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sobre Sant Pere de Vilamajor
Pueblo histórico que fue residencia condal a las puertas del Montseny
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El olor a tierra mojada sube por la ladera del Montseny cuando cruzas el puente sobre la riera. Son las nueve de la mañana, el sol acaba de secar el rocío de los tejados de Sant Pere de Vilamajor y los primeros ciclistas locales salen con el café aún caliente en la mano. Nadie parece tener prisa. Aquí, a unos 46 kilómetros de Barcelona, el tiempo se mide más por estaciones que por minutos.
La torre que no era campanario
La Torre Roja se levanta separada del cuerpo de la iglesia, apenas un metro y medio de distancia entre los muros. Basta acercarse para entender que antes cumplía otra función. Fue la torre del homenaje del antiguo castillo, vinculado a la casa condal de Barcelona. El terremoto de 1448 arrasó buena parte del conjunto y dañó la iglesia, pero la torre quedó en pie.
Si subes la vista desde la plaza se ve cómo el ladrillo rojizo cambia de tono con la luz de la tarde, casi anaranjado cuando el sol cae detrás del Montseny. Desde arriba —cuando se puede acceder— el valle se abre hacia Cardedeu y la llanura del Vallès; en días muy claros, algunos dicen que incluso se intuye la ciudad de Barcelona en la distancia.
La iglesia actual se terminó a comienzos del siglo XVII. Conserva formas del gótico tardío, aunque el interior mezcla épocas. En la capilla mayor hay una pila bautismal medieval que sobrevivió al terremoto. Según la tradición local, aquí bautizaron a Alfonso I de Aragón, nacido en el cercano palacio condal y criado durante un tiempo por una nodriza del pueblo.
Cuando el bosque entra en el pueblo
Sant Pere de Vilamajor no acaba donde terminan las calles del centro. El municipio se reparte en varios núcleos diseminados —Vallserena, Canyes, El Bruguer, El Pla, entre otros— conectados por carreteras estrechas y caminos que cruzan campos y bosques.
Las masías aparecen entre encinas y pinos, algunas todavía con huertos y gallineros detrás. En invierno, al caer la tarde, suele oler a leña húmeda. En verano el aire cambia y llega el perfume seco de los pinares calentados por el sol.
Hay varios senderos señalizados alrededor del pueblo. El camí de Can Puig es corto, apenas un cuarto de hora de subida continua, pero al girar el último recodo se abre una vista amplia del Vallès, con los campos ordenados en parcelas y las sierras bajas cerrando el horizonte.
En otoño el movimiento cambia. A primera hora aparecen coches aparcados en los márgenes de los caminos y gente con cestas de mimbre. Los bosques del Montseny cercano atraen a quienes buscan rovellons o camagrocs. Al mediodía, de vuelta al pueblo, las botas suelen llegar manchadas de barro.
El mercado que viajó ocho siglos
A principios de noviembre las calles del centro se llenan de telas de lino, puestos de madera y olor a comida hecha al momento. El Vilamagore Medieval recrea el antiguo mercado del pueblo, documentado desde finales del siglo XIV, cuando la localidad obtuvo ciertos privilegios ligados a Barcelona.
Durante ese fin de semana aparecen herreros trabajando el hierro, músicos con instrumentos antiguos y tenderetes de miel, queso o embutidos. Hay talleres sencillos donde los niños prueban oficios antiguos mientras los mayores se mezclan entre la gente que llega de pueblos cercanos.
El resto del año el ritmo es mucho más tranquilo. En la plaça Major se monta un pequeño mercado semanal donde se ven bolsas de legumbres secas, fruta de temporada y conversaciones largas entre vecinos que ya se conocen.
Cómo perderse sin perderse
Desde el núcleo urbano salen varios caminos fáciles de seguir. Uno de los más habituales sube hasta la ermita de Sant Elies. Son unos tres kilómetros entre ida y vuelta, primero bordeando campos abiertos y luego entrando en un pinar donde el suelo se cubre de agujas secas.
La ermita aparece de golpe en un claro. Es pequeña, de piedra sencilla, con un tejado oscuro que casi se confunde con el bosque. A menudo está abierta. Dentro huele a cera y a madera vieja. Si te quedas un rato en silencio, lo primero que se oye es el viento pasando por las copas de los pinos.
Otra caminata conocida por la zona es la de les fonts del Cortès i del Sot, de unos cuatro kilómetros. El sendero pasa junto a pequeñas surgencias de agua que brotan de la roca y forman charcos poco profundos. En verano más de uno acaba metiendo los pies para refrescarse.
Cuándo ir: octubre suele ser buen momento para caminar por los bosques del entorno, cuando las hojas empiezan a cambiar de color y aparecen las primeras setas. A finales de junio el pueblo celebra su fiesta mayor y las noches se alargan en la plaza. Si buscas tranquilidad, evita las tardes de domingo: las carreteras de acceso se llenan de motos y bicicletas que suben desde el área de Barcelona.
En Sant Pere de Vilamajor no hay playas ni grandes monumentos. Lo que hay es un pueblo pegado al Montseny, donde el bosque empieza a pocos minutos de las últimas casas y donde todavía se escucha la riera después de una noche de lluvia. A veces eso es más que suficiente.