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sobre Riudellots de la Selva
Municipio industrial y logístico cerca del aeropuerto; núcleo antiguo bien cuidado
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El olor a pan recién hecho te golpea en la cara cuando bajas del coche, justo antes de ver el cartel del pueblo. Es una forma bastante directa de entrar en Riudellots de la Selva: primero el olor, luego el silencio. No un silencio total, claro. Más bien el de los pájaros discutiendo en los árboles de la plaza, una puerta que se cierra al fondo de una calle, y el rumor lejano de la autopista, lo bastante cerca como para recordarte dónde estás pero no tanto como para estropear la mañana.
El tiempo cotidiano del pueblo
Caminar por Riudellots es entrar en un ritmo lento, de calles cortas y casas bajas. Muchas conservan portones de madera pesados y rejas antiguas, de las que ya casi no se ven en las viviendas nuevas. A primera hora, cuando aún queda humedad en las aceras, es fácil encontrarse a alguien regando las plantas que salen de los balcones o de macetas alineadas junto a la puerta.
En la calle Major me crucé varias mañanas con la misma escena: una vecina con bata de flores y zapatillas de casa regando con un regador metálico. Siempre a la misma hora, siempre las mismas macetas. Es el tipo de rutina que en un pueblo pequeño se repite sin que nadie la anuncie.
El ayuntamiento ocupa un edificio que durante años fue escuela. En la fachada todavía se distingue el rótulo de Escoles Nacionals hecho con cerámica azul. Dentro quedan algunos detalles que recuerdan ese pasado: pasillos largos, puertas altas y muebles que no parecen recién comprados. El municipio ronda los 2.100 habitantes, así que no cuesta mucho acabar reconociendo caras si pasas un par de días.
Los chimpancés a las afueras
A las afueras del núcleo urbano, en una masía rodeada de pinos, funciona un centro de recuperación de primates que lleva años trabajando con chimpancés rescatados de circos, anuncios o antiguos casos de tenencia ilegal. No es un zoo ni un lugar pensado para mirar animales desde una valla.
Las visitas que organizan suelen ser educativas y con grupos pequeños, normalmente con reserva previa. La idea es explicar qué ocurre con estos animales cuando dejan de ser utilizados por humanos y cómo se intenta darles un entorno más estable.
Durante una de esas visitas, una educadora contaba que uno de los chimpancés construye cada mañana un nido con mantas y telas. Se toma su tiempo, recoloca los bordes, aplasta el centro con cuidado. Lo hace cada día, como si fuera una pequeña ceremonia privada para empezar la jornada.
Pascua y el olor a chocolate
Si pasas por Riudellots en torno a Pascua, el olor cambia: aparece el chocolate y la masa dulce saliendo de los hornos. En Cataluña es la época de las monas, los pasteles que tradicionalmente el padrino regala a su ahijado el lunes de Pascua.
En el pueblo todavía hay hornos donde las preparan con el formato más clásico: base de bizcocho o masa dulce, piñones, azúcar crujiente y una figura de chocolate encima. Algunas son bastante elaboradas, otras sencillas. Un pastelero me enseñaba una bandeja recién terminada mientras aún estaba templada: dinosaurios, algún balón de fútbol, alguna figura más tradicional.
La costumbre marca el regalo del padrino, pero en pueblos pequeños la tradición se diluye un poco y la gente termina llevándolas a casa de familiares o vecinos. El lunes de Pascua, en la plaza, es fácil ver a niños rompiendo primero la figura de chocolate antes de tocar el pastel.
Cuándo ir y cómo recorrerlo
La primavera suele ser un buen momento para acercarse. Los campos de alrededor se ponen muy verdes y el aire por la mañana huele a tierra húmeda. Si llueve —cosa bastante habitual en abril— no suele ser un chaparrón breve, más bien una lluvia fina que dura horas y deja las calles brillantes.
En verano el pueblo cambia de ritmo. Llegan más coches y las calles estrechas del centro se llenan rápido, sobre todo los fines de semana. Si buscas tranquilidad, compensa más venir entre semana y a primera hora.
A veces hay mercado ambulante en la plaza principal —pequeño, de unas pocas paradas— donde se ven verduras de la huerta cercana y algo de queso o embutido de la zona. No es grande, pero se nota que mucha gente viene a comprar lo justo para esos días.
Cuando el paseo se acaba, que tampoco requiere mucho tiempo, hay un banco de piedra frente al ayuntamiento. Está algo resquebrajado y lleno de iniciales grabadas con llaves o navajas. A media tarde el campanario marca las horas con un sonido seco y las sombras empiezan a subir por las fachadas.
Si te quedas un rato quieto, verás pasar a los vecinos que vuelven a casa. Algunos saludan aunque no te conozcan. En lugares así, después de un par de días, uno deja de parecer completamente de fuera. Y eso se nota enseguida en la forma en que te miran.