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sobre Badia del Vallès
Municipio joven y compacto con una forma urbana singular que reproduce el mapa de la península ibérica
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Desde el aire, Badia del Vallès se lee casi como un mapa. Las calles dibujan la silueta de la Península Ibérica: una rambla que hace de Ebro, manzanas alineadas como si fueran regiones y, en el extremo norte del trazado, un pequeño parque que marca el “fin” del territorio. No es un juego reciente. Forma parte del diseño original del barrio cuando se levantó a mediados de los años sesenta para acoger a miles de familias llegadas a trabajar a la industria del área de Barcelona.
Antes de eso aquí no había un núcleo urbano. El terreno pertenecía a los términos de Cerdanyola y Barberà del Vallès y estaba ocupado por campos de cultivo dispersos y algunas masías. La transformación llegó en pleno desarrollismo franquista, cuando el Estado impulsó grandes promociones de vivienda protegida para absorber la llegada masiva de trabajadores a la periferia industrial de Barcelona. Badia nació dentro de ese programa, entonces bajo el nombre de Ciudad Badia.
La idea urbanística era clara: construir rápido, alojar a mucha gente y crear una ciudad completa desde cero. En 1970 ya estaban ocupadas miles de viviendas en bloques de cinco plantas, levantados con una arquitectura funcional que se repite por todo el municipio. Calles amplias, espacios abiertos entre edificios y pocos elementos decorativos. La prioridad era la cantidad y la rapidez, no la variedad formal.
El gesto más singular fue el trazado del plano. Los técnicos decidieron organizar el barrio como un mapa de España. Muchos de los primeros vecinos procedían de Extremadura, Andalucía, Murcia o Galicia. Dar a las calles nombres de regiones y ciudades funcionaba como una forma simbólica de reconocer ese origen. Aún hoy se cruzan avenidas que recuerdan a esas procedencias: Andalucía, Burgos, Santander, Zaragoza.
El municipio como tal es reciente. Durante años dependió administrativamente de Barberà y de Cerdanyola. No obtuvo ayuntamiento propio hasta los años noventa, cuando se constituyó definitivamente como municipio independiente. El edificio consistorial, de líneas modernas y bastante sobrias, refleja bien ese momento: una ciudad que intentaba consolidar identidad propia después de haber nacido como proyecto estatal.
Quien pasea por Badia nota enseguida que no existe casco antiguo. No hay restos medievales ni iglesia histórica que organice el espacio. El punto de encuentro más claro es la plaça del Primer de Maig, una gran explanada que funciona como plaza mayor contemporánea. Allí se celebran actividades municipales y es habitual ver partidas de petanca bajo los árboles.
La arquitectura, repetitiva a primera vista, cuenta también la historia social del lugar. Muchos de los bloques fueron ocupados por familias recién llegadas del sur de España. Con el tiempo esas viviendas se privatizaron y pasaron a manos de los propios residentes o de sus hijos. Hoy conviven jubilados que llegaron en los setenta con nuevos vecinos que buscan precios más accesibles que en Barcelona.
La golondrina del escudo municipal resume bien ese origen. El símbolo se adoptó como referencia a la migración: aves que llegan de lejos y encuentran un sitio donde quedarse. En Badia esa metáfora tiene bastante sentido histórico. El pueblo no surgió alrededor de una iglesia ni de un castillo, sino alrededor de una necesidad laboral y urbana muy concreta.
Badia no es un destino monumental. Su interés está en entender cómo se construyeron muchas periferias españolas en la segunda mitad del siglo XX. Pasear por sus calles permite leer esa historia en los nombres, en la forma del plano y en la uniformidad de los bloques.
Cómo orientarse en el pueblo
El municipio es pequeño y se recorre andando sin dificultad. La rambla central articula buena parte del trazado y sirve como referencia para entender el “mapa” que inspiró el proyecto urbanístico. Desde algunos puntos altos de los parques cercanos se aprecia mejor la forma general del barrio y su relación con las ciudades vecinas del Vallès.