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sobre Brunyola
Municipio conocido por el cultivo de avellanas; núcleo antiguo situado en lo alto de una colina
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Brunyola es de esos sitios que ves desde la carretera y piensas: "ahí arriba debe haber algo". Una silueta compacta de piedra encaramada en una colina, con un castillo haciendo de sombrero. No es un pueblo espectacular, ni de esos que te quitan el aliento. Es más bien del tipo honesto: sabes lo que hay, cuatro calles, una plaza y un montón de campo alrededor. Pero tiene un aroma, literal y figurado, que lo hace distinto: el de la avellana tostada. Aquí el paisaje no es decorativo; es el sustento.
La vida, para sus menos de cuatrocientos vecinos, sigue un ritmo marcado por los cultivos. Subir por sus calles empedradas no es solo un paseo turístico; es seguir el mismo camino que llevan siglos haciendo los que viven del campo. La tranquilidad no es un reclamo, es el estado natural de las cosas.
Un castillo que no se visita (y no pasa nada)
El Castillo de Brunyola es la postal. Lo ves desde abajo y parece prometer secretos medievales. La realidad es más prosaica: es privado, no se puede entrar y su estado es… digno. Pero subir hasta él merece la pena, aunque solo sea por las vistas. Desde allí arriba entiendes la lógica del lugar: una atalaya sobre un mar de avellanos. Ves la geometría de los campos, las masías perdidas y la carretera que serpentea hacia la llanura. Es la mejor explicación, sin palabras, de por qué este pueblo está exactamente aquí.
Al lado está la Iglesia de Sant Fruitós. Nada del otro mundo, una iglesia de pueblo con una espadaña que ha visto pasar siglos. Es del XVIII, pero tiene ese aire sobrio de las construcciones que se hicieron para durar, no para impresionar. Dentro, la paz que solo se encuentra en los sitios pequeños y silenciosos.
El verdadero encanto está en perderse por el núcleo antiguo. Por el Carrer Major, por las cuestas que se enredan entre muros de piedra y portales que hablan de otra época. No busques tiendas de souvenirs; busca el detalle de una ventana gótica, una fachada encalada al sol, un gato dormitando en un escalón. Es un pueblo para mirar con calma.
Lo que de verdad se hace aquí: andar y entender
Venir a Brunyola y no calzarse unas zapatillas es como ir a la playa y no mojarse los pies. El senderismo es la actividad por defecto. No hace falta ser un atleta; hay caminos y pistas que rodean el término, ideales para un paseo largo. Sigues el rastro del antiguo tren “La Puda”, ahora una vía verde, y te metes entre avellanos, bosques de robles y encinas. El sonido es el de tus pasos y los pájaros.
Pero la actividad más interesante puede ser la observación. Pararte a ver cómo trabajan los agricultores, el ciclo de la avellana (que aquí es casi una religión), cómo se cuida la tierra. Si te acercas con educación, no suelen tener problema en explicarte un par de cosas. Es la manera de que la visita deje de ser un paseo y se convierta en algo con más miga.
Para comer, la avellana es la reina. No esperes alta cocina, sino platos de cuchara, carnes a la brasa y, si tienes suerte, alguna salsa romesco auténtica. Es el sabor del territorio, directo.
Fiestas con sabor a tierra
Si puedes elegir fecha, ven en otoño. La Feria de la Avellana (un fin de semana de octubre) le da vida a la plaza. No es un macroevento; son los propios productores vendiendo su cosecha, desde el fruto seco hasta aceites y cremas. Huele a tostado, a pueblo, a trabajo bien hecho.
Las fiestas mayores son en invierno, por Sant Fruitós (finales de enero). Son fiestas de invierno, de las de juntarse en la plaza con frío, con sardanas y comida comunal. Más íntima es la de Sant Martí en noviembre, ligada a la matanza y los embutidos. Aquí las tradiciones no son para el turista; son para ellos, y tú eres un invitado.
Cómo no perder el tiempo
Llegar: Necesitas coche. Desde Girona, son unos 40 minutos por la C-63. El desvío está bien señalizado. Olvídate del tren; la estación más cercana es Sils, y de ahí el lío de buses escasos o taxi es mayúsculo.
Cuándo: Octubre-noviembre es la época con más carácter. Primavera está verde y bonita. El verano puede ser caluroso y el invierno, húmedo y frío de verdad.
Una vez allí: Aparca en la zona habilitada en la entrada. Las calles son para peatones y cuestan. Calzado cómodo, sí o sí. No hay oficina de turismo; si necesitas algo, el ayuntamiento en la plaza es tu punto de referencia.
Dormir y comer: Dentro del pueblo, las opciones son justitas. Un bar en la plaza, alguna casa rural. Si buscas más variedad, tendrás que moverte a Santa Coloma de Farners o Anglès, a un cuarto de hora en coche. Brunyola es para una visita de día, para comer, dar un paseo largo y llevarte el olor a avellana en la ropa.