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sobre Caldes de Malavella
Villa termal histórica con restos romanos; famosa por sus balnearios y agua mineral
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Llegué en tren desde Barcelona y lo primero que vi fue una botella gigante de agua con gas en una rotonda junto a la estación. Está ahí plantada como diciendo: “vale, ya has llegado al pueblo del agua”. Parece casi un chiste visual, pero luego entiendes que aquí el agua no es un detalle curioso: es el trabajo, la historia y el motivo por el que la gente lleva siglos viniendo a Caldes de Malavella.
El pueblo que huele a huevos podridos (y eso es buena señal)
Cuando digo que huele a azufre no me refiero a un tufillo discreto. Es como si alguien hubiera dejado un huevo cocido dentro del coche durante una semana. Ese olor aparece de repente en algunas fuentes del centro. Y sí, al principio choca.
Pero ese olor es básicamente la tarjeta de presentación del lugar. Las aguas termales brotan a temperaturas que rondan los 60 grados y llevan saliendo aquí desde hace más de dos mil años. Los romanos ya lo tenían claro: llamaron al lugar Aquae Calidae. Traducido: aguas calientes.
Con el tiempo esas aguas acabaron dando pie a balnearios y a varias empresas que las embotellan. Lo curioso es pensar que el agua que sale de esas fuentes del pueblo es la misma que luego ves en botellas en medio país. La historia moderna del negocio suele vincularse a un médico del siglo XIX que empezó a promocionar sus propiedades terapéuticas cuando todavía no existía el concepto de “turismo de salud”.
Un pueblo con dos velocidades
Caldes tiene como dos caras bastante claras.
Por un lado está el núcleo antiguo, con calles que recuerdan que este sitio estaba en un cruce importante de caminos entre Girona, la costa y el interior. Por otro aparece la zona de balnearios y antiguas villas de veraneo, con jardines amplios y edificios de finales del XIX y principios del XX. Cambias de calle y parece que hayas pasado a otro pueblo.
Una buena forma de entenderlo es seguir la ruta de las fuentes termales. Es un paseo que enlaza varios puntos donde el agua brota o se ha utilizado tradicionalmente: restos de las termas romanas, algunas fuentes públicas y edificios históricos relacionados con los baños.
En una de esas fuentes probé el agua. Sabe como si alguien hubiera disuelto una aspirina caliente con un punto salado. No es precisamente refrescante. Aun así hay vecinos que llenan garrafas con total naturalidad porque siempre se ha dicho que ayuda con la digestión. Yo, a esas horas de la mañana, tampoco tenía mucho que digerir, así que me limité a la experiencia.
El cráter que se comió un elefante
Otra cosa que sorprende de Caldes es que, además de agua termal, tiene un yacimiento prehistórico bastante serio: el Camp dels Ninots.
El nombre suena casi a parque infantil, pero el lugar es un antiguo cráter volcánico de unos tres millones de años. Allí se han encontrado fósiles muy bien conservados de animales prehistóricos. Entre ellos, un elefante cuyos huesos aparecieron prácticamente en la posición en la que murió, como si el fondo del lago que ocupaba el cráter hubiera funcionado como una trampa natural.
El yacimiento está a las afueras y las visitas suelen hacerse con reserva previa y acompañadas por personal que explica las excavaciones. No es un sitio para pasear por libre, pero precisamente por eso la visita tiene bastante contexto y acabas entendiendo por qué los paleontólogos hablan tanto del lugar.
Llegué andando desde el pueblo. Mientras el grupo escuchaba las explicaciones, pensé que Caldes tiene esa mezcla curiosa: un sitio conocido por los balnearios… y al mismo tiempo un cráter con elefantes fósiles a pocos minutos.
Donde la bruja se quema y la butifarra manda
De vuelta en el centro tocaba comer. En una plaza pedí un fricandó con setas de temporada y cometí el error de decir que era solo para mí. El camarero me miró con esa cara de “ya veremos si puedes con todo”. Tenía razón: el plato era generoso. Carne muy tierna, salsa espesa y ese sabor de setas que no tiene nada que ver con las bandejas del supermercado.
De postre cayó una coca de llardons. Dulce y con trozos de panceta. Suena raro si no eres de aquí, pero funciona.
Luego me hablaron de la Festa de la Malavella, que suele celebrarse en primavera. El pueblo construye una figura de la bruja Malavella, la pasea por las calles y acaba quemándola en medio de música y fuego. La leyenda cuenta que esta bruja vivía en un castillo cercano y utilizaba las aguas calientes con fines curativos. Hoy forma parte del imaginario local, aunque el final de la fiesta no sea precisamente amable con ella.
Consejo de amigo: ve, come y no lo alargues demasiado
Caldes no es un sitio para encerrarte una semana entera, salvo que vengas expresamente a pasar días de balneario. Tampoco es el típico pueblo de “paro el coche cinco minutos y sigo”.
Funciona mejor como escapada corta. Llegas por la mañana, paseas por el centro, ves las termas romanas, haces la ruta de las fuentes y, si te apetece, entras a algún balneario histórico a probar las aguas. Luego comes tranquilo y das un último paseo.
Entre semana el ambiente es bastante más relajado. El fin de semana llegan bastantes visitantes del área de Barcelona y se nota en las terrazas y en los aparcamientos.
Hablando con gente del pueblo también salen historias curiosas, como la del antiguo cementerio de Sant Grau. Se dice que en el pasado algunos cuerpos se conservaban de forma extraña por los vapores minerales del terreno. No sé cuánto hay de ciencia y cuánto de relato local, pero fue uno de los motivos por los que acabaron trasladándolo.
El tren de vuelta salía a media tarde. Desde la ventanilla vi las torres de una antigua urbanización-jardín proyectada a principios del siglo XX que nunca llegó a completarse. Esas torres medio solitarias resumen bastante bien el lugar: un pueblo que siempre ha vivido entre el negocio del agua termal, los proyectos ambiciosos y la vida tranquila de la comarca.
Todo empezó —y sigue girando— alrededor de un agua que huele fatal, pero que aquí forma parte de la historia cotidiana.