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sobre Sitges
Villa costera cosmopolita famosa por su festival de cine y carnaval
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A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a bajar sobre el Garraf, las sombras de las palmeras del Passeig Marítim dibujan rayas negras sobre la arena recién rastrillada. En una terraza junto a la playa, un camarero sirve vermut con sifón a un hombre que lleva el torso bronceado y una toalla a cuadros escoceses colgada del hombro. Esta es la hora en que el turismo en Sitges parece aflojar un poco: después de la siesta y antes del primer gin‑tonic.
El olor a mar y a lavanda
El pueblo huele distinto según por dónde camines. Cerca del puerto, el aire trae diésel mezclado con salitre y ese fondo dulzón de la fritura que se escapa de las cocinas. Pero si subes por la calle d'en Bosc, de pronto aparece la lavanda de algunos jardines privados y el perfume seco de las buganvillas que trepan por las paredes encaladas.
Las casas aquí son blancas de verdad, no ese blanco roto de otros pueblos costeros. Un blanco que duele en los ojos al mediodía y que por la noche, bajo las farolas, se vuelve color hueso.
En el mirador del Baluard, donde termina el casco antiguo frente al mar, el viento mueve las banderas de los veleros amarrados en el puerto. Abajo, en la playa de la Fragata, un grupo de chavales juega al voleibol con la música puesta en un altavoz. La canción suena distorsionada, como si el mar se la estuviera tragando poco a poco.
Un cementerio frente al mar
Sitges es uno de esos lugares donde los muertos miran al mar. El cementerio de Sant Sebastià se levanta en un pequeño promontorio junto a la costa, y los panteones modernistas se alinean como pequeñas cajas de piedra abiertas al horizonte. Josep Llimona dejó aquí uno de sus ángeles más conocidos, inclinado hacia delante con una tristeza serena.
Desde este punto se ve toda la bahía: el Passeig Marítim curvándose como una media luna, varios puertos deportivos repartidos por la costa y las casas que descienden hacia el agua. Cuando el día está claro, el Mediterráneo se vuelve de un azul casi metálico.
Santiago Rusiñol llegó a Sitges a finales del siglo XIX y compró una antigua casa de pescadores que transformó en el Cau Ferrat. Decía que buscaba un lugar donde trabajar con el mar cerca. Hoy se puede visitar: madera vieja, olor leve a barniz y el rumor constante de las olas entrando por las ventanas abiertas al paseo.
El xató del invierno
En el barrio del Poble Sec, un poco apartado del frente marítimo, vive mucha gente que permanece aquí todo el año. Los domingos de invierno todavía se prepara xató en muchas casas. No es la versión domesticada que aparece en algunos recetarios: suele llevar escarola bien fría, bacalao desmigado, anchoas y una salsa espesa de frutos secos y pimiento seco que deja los dedos manchados.
La malvasía también forma parte de la historia local. Se sigue elaborando en una institución histórica del pueblo vinculada a un antiguo hospital. Es un vino dulce y algo dorado que suele aparecer en celebraciones y comidas familiares.
Si quieres ver Sitges con otro ritmo, octubre y noviembre funcionan bien. El mar aún guarda algo de calor del verano y el paseo vuelve a llenarse de vecinos que salen a caminar al atardecer.
Cuando el pueblo cambia de ritmo
El carnaval transforma Sitges durante varios días del invierno. Las calles del casco antiguo se llenan de comparsas, música y disfraces que ocupan cada esquina. Hay momentos divertidos y otros algo caóticos, sobre todo por la noche.
Si te encuentras el ambiente demasiado cargado, basta con alejarse unos kilómetros por la carretera del Garraf. Desde algunos miradores de la costa, el pueblo aparece compacto y blanco junto al mar, con las luces parpadeando a lo lejos.
Muy distinto es el ambiente en la Festa Major de Sant Bartomeu, a finales de agosto. Los gigantes recorren la plaza del Ayuntamiento mientras suena la cobla y el calor todavía se queda pegado a las paredes cuando cae la noche. Los fuegos artificiales sobre el mar son el momento en que medio pueblo se reúne en el paseo.
Conviene llegar con tiempo esa tarde: encontrar sitio para aparcar cerca del centro puede convertirse en una vuelta larga.
Una playa algo apartada
Las playas del centro —Sant Sebastià, la Ribera— concentran casi todo el movimiento del verano. Si sigues caminando hacia el extremo del paseo, en dirección al puerto, aparece una zona más tranquila donde el paseo se estrecha y los pinos empiezan a ganar terreno.
Por allí hay pequeñas calas y tramos de arena menos concurridos. Para llegar a algunos hay que bajar por senderos cortos entre pinos que huelen a resina cuando el sol aprieta. El agua suele estar algo más fría, y a última hora de la tarde se oye más el viento que la música.
Cuando el sol se esconde detrás del macizo del Garraf, las gaviotas vuelan bajo sobre la orilla y el paseo empieza a vaciarse. Durante un rato corto, antes de que se llenen las terrazas y vuelvan los grupos de noche, Sitges se queda en silencio. Un silencio de mar, de pasos sobre la arena y de persianas que se cierran despacio.