Artículo completo
sobre Riudarenes
Municipio de transición con torres históricas; conocido por sus fiestas y entorno rural
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de Sant Martí repican a las ocho menos cuarto y el sonido se queda colgado entre las casas de Riudarenes como si buscara dónde ir a parar. Es octubre, la luz es blanca y limpia, y el aire huele a tierra mojada y a hojas de castaño. En el bar de la plaça, un hombre hojea el periódico junto a la barra mientras comenta que esta noche refrescará de verdad. «Perfecte per la ronya», dice, refiriéndose a la seta, no a la enfermedad.
El valle que obligó a subir el pueblo
Riudarenes no siempre estuvo exactamente donde lo ves hoy. El núcleo antiguo estaba más abajo, cerca de la riera de Santa Coloma, en una zona húmeda que durante siglos dio problemas de crecidas y terreno inestable. Con el tiempo el asentamiento fue desplazándose hacia la loma donde está ahora el casco del pueblo.
La iglesia de Sant Martí ya se menciona en documentos medievales —probablemente del siglo XII— y fue reconstruida después de los incendios que provocaron tropas del Terç de Moles en 1640, en los primeros días de la Guerra de los Segadores. La fachada es sobria, casi desnuda: un gran portal de piedra sin adornos que da directamente a la plaza. Dentro, la penumbra huele a cera y madera vieja.
Si subes hasta el entorno del campanario, uno de los puntos más altos del casco urbano, se abre una vista tranquila del término: tejados rojizos, algunas masías desperdigadas entre campos y, al fondo, la masa verde del monte de Argimon cerrando el horizonte.
El castillo de Argimon
A unos cuatro kilómetros del pueblo, por una pista forestal que arranca cerca del cementerio, están los restos del castillo de Argimon. No hay taquillas ni paneles interactivos. Solo dos torres, fragmentos de muralla y un claro en el bosque donde el viento se oye pasar entre las encinas.
El castillo aparece citado ya en el siglo XI y durante mucho tiempo estuvo vinculado a los vizcondes de Cabrera, que controlaban buena parte de este territorio. Hoy funciona más bien como mirador. Desde la torre norte se reconoce bien el valle del río Tordera: campos rectangulares, manchas de alcornoque y pino, y algunas carreteras que cruzan discretas entre los cultivos.
Cada septiembre suele celebrarse aquí arriba una romería vinculada al santuario de la Mare de Déu de Argimon. La gente sube caminando o en coche por la pista, con comida sencilla y botellas de ratafía. Si el tiempo acompaña, se canta el goig tradicional delante de la ermita. No hay mucho más, y quizá por eso se mantiene.
El olor de la brasa
En Riudarenes la cocina se nota más por el olor que por el espectáculo. Algunas mañanas de sábado, el horno de la plaza saca bandejas de coca de llardons todavía tibias: masa fina, trozos de panceta y una capa ligera de azúcar que cruje al partirla.
Cuando llega la temporada de calçots, el humo de las brasas se cuela entre las calles y queda suspendido sobre los tejados durante horas. Desde fuera se ve salir por los patios: primero la llama viva, luego el rescoldo oscuro. Los calçots se entierran directamente en la brasa hasta que la piel queda negra y el interior se vuelve dulce y blando.
En alguna masía del término todavía preparan cargols a la llauna en paelleras grandes, con hierbas recogidas del monte. Comerlos lleva tiempo: se chupa primero el caldo, luego se saca la carne con un palillo y se acompaña con pan de payés. Nadie tiene prisa.
Cuándo ir y qué evitar
El otoño suele ser un buen momento para acercarse a Riudarenes. Los castañares alrededor del Argimon cambian a tonos cobrizos y, después de unos días de lluvia, aparecen setas entre la hojarasca. El pueblo huele a leña húmeda y chimenea.
En verano el ambiente cambia bastante, sobre todo durante los días de fiesta mayor, que normalmente caen a mediados de julio. Hay música, más gente y bastante movimiento nocturno. Si buscas tranquilidad, mejor venir cualquier mañana entre semana.
Desde el casco salen varias pistas y senderos sencillos hacia el bosque. Uno de ellos lleva hasta la ermita de l’Esparra, entre campos y alcornocales. Tras la lluvia el suelo se vuelve blando y a veces embarrado, así que conviene traer botas de sendero.
Al volver, lo más normal es acabar en el bar de la plaza con un cortado. La máquina de café suena como un pequeño motor y la radio suele estar encendida con noticias o fútbol. A veces el dueño comenta alguna historia del lugar —bandoleros, contrabando, viejos caminos hacia Hostalric— mientras mira de reojo quién entra por la puerta. Aquí las conversaciones empiezan despacio. Primero el café, luego ya veremos.