con esta lentitud pirenaica.
El pueblo son menos de cuatrocientas personas repartidas en distintos barrios. No es un lugar de paso. El río Ter está presente en el rumor constante que sube del valle y en la humedad que se queda en la piedra. Desde cualquier callejón se ven las cumbres: el Pic de la Dona, el Puig de la Canal, recortándose contra un cielo que aquí parece más cercano.
Las casas son compactas, con ventanas pequeñas y balcones de hierro forjado. La iglesia de Sant Martí, maciza y sin adornos, preside la plaza con su campanario. No hay mucho más que ver arquitectónicamente. El valor está fuera: en el silbido del viento entre los abetos, en el olor a tierra mojada después de una tormenta de verano.
En primavera, los prados alrededor del núcleo se llenan de un verde intenso, pastados por vacas que apenas levantan la cabeza. En octubre, los hayedos se incendian en tonos rojizos y amarillos. El río baja frío y rápido; sus pozas son para un chapuzón breve, no para nadar. La corriente tiene fuerza y el agua nunca pierde del todo el frío de la nieve.
Hay caminos que salen del pueblo hacia los bosques. La subida al Pic de la Dona es para gente con piernas y previsión: el tiempo cambia rápido y la senda es pedregosa. Opciones más tranquilas siguen el curso del Ter o rodean las praderas de Costabona, donde solo se oye el crujir de las ramas.
En invierno, la carretera a Vallter 2000 se llena de coches con portaequipajes. La estación está a unos quince minutos en coche. Tiene pistas para esquí alpino y también para hacer travesía. Con nieve firme, se puede caminar con raquetas por los alrededores, pero conviene consultar el parte de aludes antes de salir.
Setas hay, sobre todo robellones y rossinyols, pero es terreno vedado si no vas con alguien que sepa. Lo mismo con la pesca en el Ter: hay temporada y cupo, y los guardas suelen pasar por aquí.
Para comer, se trata de lo de siempre en estos valles: carne a la brasa, butifarra negra, patatas con romero. En días de fiesta puede haber trinxat o escudella. Si te apetece algo dulce, en Camprodon —a veinte minutos por la carretera— hay pastelerías que siguen haciendo las galletas como hace cincuenta años.
Las celebraciones del pueblo giran alrededor del santoral y las estaciones. Son cosas pequeñas: una misa, una comida comunal en la plaza, una danza tradicional. Se nota que es una comunidad que se sostiene.
Vilallonga no tiene grandes planes que venderte. Tiene el peso de la piedra, el sonido del río y un silencio que cuesta encontrar más abajo. Es un sitio para parar, no para hacer lista.