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sobre Susqueda
Municipio marcado por el pantano que inundó el pueblo viejo; entorno salvaje y solitario
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A primera hora de la mañana, cuando el aire aún está frío incluso en verano, el embalse de Susqueda parece una lámina quieta entre montañas oscuras. Desde algunos tramos de pista forestal apenas se oye nada: un mirlo, el chasquido de una rama seca, el viento moviendo las copas altas de los pinos. El municipio de Susqueda, en la comarca de la Selva, es uno de esos lugares donde el paisaje pesa más que el propio pueblo. Aquí viven poco más de un centenar de personas y muchas de las casas están dispersas entre bosque y laderas.
La sensación general es de territorio amplio y habitado con discreción. Masías de piedra, caminos que serpentean entre encinas y robles, y al fondo el agua retenida del Ter ocupando antiguos valles.
El embalse y las montañas de les Guilleries
Gran parte de lo que hoy se ve aquí está marcado por el embalse de Susqueda, levantado a finales de los años sesenta sobre el río Ter. La presa, encajada entre paredes de roca cubiertas de vegetación, transformó por completo el valle. Desde arriba cuesta imaginar cómo era el paisaje antes del agua: ahora lo que aparece es una superficie verde oscura que se alarga entre montañas.
Las sierras de les Guilleries rodean el municipio con bosques densos donde se mezclan pinos, encinas, robles y, en las zonas más húmedas, hayas. En otoño el suelo se cubre de hojas y de ese olor húmedo que tienen los bosques viejos. En invierno el musgo gana terreno en muros, troncos y rocas.
Hay varios puntos desde los que el embalse se deja ver entero o casi entero, normalmente al final de pistas forestales. No siempre están señalizados, así que conviene venir con mapa o GPS y tomárselo con calma: las carreteras de la zona son estrechas y con muchas curvas.
Un municipio disperso
El núcleo histórico de Susqueda es pequeño. La iglesia parroquial de Sant Martí —de origen románico, aunque modificada con el tiempo— queda como una referencia clara en medio de un territorio donde las casas están muy separadas entre sí.
Lo que realmente explica cómo se ha vivido aquí durante siglos son las masías. Algunas siguen habitadas o ligadas a explotaciones forestales y ganaderas; otras permanecen cerradas, con tejados hundidos o cubiertas por la hiedra. Caminando por las pistas que unen unas con otras se entiende mejor la escala del lugar: distancias largas, bosque espeso y silencio.
Caminar por los bosques de Susqueda
Las Guilleries tienen una red amplia de caminos forestales y senderos. Hay rutas cortas que siguen pistas anchas entre pinares y otras que se meten en barrancos más cerrados, donde el suelo suele estar húmedo gran parte del año.
Una de las caminatas habituales en la zona intenta rodear parte del embalse o acercarse a distintos miradores naturales sobre el agua. No siempre es un recorrido continuo —a veces hay que dar rodeos por la orografía—, pero permite ir viendo el embalse desde alturas y ángulos distintos.
Conviene tener en cuenta dos cosas: en días de lluvia algunas pistas se embarran con facilidad, y en verano el calor dentro del bosque puede ser intenso a partir del mediodía. Madrugar aquí cambia bastante la experiencia.
Agua, barrancos y fauna
El agua no solo está en el embalse. Los barrancos que bajan de las montañas forman rieras estrechas, con pozas y tramos rocosos donde, en algunos puntos de la comarca, se practica barranquismo. Son descensos técnicos que requieren material y conocimiento del terreno; no es algo que se improvise.
Si se camina temprano es fácil encontrar señales de fauna. Huellas de jabalí en el barro, rastros de corzo cruzando una pista o el vuelo lento de alguna rapaz aprovechando las corrientes de aire sobre los claros del bosque.
En el embalse también se ven piraguas y pescadores en determinados puntos autorizados. Desde el agua la escala del paisaje cambia: las laderas parecen más altas y los bosques se reflejan en la superficie cuando el viento se calma.
Comer por la zona
Dentro del término municipal la oferta es limitada y muy dispersa. Lo habitual es acercarse en coche a otros pueblos de las Guilleries o del entorno del Ter para sentarse a comer con más opciones.
La cocina de esta parte del interior de Girona suele apoyarse en productos del bosque y de temporada: setas cuando llegan las primeras lluvias de otoño, embutidos curados en invierno, guisos contundentes en los meses fríos. Son platos pensados para jornadas largas en el campo o en el monte.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradecidos. El bosque está activo, hay agua en las rieras y las temperaturas permiten caminar sin demasiado esfuerzo.
En verano el paisaje sigue siendo impresionante, pero el calor aprieta en las horas centrales y las carreteras estrechas obligan a conducir con paciencia. En invierno, en cambio, las nieblas pueden quedarse atrapadas entre montañas durante horas, creando un ambiente muy silencioso pero también reduciendo bastante la visibilidad.
Susqueda no funciona como un destino de paso rápido. Es más bien un lugar al que se llega despacio, se aparca junto a una pista forestal y se camina un rato escuchando el bosque. El resto lo pone el agua quieta del embalse y el rumor constante de los árboles.