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sobre Solsona
Capital del Solsonès; ciudad barroca y episcopal con rico folclore (gigantes)
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El primer aviso es la campana. Suena las ocho desde la Torre de les Hores y el eco corre por los soportales de piedra como un chivato que delata al forastero. Yo llevaba dos minutos aparcado y ya me había pillado. Solsona no es de esos pueblos que te dejan entrar de incógnito; es más bien como un bar donde el camarero te mira, te calibra y decide si le caes bien o no. En mi caso, la campana me dio el visto bueno. O eso creo.
Lo que el Loira tiene que ver con Solsona
La ciudad amurallada se agarra a una colina que domina el río Cardener, un afluente del Segre que aquí parece un hilo de agua doméstico, como el grifo que deja caer gotas en el fregadero. El casco viejo es un laberinto de calles empinadas, casas de piedra ocre y portales barrocos que parecen sacados de una película de capa y espada. Pero lo mejor es que no hay tiendas de souvenirs a cada paso. Ni música ambiental. Ni grupos de guiris con selfie-stick. Solo el ruido de tus propios pies y, de vez en cuando, el murmullo de una vecina que baja a comprar el pan.
La catedral es el punto de partida obligado, aunque no por eso menos interesante. Empezó siendo románica, se quedó con ganas de gótica y acabó disfrazada de barroca, como ese amigo que cambia de look cada década y sigue siendo el mismo de dentro. Entras y te encuentras con un aire de basílica provincial: no es ni la Sagrada Familia ni la catedral de Burgos, pero tiene su aquel. El retablo mayor es un despliegue de oro y yeso que brilla como la tabla de cortar de mi abuela después de la fiesta de Nochevieja. Y normalmente puedes sentarte un rato, mirar al techo y dejar que el olor a cera te transporte a la época en que aquí se decidía quién iba al cielo y quién a la hoguera.
El momento en que el burro se cuelga del campanario
Si vas en febrero, date por avisado. El Carnaval de Solsona es como la broma pesada del pueblo que acaba institucionalizándose. Resulta que en el siglo XIX un burro entró al consistorio —versión oficial: estaba sediento; versión popular: estaba borracho— y el caso es que ahora cada año fabrican un burro de cartón‑piedra y lo cuelgan del campanario. El animal da vueltas, se mea sobre la plaza y la gente abajo aplaude como si fuera el desfile de la NBA. Es absurdo, sí, pero también divertido. Y si te descuidas acabarás con un cubo de agua encima, porque aquí “repartir confeti” a veces significa llevarte un vaso de agua a la cara.
El resto del tiempo Solsona es más sobria. Da la impresión de que la ciudad se tomó en serio aquello de ser sede episcopal y todavía se arregla la ropa cuando pasa un obispo por delante. Pasear bajo los pórticos de la plaça Major es como hacerlo por un pasillo de avión: te encuentras a la señora que viene a comprar, al dentista del pueblo de al lado y al alcalde con el móvil en la mano, todos saludándose como si fueran primos. Y en cierto modo lo son: el Solsonès entero tiene menos habitantes que muchos barrios de ciudad.
El cementerio que Gaudí no firmó pero casi
A diez minutos en coche está Olius, donde hay un cementerio modernista que parece el escenario de una película de Tim Burton. Lo diseñó Bernardí Martorell, discípulo de Gaudí, y tiene esa mezcla de piedra, hierro y simbolismo que te hace caminar más despacio de lo normal. Cruces de hierro que se retuercen, panteones que parecen esculturas y un silencio tan denso que hasta tus pasos suenan más de la cuenta.
Después puedes subir al Santuario del Miracle, en el término de Riner. Allí hay un monasterio que los benedictinos levantaron a comienzos del siglo XX. La carretera serpentea entre pinares y, cuando llegas, el paisaje se abre de golpe. Abajo aparece el pantano de la Llosa del Cavall, un embalse que desde arriba parece un espejo roto entre montañas.
Si llevas bici, por la zona salen varias rutas tranquilas. Una de ellas, la de les Moles, recorre unos cuantos kilómetros bastante llanos, de esos que se hacen sin mirar demasiado el cuentakilómetros mientras bajas la comida.
La patata que se cree trufa
Hablando de comida: aquí la patata es noticia. En Solsona la llaman trumfo, y alrededor de ese nombre se ha montado toda una pequeña tradición. Suele celebrarse en noviembre una feria dedicada al trumfo y a la trufa negra, dos productos muy de la zona cuando llega el frío.
Más allá de ferias, lo que suele aparecer en las mesas es la carn d’olla de Solsona: un guiso contundente de carne, butifarra y verduras que llega a la mesa en cazuela de barro y te deja listo para la siesta. También es habitual el formatge de tupí, un queso de oveja que se macera con aceite y algún licor. Tiene ese sabor fuerte que al principio desconcierta y luego engancha.
Con el estómago lleno te das cuenta de que Solsona no es un sitio de grandes titulares. No tiene playa, ni teleféricos, ni atracciones que te obliguen a sacar el móvil cada cinco minutos. Pero funciona como ese disco que descubres por casualidad y termina sonando en bucle.
A mí me pasó: llegué a mediodía pensando en irme después de comer y acabé quedándome hasta que el sol empezó a caer sobre la catedral. No ocurre nada espectacular. La piedra se vuelve anaranjada, las campanas vuelven a sonar y el aire huele a muro caliente. En ese momento entiendes por qué tanta gente de la comarca sigue viniendo aquí a hacer recados, a pasear o simplemente a sentarse un rato en la plaza. Solsona lleva siglos funcionando como el pequeño centro de gravedad de todo lo que hay alrededor. Y cuando pasas unas horas por aquí, se entiende bastante bien por qué.