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sobre Santa Cristina d'Aro
Municipio residencial con costa y montaña; alberga el museo de la magia y dólmenes
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Hay una frase que escuché una tarde en un bar de Solius que resume bastante bien el sitio: “Aquí no hay playa ni montaña, pero tenemos de todo”. El tipo llevaba un rato largo de charla y una ruta en bici a las espaldas, así que algo de razón tendría. Si alguien busca turismo en Santa Cristina d'Aro, lo primero que tiene que entender es esto: no es el típico pueblo de postal. Es más bien como ese vecino que siempre tiene un destornillador prestado y un tupper de lentejas cuando vuelves de viaje.
El pueblo que se apartó del ruido de la costa
Imagínate que Castell‑Platja d’Aro es ese primo que cada verano vive de fiesta. Pues Santa Cristina sería el hermano que decidió apartarse un poco del ruido. El municipio se organizó por su cuenta en el siglo XIX y agrupó varias parroquias que siguen marcando el territorio: Santa Cristina, Solius, Romanyà y Bell‑lloc.
La clave está en la C‑65. La carretera que une Sant Feliu de Guíxols con Llagostera cruza el término municipal sin llamar demasiado la atención. Mucha gente la usa para ir hacia la Costa Brava y ni se entera de que ha pasado por aquí. Es como ese bar del barrio al que entras por casualidad después de años viviendo en la misma calle.
El dolmen de la Cova d’en Daina y otros rastros prehistóricos
Lo primero que fui a ver fue la Cova d’en Daina, que en realidad no es una cueva. Es uno de los dólmenes más conocidos de la zona y está en Romanyà de la Selva, rodeado de pinos y senderos tranquilos. La estructura es del tercer milenio antes de nuestra era, más o menos. Cinco mil años ahí plantada, sin taquilla ni montaje alrededor.
En el municipio hay más restos prehistóricos repartidos por el bosque. Algunos están señalizados y otros quedan dentro de fincas privadas, así que no siempre es fácil encontrarlos. Desde Solius salen rutas a pie que pasan por varios puntos megalíticos. Son caminos sencillos, pero conviene llevar agua y algo de paciencia: aquí el paisaje manda más que la señalización.
La vía verde del Carrilet
El antiguo ferrocarril entre Olot y Sant Feliu de Guíxols acabó convertido en una vía verde larga que atraviesa media provincia. En Santa Cristina pasa uno de los tramos más cómodos.
Es terreno llano, asfaltado y sin coches. Los domingos se ve de todo: familias con remolques para niños, gente mayor caminando y ciclistas que se toman el paseo con calma. Si tiras hacia Sant Feliu llegas al mar en poco rato. En la otra dirección el paisaje se vuelve más interior, con campos y bosque.
Es de esas rutas donde puedes pedalear sin pensar demasiado, simplemente dejando pasar el rato.
La feria de cerveza artesana que aparece en otoño
Cuando llega el otoño, Santa Cristina suele montar una feria dedicada a la cerveza artesana. Durante un fin de semana de octubre el pueblo se llena bastante más de lo habitual.
La dinámica es sencilla: compras un vaso reutilizable y vas probando distintas cervezas de pequeños productores. Entre medio aparecen paradas con miel de les Gavarres, quesos de cabra, embutidos y otros productos del entorno. El ambiente es más de plaza de pueblo que de festival moderno.
Una vez coincidí con un grupo que había venido desde Ponent cargando con su propio queso para acompañar las cervezas. “Cada una pide una cosa distinta”, me dijeron. Esa mezcla de feria local y reunión improvisada le queda bastante bien al pueblo.
Cocina lenta, de las que piden sobremesa
La cocina que te encuentras por la zona sigue ese ritmo tranquilo del interior del Baix Empordà. Nada de platos rápidos.
La coca de recapte suele aparecer bastante: masa fina con verduras asadas y butifarra. También se ven guisos como el suquet de pescado de roca o cordero cocinado sin prisas. Son platos que se hacen despacio y se comen todavía más despacio.
La miel de las colmenas de les Gavarres también es bastante habitual en mercados y pequeñas paradas de producto local. Mucha gente se lleva un bote a casa como recuerdo comestible del viaje.
Mi consejo: pasar por aquí cuando la costa se calma
Santa Cristina d’Aro funciona mejor cuando la Costa Brava baja el volumen. En pleno verano todo alrededor va muy rápido; en otoño o primavera el sitio se entiende mejor.
Puedes salir a caminar por Romanyà, acercarte al dolmen, pedalear un rato por el carrilet y terminar el día sin demasiada prisa. No es un lugar para acumular cosas en la agenda.
Es más bien para eso que a veces cuesta tanto: pasar unas horas sin tener que hacer nada especial. Y oye, no se le da nada mal.