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sobre Maçanet de la Selva
Cruce de comunicaciones histórico; municipio con muchas urbanizaciones y restos medievales
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El tren frena cuando la mañana todavía está arrancando. En la estación de Maçanet‑Massanes el andén suele oler a tierra húmeda y a resina de pino, sobre todo después de una noche de lluvia. A veces baja alguien con una bicicleta cubierta de barro seco, o con una mochila pequeña y cara de irse directo al monte. No hay prisa. A esa hora el lugar parece más un cruce ferroviario entre campos que la puerta de entrada a un municipio.
Conviene saberlo desde el principio: la estación no está en el núcleo del pueblo. Maçanet queda a unos kilómetros, hacia el interior, entre urbanizaciones dispersas, bosques de alcornoque y caminos rurales que todavía conservan el ritmo antiguo de la comarca de la Selva.
El tiempo de los vecindarios
Caminar por Maçanet es entender que aquí el territorio se cuenta en vecindarios más que en calles. Comajuliana, l'Estany, Marata, Miquel Ferrer… Los nombres aparecen en pequeños desvíos de carretera o en placas de piedra medio cubiertas de musgo. Cada uno guarda un paisaje ligeramente distinto: huertos, claros entre pinos, algún campo abierto donde el sol cae sin filtro.
Hay muchas masías repartidas por el término; el inventario patrimonial recoge centenares. Algunas siguen habitadas, otras quedan medio escondidas entre encinas y zarzas, con el nombre grabado en una dovela y una fecha que recuerda cuándo aquel edificio era el centro de una explotación agrícola.
En el camino hacia la torre de Cartellà el suelo suele crujir bajo las hojas de alcornoque. Si pasas en época de saca del corcho, los troncos quedan rojizos, desnudos durante una temporada, como si el bosque se hubiera cambiado de piel. Desde la zona más alta se abre el valle: casas dispersas, campos pequeños y la línea del tren perdiéndose hacia Girona por un lado y hacia el sur por el otro. La torre, de origen medieval, sigue allí con sus piedras irregulares y algunos arreglos más recientes que se notan en el color del mortero.
Cuando el pan recién hecho cruje
Los domingos por la mañana el pueblo se mueve despacio. A veces el olor a pan sale antes que la gente: atraviesa las calles bajas y se cuela por las ventanas abiertas. Hay quien baja con una cesta de mimbre, quien se detiene a hablar un rato apoyado en la pared todavía fría de la noche.
En las conversaciones aparece la cocina de siempre: butifarra negra, guisos largos, conservas guardadas para cuando el tiempo se vuelve gris. Recetas que circulan de boca en boca y cambian un poco en cada casa.
Hacia finales de noviembre suele celebrarse la fira de Sant Andreu, una cita antigua en el calendario local. Tradicionalmente ha estado ligada al mundo agrícola y ganadero, aunque con los años se han ido sumando paradas de artesanía y productos de la zona. Si coincide con un día frío, el olor a leña y a ganado se mezcla con el de la miel y los embutidos que se venden en los puestos.
El puente que no cruzó el diablo
La ruta del Pont Vell se puede hacer en una mañana tranquila. Son pocos kilómetros por caminos que siguen el curso de la riera, entre muros de piedra seca cubiertos de líquenes.
El puente, levantado hace siglos para salvar el paso del agua, aparece de golpe entre los árboles: un arco de piedra bastante sobrio, sin adornos. El nombre popular —pont del Diable— pertenece a esa familia de leyendas que aparecen en media Cataluña, aunque aquí lo que más se recuerda es algo más cotidiano: durante años fue lugar de lavado y de encuentro.
Cuando el verano viene generoso de lluvias, bajo el puente quedan pozas donde se bañan los críos del pueblo. Los adultos se quedan a la sombra, sentados sobre una toalla o una nevera portátil, mirando el agua correr despacio entre las piedras.
Agosto, Sant Llorenç y el momento de no estar
Alrededor del 10 de agosto llega la Festa Major de Sant Llorenç. Durante unos días el centro se llena de música, luces y sillas sacadas a la calle cuando cae la noche. Hay sardanas, conciertos y ese ambiente de verbena que mezcla generaciones: abuelos en los balcones, niños corriendo entre mesas y vecinos que se conocen desde hace décadas.
Si buscas el Maçanet más tranquilo, mejor evitar los fines de semana de agosto. El pueblo recibe mucha gente de Barcelona y del área metropolitana que tiene segunda residencia por la zona. El sonido cambia: más coches, más movimiento, menos silencio entre los pinos.
Junio o principios de otoño suelen ser momentos más agradecidos. La luz es suave y el monte todavía conserva olor a tomillo seco y a tierra caliente.
Cómo llegar y cómo perderse
Maçanet tiene algo poco habitual para un municipio de este tamaño: una estación ferroviaria importante en las cercanías, la de Maçanet‑Massanes, donde paran varios trenes regionales y de cercanías que conectan con Girona y Barcelona. Desde allí hace falta continuar unos minutos por carretera para llegar al núcleo.
En coche, la autopista que cruza la comarca pasa muy cerca y tiene salida hacia el municipio. A partir de ahí, las carreteras secundarias se adentran rápido en zonas de bosque y vecindarios dispersos.
Una vez en el pueblo, merece la pena dejar el coche y caminar un rato. No todos los caminos están señalizados con exceso de carteles, pero aparecen marcas de senderos, muros de piedra que guían el paso y, de vez en cuando, alguien que te indica por dónde seguir.
Si vienes en verano, lleva agua. El relieve no es duro, pero el sol cae con ganas entre los alcornoques. Y si te toca un día de lluvia, mejor: la tierra oscurece, el bosque despierta y el olor del corcho recién cortado se vuelve más intenso. Aquí el paisaje se entiende mucho mejor cuando está mojado.