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sobre Gimenells i el Pla de la Font
Pueblos de colonización agraria del siglo XX; arquitectura planificada y moderna
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A las seis y media de la mañana, el canal de regadío suena como un río pequeño. El agua corre rápida, cortando la planicie en dos mitades verdes. Un hombre con botas de goma abre una compuerta y el agua cambia de dirección, inundando un campo de alfalfa que huele a hierba fresca y a tierra mojada. Es el momento en que el pueblo despierta, antes de que el sol se ponga firme sobre los frutales.
El castillo que no era para princesas
Desde la carretera que viene de Lleida, el castillo de Gimenells parece más bien una casa grande con tejado árabe. No tiene torres altas ni almenas de postal. Es una construcción sobria, vinculada a las defensas que durante siglos protegían esta parte del Segrià, cuando la llanura era frontera. Las piedras son grises y toscas, del tamaño de cajas de vino, encajadas con esa lógica práctica de la arquitectura militar.
Dentro, el patio suele oler a romero seco y a pared caliente cuando aprieta el sol. En una esquina, un olivo viejo empuja el muro con las raíces, lento y paciente. Desde arriba se entiende el territorio: la plana del Segrià extendida como una cuadrícula de cultivos, alguna masía aislada y, en los días claros, la silueta del Montsec dibujada al fondo.
El acceso no siempre está abierto de manera regular. Si te interesa verlo por dentro, lo más sensato es preguntar en el ayuntamiento cuando esté abierto; en los pueblos pequeños las llaves suelen estar más cerca de lo que parece.
Cuando los campos huelen a melocotón
En mayo, los presseguers florecen y Gimenells huele dulzón durante un par de semanas. Es un olor suave que llega con el aire de la mañana. Los agricultores miran el cielo más de lo habitual: una helada tardía puede arruinar la campaña en una noche.
Los caminos de terra batuda se llenan de tractores que van y vienen entre parcelas. En verano pasan más despacio, cargados con cajas de melocotones.
No hay rutas señalizadas ni paneles. Para caminar basta con elegir uno de esos caminos agrícolas y seguirlo entre campos. El terreno es completamente llano. Cada cierto tiempo aparece una caseta de riego, con su puerta metálica y ese olor a tubería húmeda. Los agricultores saludan levantando la mano sin dejar de andar: un gesto rápido, suficiente.
El xop negre y otros testigos
En la placeta de la fuente hay un xop negre —un chopo negro— que nadie parece saber cuántos años tiene. El tronco está hueco y oscuro por dentro, lo bastante grande para que un niño se esconda. Varias ramas se han partido con los temporales, pero el árbol sigue ahí, inclinado y obstinado.
A su sombra, los domingos por la mañana, suele haber partidas de cartas en una mesa de mármol gastada. Las voces se mezclan con el ruido del viento en las hojas.
La iglesia del Rosario mantiene una sobriedad muy de pueblo agrícola. Al entrar huele a cera y a madera vieja. Las paredes están prácticamente desnudas y el silencio pesa más que la decoración. Un retablo barroco ocupa el fondo de la nave, algo grande para un espacio tan sencillo. La luz entra por arriba y forma un rectángulo claro en el suelo de piedra que va desplazándose lentamente a lo largo de la mañana.
Lo que hay (y lo que no)
La vida aquí gira alrededor del campo y sus horarios. Hay un pequeño comercio donde comprar pan y lo básico, aunque los horarios pueden cambiar según la época del año.
Si buscas un restaurante como tal, lo habitual es desplazarse a otras localidades cercanas o a Lleida. En el pueblo hay espacios donde se come a diario, pensados para quien trabaja en el campo, con comida sencilla y platos de cuchara.
En agosto vuelven hijos y nietos que viven fuera. Se organizan cenas largas en patios y plazas, partidos de fútbol en el campo de tierra y verbenas que suelen terminar antes de que el calor de la noche desaparezca del todo. A la mañana siguiente muchos vuelven a levantarse temprano.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Lleida el trayecto es corto por carretera, atravesando una llanura agrícola que cambia mucho según la estación. En verano el aire huele a tierra seca y a resina caliente del asfalto. En invierno el paisaje se vuelve más apagado, con barro en los márgenes y nieblas que a veces tardan horas en levantarse.
El transporte público es limitado, algo habitual en esta parte del Segrià, así que lo más práctico es llegar en coche.
Mayo y septiembre son meses buenos para recorrer los caminos alrededor. En primavera los frutales están en flor y el campo tiene un verde muy vivo. En septiembre llegan las cosechas y los campos se vuelven dorados durante unas semanas.
El verano trae un calor seco que cae a plomo a primera hora de la tarde. A esa hora la sombra escasea y hasta el metal de las compuertas del canal quema al tocarlo.
Si vienes a caminar, trae agua y calzado cómodo. No hay quioscos ni máquinas expendedoras en los caminos. Y si coincides con alguien regulando el riego en el canal, quédate un momento mirando: el agua entrando en la parcela cambia el color de la tierra en cuestión de segundos, como si el campo respirara.