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sobre Sentmenat
Municipio con un castillo medieval restaurado y entorno boscoso
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A las ocho de la mañana en Sentmenat el aire suele oler a pan recién hecho que se escapa de alguna fleca del carrer Major y a humedad de monte. Las persianas de las casas bajas se levantan despacio, como si el pueblo necesitara unos minutos para darse cuenta de que ya es primavera. El turismo en Sentmenat empieza casi siempre así, en silencio, cuando la plaça Baix todavía conserva el frío de la noche en las losas de piedra y el sol entra por el valle tocando primero las tejas del ayuntamiento, un edificio de principios del siglo XX con ese aire modernista que aquí no llama demasiado la atención.
Dos plazas y un pequeño cambio de mundo
Sentmenat se entiende bien caminando entre la plaça Baix y la plaça Dalt. Son apenas unos minutos cuesta arriba, pero el pueblo cambia de tono.
En la parte baja quedan casas antiguas, algunas con muros gruesos y portales que recuerdan cuando el núcleo creció alrededor de la iglesia y de los caminos que llevaban a las masías. Arriba aparecen balcones de hierro, fachadas algo más claras y calles que se abren un poco más. No hace falta conocer la historia al detalle para notar que el pueblo fue estirándose con los años.
La iglesia de Sant Menna domina ese pequeño conjunto. La base del templo es antigua y ha pasado por reformas a lo largo de los siglos; algunos vecinos cuentan que, cuando se han hecho obras en la zona, han aparecido restos mucho más viejos bajo tierra. A ciertas horas el campanario marca los cuartos con un sonido grave que se oye bien incluso desde las calles más alejadas.
Caminar hacia Sant Miquel de l'Arn
A media mañana, cuando el movimiento en las calles empieza a bajar, es buen momento para salir del casco urbano. Una de las caminatas más habituales desde Sentmenat sube hasta la ermita de Sant Miquel de l'Arn.
El sendero suele arrancar cerca del cementerio y se mete pronto entre pinos. En verano el olor a resina se queda pegado al aire; en invierno el suelo aparece cubierto de agujas secas que crujen bajo las botas. No es una excursión larga, pero la subida se nota en las piernas.
Hay un punto del camino donde el valle se abre de golpe. Desde ahí Sentmenat se ve entero: tejados rojizos, campos que cambian de verde a amarillo según la época y algunas masías dispersas que parecen manchas oscuras en medio de los cultivos.
La ermita, de origen medieval, es pequeña y bastante sobria. Las piedras tienen ese tono oscuro que da el paso de los siglos y la humedad del bosque. El lugar funciona más como mirador tranquilo que como monumento.
Si ha llovido recientemente conviene ir con calzado que agarre bien: algunos tramos del camino se vuelven resbaladizos.
El camino al Castell de Guanta
Otra subida conocida en la zona es la que lleva hasta el Castell de Guanta, hoy en ruinas. Durante siglos vigiló el paso natural entre el Vallès y la vertiente que cae hacia el Maresme.
El recorrido desde el centro del pueblo atraviesa campos y caminos de tierra. En días claros, desde la zona del castillo el horizonte se abre bastante: colinas, manchas de pinar y, muy a lo lejos, la llanura del Vallès. A veces, cuando el aire está limpio, algunos dicen que se adivina el brillo del mar.
Después de lluvia el barro rojizo del camino puede quedarse pegado a las suelas durante un buen rato, así que no es mala idea evitar esa subida en jornadas muy húmedas.
Lo que se come en casa
Sentmenat no es un lugar asociado a un plato concreto. La cocina que aparece aquí tiene más que ver con lo que se ha preparado siempre en las casas y en las masías del entorno.
En invierno suelen salir guisos contundentes con verduras de temporada, col y patata bien chafadas en la sartén o escudellas que se alargan hasta la sobremesa. Cuando llega el buen tiempo aparecen cocas saladas con verduras asadas, aceite y masa fina.
En los bares del pueblo lo habitual es algo más sencillo: bocadillos de butifarra, cafés servidos en vaso de cristal grueso y conversaciones largas en la barra.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser un buen momento para caminar por los alrededores de Sentmenat. Los campos del Vallès están verdes y las temperaturas todavía permiten subir a las rutas sin demasiado calor. En verano, en cambio, el sol cae fuerte a partir del mediodía y conviene madrugar si se quiere salir a andar.
A finales de septiembre el pueblo celebra su fiesta mayor, dedicada a Sant Menna. Durante esos días las calles cambian de ritmo: comparsas, música, pólvora de los correfocs y vecinos que se encuentran en cada esquina.
Agosto tiene otra cara. Con las segundas residencias llenas y más movimiento de lo habitual, aparcar en el centro puede complicarse y los caminos cercanos al pueblo reciben bastante más tránsito.
Para llegar, lo más sencillo suele ser el coche desde Barcelona por las carreteras del Vallès. También hay autobuses que conectan con municipios cercanos donde sí pasa el tren. Desde ahí, el último tramo ya se hace por carretera entre campos y pequeñas colinas, que es más o menos la misma forma en que el pueblo ha estado conectado con el resto del territorio durante décadas.