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sobre Gandesa
Capital de la Terra Alta famosa por su bodega modernista y su papel central en la Batalla del Ebro
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A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a caer sobre las viñas de garnacha que rodean el pueblo, el turismo en Gandesa se entiende mejor desde arriba. La loma queda teñida de un violeta polvoriento y en las calles empieza a oler a pan recién hecho y a mosto. Desde la zona alta, cerca de la cooperativa, se distinguen los tejados de teja árabe y la torre de la iglesia asomando sobre las casas. A esa hora todavía queda calor en la piedra y las conversaciones empiezan a salir a las puertas, con sillas arrastrándose sobre el suelo.
El sabor de la Terra Alta
Entrar en una panadería del centro a media mañana tiene algo de rutina de pueblo que no ha cambiado demasiado. Sobre las tablas suelen aparecer cocas de recapte con escalivada brillante y trozos de butifarra negra. La masa cruje al partirla, seca en los bordes y tierna por dentro.
Si preguntas por la olla de Gandesa, normalmente te hablarán de un guiso contundente: ternera, garbanzos que han pasado la noche en remojo y patata que acaba deshaciéndose en el caldo. Es comida de domingo, de cuando la familia se junta y alguien llega desde Arnes, Bot o algún pueblo cercano.
La cooperativa agrícola —un edificio modernista grande, de ladrillo y arcadas amplias— sigue siendo uno de los lugares donde se entiende la relación del pueblo con el vino. En temporada de vino nuevo, el interior huele intensamente a mosto. Mucha gente del pueblo aún se acerca con garrafa para llevárselo a casa. El aroma se queda pegado en la ropa durante horas.
Huellas de guerra y de silencio
En los montes que rodean Gandesa todavía quedan rastros de la Batalla del Ebro. Caminando por algunas rutas señalizadas aparecen trincheras excavadas en la tierra y parapetos de piedra medio cubiertos por matorral. El paisaje es áspero: lomas peladas, tomillo, romero y viento.
No hace falta mucha explicación cuando estás allí arriba. El terreno habla solo. En invierno, cuando la vegetación baja, todavía se distinguen mejor las líneas del frente.
De vuelta en el casco urbano, la Casa de la Villa conserva arcos góticos que recuerdan que Gandesa fue un lugar relevante en la Edad Media. Aquí se suele situar un episodio conocido como el “engaño de Gandesa”, una boda política que, según la tradición, nunca llegó a celebrarse como estaba previsto. La historia aparece a menudo cuando se habla del pasado del pueblo.
El valle de la Fontcalda
El santuario de la Fontcalda queda escondido en un valle estrecho entre montañas de roca clara. La carretera baja con curvas entre pinos y, de pronto, aparece el río Canaletes encajonado entre paredes de piedra.
Allí brota un manantial de agua templada que la gente del pueblo ha usado durante generaciones. En verano es habitual ver familias sentadas en las piedras, con los pies en el agua. El lugar tiene algo de refugio fresco cuando el calor aprieta en la meseta de la Terra Alta.
Conviene ir temprano en los meses de más calor. A media tarde suele concentrarse más gente y el valle pierde esa sensación tranquila que tiene por la mañana.
La vía verde bajo el pueblo
Por debajo de Gandesa pasa la Vía Verde de la Terra Alta, el antiguo trazado ferroviario que hoy se recorre a pie o en bicicleta. El camino atraviesa túneles largos, algunos bastante oscuros, y cruza viaductos de hierro desde los que se ven barrancos secos y campos de olivos.
El recorrido hacia el oeste es suave y bastante llevadero, incluso sin mucha experiencia en bicicleta. Eso sí: conviene llevar agua, sobre todo en verano. Entre algunos tramos hay kilómetros de campo abierto sin apenas sombra.
Cuándo acercarse
Octubre suele ser buen momento para pasar por Gandesa. La vendimia está en marcha o acaba de terminar y el aire trae ese olor dulce del mosto reciente.
Agosto cambia bastante el ritmo del pueblo. Hay más movimiento en la calle y más ruido por las noches. Si prefieres caminar con calma por el casco antiguo o por los caminos que salen hacia las viñas, entre semana se nota la diferencia.
En pleno julio, evita las horas centrales del día. El sol cae directo sobre la plaza y las calles más abiertas. A cambio, cuando cae la tarde y la luz se vuelve dorada sobre las fachadas, el pueblo recupera un ritmo mucho más lento. Entonces sí apetece quedarse un rato más.