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sobre Roda de Berà
Destino turístico conocido por su arco romano Patrimonio de la Humanidad y el Roc de Sant Gaietà
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A media tarde, cuando el sol ya cae un poco hacia el oeste, la luz golpea de lado el Arco de Berà y la piedra toma un tono entre miel y arena que cambia cada pocos minutos. El mar está a un paso —no se ve desde aquí, pero se intuye en el aire húmedo— y, aun así, alrededor huele más a pino calentado por el sol que a sal. Los coches de la N‑340 pasan cerca, despacio, como si este tramo de carretera supiera que está cruzando algo mucho más antiguo. Así empieza casi siempre el turismo en Roda de Berà: delante de una puerta romana que sigue en pie después de muchos siglos.
La sombra de la Vía Augusta
El arco no es especialmente grande, pero tiene presencia. Se levanta junto a la antigua Vía Augusta, la calzada que conectaba Tarraco con el sur de la península. Hoy queda aislado entre carreteras modernas, con un pequeño espacio donde dejar el coche y un banco de piedra desde el que mirarlo con calma.
No hay taquilla ni paneles llamativos. Solo el monumento, la piedra gastada y el viento que pasa por debajo. Si te acercas lo suficiente, se distinguen las marcas donde iban las grapas metálicas que unían los sillares. Son detalles pequeños, pero ayudan a imaginar el trabajo de quienes lo levantaron hace más de dos mil años.
Desde aquí parte un sendero que sigue el trazado de la Vía Augusta hacia el interior. Son unos ocho kilómetros hasta El Vendrell, bastante llanos. El camino atraviesa viñedos, parcelas agrícolas y alguna masía dispersa. En primavera el aire suele oler a romero y a almendro en flor. Conviene llevar agua: no siempre hay fuentes en el recorrido.
El pueblo que no se ve desde la carretera
Muchos pasan por Roda de Berà sin entrar. La carretera principal queda cerca de la costa y el núcleo antiguo se esconde un poco más arriba, detrás de urbanizaciones y calles tranquilas.
Cuando llegas, el ambiente cambia. Calles estrechas, persianas medio bajadas a la hora de comer, alguna conversación que rebota entre fachadas claras. En la plaça Nova suele montarse mercado los jueves por la mañana. Aparecen puestos de fruta, verduras de la zona y algunos productos del Penedès o del sur de Tarragona. La gente habla alto, con ese ritmo rápido del catalán de costa.
La iglesia de Sant Bartomeu, del siglo XVIII, se levanta sobre una pequeña elevación. El campanario es de piedra clara, casi blanca cuando el sol está alto. Dentro el aire huele a cera y a madera vieja. Si coincides con las campanas, el sonido llena todo el espacio y vibra en el suelo de la nave.
Cocas y xató, sin demasiado ruido
La cocina local se parece bastante a la del resto del Tarragonès y del Penedès. En algunas panaderías del pueblo —conviene encargar con tiempo— preparan coca de recapte para llevar. Base fina, escalivada encima y, a veces, anchoas o sardina. Es comida sencilla, de horno y brasa.
El xató también aparece en muchas mesas durante el invierno. Cada casa lo hace a su manera: salsa espesa, escarola, bacalao desalado y frutos secos. Aquí suele llevar bastantes nueces y algo menos de ñora que en otras zonas cercanas.
Por Sant Bartomeu, a finales de agosto, las calles del centro suelen llenarse de mesas largas y parrillas improvisadas. Hay olor a sardina a la brasa y a vino tinto servido en vasos que van pasando de mano en mano. Es una de esas noches en que el pueblo se queda en la calle hasta tarde.
El camino de ronda hacia Creixell
Desde la playa de Roda sale un camino de ronda que avanza hacia Creixell bordeando la costa. Son algo más de tres kilómetros entre pinos, tramos de arena rojiza y pequeñas zonas de roca.
En verano el pinar desprende un olor fuerte a resina y sal. A mitad de recorrido aparece una cala pequeña con plataformas de roca plana donde la gente del pueblo suele sentarse a mirar el mar cuando cae la tarde. Fuera de temporada el sendero queda bastante tranquilo: huellas de perros en la arena, alguna red seca olvidada y el sonido constante del agua.
Mejor llevar calzado cerrado. Hay tramos de roca irregular y raíces de pino que asoman en medio del sendero. Cerca de Creixell el camino se empina un poco y el terreno puede deshacerse bajo los pies.
Cuándo ir y qué conviene saber
La primavera suele ser buen momento: campos claros por la flor del almendro y menos movimiento en la costa. El otoño también tiene días muy tranquilos, con el mar todavía templado al mediodía y olor a vendimia en las zonas cercanas al Penedès.
En agosto todo cambia. El tráfico en las carreteras cercanas aumenta mucho y las playas se llenan rápido desde primera hora. Si vienes en ese mes, merece la pena madrugar o moverse entre semana.
Y un consejo sencillo: no te quedes solo en el arco. Sube al núcleo antiguo, siéntate un rato en la plaza y escucha cómo pasa la tarde. Roda de Berà no se explica con una foto rápida desde la carretera. Hay que caminarla un poco, aunque sea sin rumbo.