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sobre Vilallonga del Camp
Municipio agrícola e industrial con una ermita del Roser muy venerada y museo del cine
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Llegué un sábado a media mañana y el primer olor fue el de las avellanas. No el perfume artificial de los helados, no. El olor real, como cuando tu abuela las tuesta en una sartén y se te queda pegado a la ropa. Me bajé del coche pensando que igual era cosa mía. Pero no: en Vilallonga del Camp ese olor aparece enseguida. Tiene lógica. Aquí el avellano no es un detalle del paisaje: es parte del trabajo de muchos campos alrededor del pueblo.
El pueblo que, dicen, se movió de sitio
Hay una historia curiosa sobre Vilallonga. Según la tradición local y algunos documentos medievales, el asentamiento no siempre estuvo exactamente donde está ahora. A finales del siglo XIII, en tiempos de Pedro II el Grande, se reorganizó el núcleo y la población acabó desplazándose a una zona algo distinta de la original.
No imagines una mudanza ordenada como la de un piso moderno, claro. Pero sí explica algo que se nota cuando paseas: el trazado del centro es bastante regular. Las calles no se enredan demasiado y todo parece colocado con cierta lógica, como si alguien hubiese dicho en su momento: “Vamos a hacerlo sencillo”.
La iglesia de Sant Martí domina el conjunto. La empezaron a levantar a finales del siglo XVIII y se nota esa ambición de hacer algo grande para un pueblo pequeño. La fachada tira hacia el barroco, con bastante ornamento, pero dentro el espacio es mucho más sobrio y luminoso, ya con aire neoclásico. Ese contraste se ve bastante en iglesias construidas en esa época: empiezan con una idea y la obra acaba adaptándose a lo que realmente se puede hacer.
El paseo hasta la ermita del Roser
A las afueras hay una caminata corta que la gente del pueblo conoce bien: el camino hacia la ermita de la Mare de Déu del Roser. Desde el centro sale una pista que en más o menos un kilómetro te deja allí.
En el mapa parece un paseo sin historia, pero el viento del Camp de Tarragona a veces aprieta y el último tramo pica un poco hacia arriba. Nada dramático, pero tampoco el típico paseo de domingo en sandalias.
Arriba la ermita suele estar cerrada, que es lo normal en muchos santuarios pequeños. Lo bueno está fuera: un banco de piedra, silencio y todo el mosaico agrícola del Camp extendido delante. Viñedos, avellanos, campos abiertos… y el pueblo abajo, bastante más pequeño de lo que parecía desde la carretera.
Es de esos sitios donde te sientas cinco minutos y acabas quedándote veinte.
Cuando la avellana manda
Si vienes en otoño quizá coincidas con la Fira del Roser, que tradicionalmente se celebra a principios de octubre. No es el típico mercado montado para turistas de fin de semana. Aquí el protagonismo lo tienen los agricultores y los productos que salen de estos campos.
La avellana aparece en todas partes: en pan, en dulces, en licores caseros. Y si te pones a hablar con alguien que la cultiva, prepárate para una pequeña clase acelerada sobre variedades, cosechas y cómo ha cambiado el campo en los últimos años.
Es curioso probar una avellana recién recogida. Parece una tontería, pero pasa como con los tomates buenos: hasta que no lo pruebas, no te das cuenta de lo diferente que puede saber algo tan simple.
Gigantes y verano en la plaza
En las fiestas de verano el pueblo saca sus gigantes a la calle. Uno de ellos representa a Alfonso I el Casto, el monarca que en el siglo XII concedió la carta de población a la localidad, según cuenta la tradición.
El ritual es bastante reconocible en muchos pueblos de Cataluña: pasacalles, música, sardanas y niños mirando a los gigantes con esa mezcla de respeto y curiosidad. Cuando cae la noche y baja un poco el calor, la plaza se llena de gente charlando como si fuese el salón de casa.
Ese ambiente es difícil de explicar si no lo has vivido en un pueblo pequeño: todo el mundo se conoce y siempre hay alguien que se para a comentar cómo va la cosecha o si este año ha llovido lo suficiente.
El truco de Vilallonga
Vilallonga del Camp no juega la liga de los pueblos que salen en todos los carteles turísticos. No tiene un casco histórico enorme ni un monumento que lo domine todo. Lo que tiene es otra cosa: vida cotidiana.
Por la mañana ves coches aparcando rápido porque alguien llega tarde al trabajo. Pasa un tractor por la calle. En alguna puerta hay gente hablando sin prisa. Y alrededor, campos de avellanos que recuerdan de qué vive buena parte de esta zona.
Si te acercas, lo mejor es tomárselo con calma: dar una vuelta por el centro, salir un rato hacia los caminos de alrededor y sentarte un momento a mirar el paisaje del Camp. No vas a pasar aquí todo el día… pero ese olor a avellana tostada se te queda un buen rato en la memoria. Y eso ya dice bastante del lugar.