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sobre Pinell de Solsonès
Municipio rural disperso con ermitas y masías fortificadas
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El primer sonido es el de la grava bajo las ruedas al dejar la asfalto. Un camino de tierra se abre entre campos de cereal, con Pinell al fondo: tejados de teja árabe a dos aguas, paredes de mampostería y el campanario cuadrado como único punto de referencia. El turismo en Pinell de Solsonès se mide por la amplitud del horizonte y por el peso del silencio que se instala al apagar el motor.
El núcleo es una mancha compacta de casas. Un par de calles, alguna fachada con los balcones de hierro oxidado y la iglesia de San Miguel anclada en una pequeña elevación. Su ábside románico es bajo, ancho, construido con los cantos rodados del lugar. A última hora, la piedra beige se calienta con la luz rasante y el único movimiento suele ser el de las golondrinas volando bajo los aleros.
El territorio de las masías
Más allá del pueblo, la carretera se deshace en pistas. El paisaje es una sucesión de colinas redondeadas, donde las masías aisladas marcan la propiedad de la tierra. Algunas tienen humo saliendo de la chimenea; otras tienen las contraventanas clavadas desde hace décadas. Estas pistas son transitables, pero después de llover se llenan de baches profundos y charcos que tardan días en secarse.
La vegetación es áspera: encinas bajas, pinos dispersos y matas de aliaga. Desde las partes más altas del término, cuando no hay calima, la cordillera del Prepirineo se recorta como una mancha azulada en el límite norte. No hay carteles que indiquen el mirador; la vista simplemente está ahí, parte del trabajo diario del paisaje.
Caminar sin señales
No esperes una red de senderos homologados. Lo que hay son surcos abiertos por tractores y viejas vías de comunicación entre fincas. Pasan junto a márgenes de piedra seca que se desmoronan en algunos tramos y cruzan arroyos secos la mayor parte del año.
Para caminar con cierta seguridad, es necesario usar un GPS o un mapa físico detallado. Los cruces son confusos y todos los caminos secundarios se parecen. En julio y agosto, el calor a mediodía es intenso y no hay fuentes en todo el recorrido; conviene salir al amanecer o cuando la sombra ya es larga.
Setas y cielo
Con las primeras lluvias de septiembre, los coches con cesta en el maletero empiezan a aparecer junto a los pinares. La recolección de setas es una actividad arraigada aquí. Los fines de octubre, es común ver grupos adentrándose en el bosque con sus navajas.
También es un buen lugar para observar el vuelo de los buitres leonados y los milanos reales. Al caer la tarde, aprovechan las corrientes térmicas para planear sobre los campos ya en sombra. Es entonces cuando el aire se enfría de golpe y se nota el cambio de estación incluso en un día tranquilo.
La relación necesaria con Solsona
En Pinell no hay tiendas. Para aprovisionarse o para una comida que no sea el bocadillo que trajiste, tendrás que ir a Solsona. Son quince minutos por una carretera comarcal sin demasiado tráfico.
La mayoría llega aquí desde la ciudad. Pinell actúa como contrapunto: un lugar donde las distancias se miden por el tiempo que tarda una nube en cruzar un barbecho, especialmente un martes por la mañana en noviembre.