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sobre Sant Hilari Sacalm
La villa de las cien fuentes; entorno forestal en las Guilleries y balnearios
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Llegué a Sant Hilari Sacalm con una botella vacía en el mochilón. No es que me hubiera quedado sin agua en el coche; es que aquí mucha gente hace lo mismo: llenarla antes de irse. Es como cuando vas a casa de tu abuela y te encasqueta tres tuppers de lentejas para el camino. Sant Hilari tiene esa costumbre: te marchas con agua.
El pueblo que vende agua antes que souvenirs
Se suele decir que tienen más de cien fuentes. Yo no me puse a contarlas, pero sí da la sensación de que en cada esquina aparece un grifo con un cartel que parece sacado de un laboratorio: “Agua mineral natural”. Aquí el agua no es solo agua; forma parte de la historia del pueblo. A finales del siglo XIX ya se reconocía oficialmente el valor de varios manantiales, y a partir de ahí empezó toda la fama termal del lugar.
A las afueras todavía se conserva el antiguo balneario, ese edificio grande de tejados rojos que parece salido de una película de principios del siglo XX. En su día venía gente a “tomar las aguas”, algo muy de la época: pasar unos días bebiendo agua mineral como si fuera una receta médica. Delante sigue habiendo una fuente donde el agua sale fría todo el año y con ese ligero cosquilleo mineral que notas enseguida.
Cuando el bosque es tu vecino
Sant Hilari es una de las puertas de entrada a les Guilleries. Si miras el mapa, verás que el pueblo está prácticamente rodeado de bosque. Y se nota. En otoño huele a seta húmeda y en invierno a leña quemándose en las chimeneas.
Hay senderos que arrancan casi desde el propio pueblo. Sales andando y en poco rato ya estás metido en hayedos y castañares. El GR‑178 pasa por la zona y enlaza varios caminos históricos relacionados con Serrallonga, el bandolero más famoso de estas montañas. En cuanto te alejas un poco de las casas, el móvil empieza a perder cobertura, que a veces tampoco viene mal.
Consejo de amigo: si vas con críos o no te apetece una caminata larga, hay un pequeño recorrido que conecta varias ermitas cercanas. No tiene gran dificultad y siempre hay algún banco o claro donde parar un rato. Es de esas rutas que te permiten decir que has salido al monte sin acabar reventado.
Setas, guisos y dulces de los de toda la vida
La cocina de la zona tira mucho de lo que sale del bosque. En temporada de setas aparecen en casi todos los menús de la comarca: rovellons, ceps o lo que haya dado el monte ese año.
El jabalí guisado con setas es bastante habitual por aquí, y también el fricandó, ese estofado de ternera con salsa espesa que en muchas casas sigue haciéndose como lo hacían las abuelas.
Luego están los dulces típicos del pueblo, los llamados jaumets. Son galletas de mantequilla bastante conocidas en la zona y llevan el nombre de un personaje muy querido de Sant Hilari: un antiguo aguador que recorría las calles con su flabiol. Son de esas galletas que desaparecen del paquete mucho más rápido de lo que uno tenía previsto.
Cuando Serrallonga vuelve al pueblo
Cada año, hacia finales de septiembre, Sant Hilari suele organizar una fiesta dedicada a Serrallonga. Durante unos días el pueblo se llena de gente vestida de bandolero, puestos de artesanía y representaciones en la calle. Es un ambiente bastante animado, más cercano a una recreación histórica popular que a un mercado medieval de manual.
También hay una tradición muy antigua en Semana Santa: un Via Crucis representado por los vecinos que recorre varias calles del pueblo de noche, iluminado con antorchas. Lleva celebrándose desde hace generaciones y sigue implicando a bastante gente del lugar.
Consejo final: ven sin prisa y da una vuelta larga
Sant Hilari Sacalm no es un sitio de checklist rápido. Funciona mejor si llegas sin prisa, das una vuelta por el centro y te acercas luego a alguno de los caminos que salen hacia el bosque.
La oficina de turismo está en una casa señorial antigua del centro. Suele ser buen sitio para coger un mapa y preguntar por rutas sencillas o por dónde están algunas de las fuentes más conocidas.
Desde el ayuntamiento también se puede subir caminando hasta la cruz que hay en lo alto de la colina cercana. No lleva mucho rato y desde arriba se entiende bien dónde estás: un pueblo metido entre montañas, rodeado de bosque y con más agua de la que uno espera encontrar tan lejos del mar.
Y sí, lo normal es que antes de irte acabes rellenando la botella otra vez. Aquí casi todo el mundo lo hace.