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sobre Sils
Conocido por su estanque recuperado; municipio con muchas urbanizaciones
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Hay un momento, justo cuando el tren se detiene en la estación de Sils, en el que te preguntas si te has bajado en el sitio correcto. No es que sea feo, eh. Es que esperas un pueblo y te encuentras con… bueno, con eso. El polígono industrial que hay junto a la estación te da la bienvenida como ese primo que te abraza antes de decir hola. Y ahí empieza la historia de Sils: un lugar que no es lo que parece a primera vista, pero que acaba teniendo más miga de la que imaginabas.
El pueblo que se escondió detrás de la fábrica
Sils es como ese compañero de trabajo que resulta ser un crack jugando a los bolos los fines de semana. Durante años pasé por la N‑II camino de la Costa Brava y pensaba: “vaya montón de naves”. Pero luego descubres que detrás de todo eso hay dos núcleos antiguos que llevan siglos ahí, tranquilos, como si el siglo XXI fuese un ruido de fondo que no va con ellos.
El casco antiguo de Sils es pequeño, del tamaño justo para dar un paseo sin mirar el móvil cada dos minutos. Casas de piedra, algunas reformadas con ese gusto un poco raro que mezcla forja modernista con detalles más clásicos. La iglesia de Sant Cosme i Sant Damià mira el conjunto con esa cara de abuelo serio que parece haber visto pasar de todo.
Vallcanera, el otro núcleo, es todavía más discreto: unas cuantas casas entre campos, caminos rurales y silencio. Da la sensación de que el tiempo aquí va a otro ritmo.
La curiosidad histórica es que Sils y Vallcanera fueron municipios separados hasta 1868. Imagínate la escena: tu primo viviendo a un kilómetro, pero en otro término municipal, con sus propios líos administrativos. Como cuando dos hermanos comparten habitación y trazan una línea imaginaria en medio del suelo.
El estany que nunca se fue del todo
Pero lo interesante de Sils no está en el casco urbano. Está en el Estany de Sils.
Hoy ves campos, canales y zonas húmedas, pero durante siglos aquí hubo una gran laguna que ocupaba unas 80 hectáreas. A los habitantes de la época aquello les parecía más un problema que otra cosa: mosquitos, tierras difíciles de trabajar y agua por todas partes. Tras varios intentos, a mediados del siglo XIX acabaron desecándolo.
El asunto es que la naturaleza tiene bastante paciencia. El terreno sigue siendo húmedo y parte del antiguo estany se ha recuperado como espacio natural. Caminas por allí y entiendes rápido por qué este sitio siempre tuvo agua cerca.
Hoy es una zona protegida donde se observan muchas aves —más de ochenta especies registradas— y donde el paisaje cambia bastante según la estación. En primavera y otoño hay bastante movimiento de aves. En verano conviene madrugar un poco porque el calor aprieta y la humedad se nota.
La ruta circular que rodea la zona es fácil. Terreno plano, caminos anchos y tramos entre carrizos y campos. Es de esos paseos que haces sin prisa, mirando más a los lados que al reloj.
La leyenda del hombre que bajó al infierno
Y luego está la historia rara del pueblo, que siempre la hay.
En el siglo XVII vivía por aquí un campesino llamado Pere Porter. Según la tradición local, acabó haciendo un pacto con el diablo y —esto ya entra en terreno de leyenda total— descendió al infierno a través de la laguna.
Sí, tal cual.
El relato forma parte de la tradición oral de la zona y durante mucho tiempo circuló por escrito en forma de historia moralizante. La idea era clara: cuidado con las deudas, con los pactos extraños y con según qué caminos.
Cuando paseas por las partes más húmedas del antiguo estany, con los carrizos moviéndose y el suelo blando bajo los pies, entiendes por qué durante siglos la gente veía este lugar como algo misterioso. No cuesta imaginar que alguien pensara que ahí abajo había más de lo que se veía.
Coches antiguos en medio del campo
Otra de esas cosas que no esperas encontrar en Sils aparece junto a la N‑II. En un viejo hostal de carretera hay una colección privada de automóviles clásicos que lleva décadas reuniéndose. Coches de principios del siglo XX, vehículos de carreras antiguos y modelos de lujo que parecen sacados de otra época.
La sensación es curiosa: sales de ver campos y zonas húmedas, te acercas a la carretera nacional y, de repente, te encuentras con piezas que parecen de película.
No es lo primero que te viene a la cabeza cuando piensas en la comarca de la Selva, pero ahí está.
Cómo plantear una visita a Sils
Llegar es sencillo. El tren desde Barcelona tarda alrededor de una hora y te deja prácticamente en el centro. Si vienes en coche, lo normal es entrar por la N‑II o la AP‑7 y desviarte hacia el pueblo.
Mi plan para Sils es bastante simple: paseo por el casco antiguo, acercarte luego a Vallcanera y después dedicarle un rato largo a caminar por el entorno del estany. Si te gusta observar aves o simplemente caminar sin demasiada pendiente, aquí tienes terreno de sobra.
Para comer, lo más práctico suele ser organizarse con algo sencillo o moverse luego hacia pueblos cercanos o hacia Girona, que está a poca distancia.
Lo que más me gusta de Sils es que no intenta impresionar a nadie. No hay calles llenas de tiendas para turistas ni esa sensación de parque temático que aparece en otros sitios. Es un pueblo que vive su día a día, con su zona industrial, su historia rara y una laguna que se negó a desaparecer del todo.
Y cuando un sitio es así de normal, a veces termina resultando más interesante de lo que parecía desde la carretera.