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sobre La Canonja
Municipio con fuerte identidad industrial y agrícola recuperada tras su segregación de Tarragona con yacimientos arqueológicos
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La Canonja es como ese compañero de piso que se independizó tarde, pero con ganas. Durante mucho tiempo fue pedanía de Tarragona y no hace tanto que empezó a caminar por su cuenta como municipio. El caso es que La Canonja, con apenas unos pocos kilómetros cuadrados, guarda una de esas historias que te hacen levantar la ceja: en sus alrededores apareció un resto humano muy antiguo que cambió lo que se sabía sobre la presencia humana en la península. El pueblo más joven de la zona custodiando uno de los huesos más viejos encontrados por aquí. No está mal como carta de presentación.
El hueso que puso a La Boella en el mapa
El Barranc de la Boella no parece gran cosa a primera vista. Un camino de tierra, campos alrededor y ese silencio que tienen los márgenes agrícolas cuando no pasa nadie. Podrías cruzarlo pensando que es otro barranco más del Camp de Tarragona.
Hasta que recuerdas lo que apareció aquí.
En excavaciones arqueológicas realizadas en la zona salió a la luz una mandíbula humana muy antigua —de alrededor de un millón de años, según los estudios— que cambió bastante lo que se pensaba sobre los primeros pobladores de esta parte de Europa. Dicho así suena a libro de historia, pero cuando estás allí la sensación es más simple: estás caminando por un sitio donde alguien ya estaba comiendo, cazando o sobreviviendo muchísimo antes de que existieran Tarragona, Roma o casi cualquier cosa que nos suene familiar.
Hay caminos que rodean el barranco y que se pueden recorrer andando sin demasiado esfuerzo. Pasas junto a campos de cultivo y alguna viña que recuerda que esta parte del Tarragonès siempre ha tenido más de campo que de postal turística.
No esperes un parque temático arqueológico. Aquí no hay recreaciones ni gente disfrazada. Es más bien un lugar tranquilo donde entender que, mucho antes de la industria y las carreteras, ya había vida humana por estos suelos.
Lo que se come por aquí
El nombre de La Canonja viene de los canónigos de Tarragona, que durante siglos tuvieron tierras por la zona. Y cuando un sitio ha sido agrícola durante tanto tiempo, la cocina suele ir por el mismo camino: platos sencillos que nacen de lo que da el huerto.
La coca de recapte es uno de esos clásicos que aparecen en muchas mesas del Camp de Tarragona. Masa fina, verduras asadas —pimiento, berenjena, cebolla— y a veces pescado salado encima. Algo así como la versión de horno de leña de lo que hoy llamaríamos pizza, pero con bastante más carácter.
También aparece el xató, que en esta parte de la costa tiene bastante tradición cuando llega la temporada de escarola. Bacalao, anchoa, aceitunas y esa salsa de romesco espesa que lo une todo.
Y si vienes por otoño o cerca de Todos los Santos, es fácil cruzarte con bandejas de panellets. Almendra, azúcar, piñones cuando el bolsillo lo permite… dulces pequeños que en muchos sitios siguen haciéndose como se han hecho siempre.
No hay grandes templos gastronómicos ni falta que hace. Aquí la comida suele salir de casas, hornos de barrio y bares de toda la vida.
Fiestas de las que todavía son del pueblo
Las fiestas locales siguen teniendo ese aire de celebración vecinal más que de evento para turistas.
La Festa Major dedicada a Sant Sebastià suele celebrarse en invierno y reúne a medio pueblo en la calle: música, encuentros entre vecinos y comidas largas en mesas compartidas. Nada de grandes montajes; más bien ese ambiente de fiesta donde todos se conocen o acaban conociéndose.
En época de vendimia también se organizan actividades relacionadas con el vino y la uva. El Camp de Tarragona ha tenido tradición vitivinícola durante siglos, así que no es raro ver actos donde la gente se acerca a probar mosto o recordar cómo se hacía antes la vendimia.
Y luego están las ferias de asociaciones y las celebraciones de Pascua con cantos tradicionales, que todavía recorren algunas calles por la mañana. Si te alojas cerca, probablemente te enteres sin necesidad de mirar el programa.
Moverse por los alrededores en bici o andando
Una de las cosas curiosas de La Canonja es lo cerca que está todo. Sales del pueblo y en pocos kilómetros puedes plantarte en Tarragona, en Reus o acercarte hacia la costa.
Hay caminos rurales y tramos ciclables que se utilizan mucho para moverse entre municipios cercanos. No son rutas épicas de montaña, más bien recorridos llanos que la gente usa para salir a pedalear un rato o caminar entre campos.
Si te alejas un poco del núcleo urbano todavía aparecen masías antiguas y restos de construcciones agrícolas. Desde algunos puntos también se ve el complejo petroquímico del Camp de Tarragona, que es parte del paisaje actual de la zona. No es lo más bonito del mundo, pero forma parte de la realidad del territorio.
Curiosamente, al atardecer esos depósitos y chimeneas a veces se tiñen de naranja con la luz del sol. Y te quedas un momento mirando pensando: no sé si esto es feo o tiene su punto.
Cómo acercarse sin complicarse
La Canonja está pegada a Tarragona y bien conectada por carretera, así que lo normal es llegar en coche o en autobús desde la ciudad. El trayecto es corto y en pocos minutos estás dentro del municipio.
El centro se recorre andando sin problema. Si coincide con día de mercadillo o alguna fiesta, puede haber más movimiento en la plaza y las calles cercanas.
No es un destino para pasar varios días ni lo pretende. Más bien funciona como una parada curiosa si estás explorando el Tarragonès: un paseo por el barranco de La Boella, algo de comida local y una vuelta por el pueblo.
De esos sitios que no están pensados para impresionar. Pero cuando te vas, te das cuenta de que has pasado un rato en un lugar bastante más real que muchas paradas de guía turística.