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sobre Altafulla
Encantadora villa costera con un casco antiguo medieval amurallado y una villa romana Patrimonio de la Humanidad
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Altafulla es como ese vecino que tiene algo valioso guardado en el trastero y no va presumiendo de ello. Tiene una villa romana importante, una parte medieval amurallada bastante bien conservada y una playa tranquila. Y, aun así, sigue viviendo a la sombra de nombres mucho más ruidosos de la Costa Dorada.
Estuve hace poco. Había aparcado en la primera calle que encontré (con suerte, porque en agosto aparcar aquí es como intentar encontrar hueco cerca de La Rambla) y caminando hacia la playa me crucé con la Vila Closa. De repente cambias de escenario: calles empedradas, casas de piedra, un arco que parece la entrada a un decorado medieval. Pero no, sale una señora con bolsas de la compra y un perro que te mira como diciendo: “otro más con la cámara”.
El tiempo que se quedó parado (y el que no)
Lo primero que hice fue meterme en la Vila Closa. Se puede pasear por dentro sin problema y enseguida te entra esa sensación de sitio que ha cambiado poco con los siglos. Las murallas actuales se levantaron en época moderna, aunque el trazado recuerda al de las villas medievales cerradas. Algo así como cuando tu abuela cambia la funda del sofá: el esqueleto sigue siendo el mismo.
Lo curioso es que dentro vive gente de verdad. Ves toallas colgadas en los balcones, un par de bicis apoyadas en una pared, macetas en las puertas… y piensas: “esta gente se levanta cada mañana con esto delante”. Yo tengo vistas a un parking.
A unos minutos andando está la villa romana de Els Munts. Aquí ya saltas varios siglos de golpe. Era la residencia de verano de familias importantes de Tarraco, y se suele decir que incluso algún emperador pasó por aquí en algún momento. Hoy lo que ves son restos arqueológicos con paneles que ayudan a imaginar la escala: mosaicos, termas, patios, salas para banquetes… lo que sería la versión romana de una casa grande con piscina y zona para recibir invitados.
La playa que no es la típica
La playa de Altafulla tiene otro ritmo. No es ese frente marítimo con música a todo volumen y filas de hamacas. Aquí ves más bien familias del pueblo, abuelos con sombrero, chavales haciendo castillos de arena y gente que baja andando desde casa.
Hay algún chiringuito donde sentarse a picar algo. Probé unas bravas que estaban muy bien pensadas: crujientes por fuera, blandas por dentro y con la salsa en su sitio, sin ahogar la patata.
Desde la arena se ve el castillo de Altafulla, una construcción vinculada históricamente a la familia Montserrat. Hoy tiene más aspecto de palacete que de fortaleza. No siempre se puede visitar; en algunas ocasiones abren el interior para actividades o visitas puntuales. Yo no pillé ninguna, así que me quedé mirándolo desde abajo, con esa sensación de cuando sabes que hay algo detrás de una puerta pero te toca volver otro día.
El genio que casi nadie menciona
Aquí nació Antoni de Martí i Franquès, un científico de finales del siglo XVIII que dedicó años a estudiar la composición del aire. Sus experimentos sobre el nitrógeno fueron bastante avanzados para la época. Tenía relación con el antiguo Hospital de Peregrinos del pueblo, que hoy se conserva como edificio histórico.
Me llamó la atención porque no es el típico personaje que encuentras asociado a un pueblo costero pequeño. Es como descubrir que el vecino del tercero fue físico nuclear mientras el resto estamos peleándonos con el Wi‑Fi.
Altafulla también aparece dentro del llamado “Paisaje de los Genios”, una ruta cultural que conecta varios lugares del Camp de Tarragona vinculados a figuras como Gaudí, Picasso, Miró o Pau Casals. En el caso de Altafulla, suele mencionarse la relación de Pau Casals con la zona y con el ambiente tranquilo de esta parte de la costa.
Comer sin complicaciones
La cocina aquí tira de cosas muy reconocibles de Tarragona. La coca de recapte, por ejemplo, es de esas que no necesitan presentación: masa fina, verduras asadas y a veces pescado salado encima. Sencilla y contundente.
El xató aparece también en muchas mesas de la zona, con su salsa potente de frutos secos. Y en invierno suele prepararse la coca de Sant Blas, un dulce tradicional que aparece por esas fechas en bastantes casas y panaderías.
Me fui al final de la tarde, cuando el sol empezaba a caer detrás del castillo y las piedras de la Vila Closa se volvían anaranjadas. En la plaza había niños jugando a la pelota y algunos vecinos sentados en sillas a la puerta de casa, charlando sin prisa.
Y pensé que Altafulla funciona un poco así: no hace ruido. No intenta llamar la atención. Pero si pasas unas horas aquí, entre la parte antigua, la villa romana y la playa, acabas entendiendo por qué mucha gente vuelve. No porque tenga mil cosas que hacer, sino porque todo va a otra velocidad. Y a veces eso es justo lo que apetece.