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sobre Matadepera
Municipio residencial de alto nivel a los pies de la Mola en Sant Llorenç del Munt
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El olor a resina de pino sale por los desagües cuando llueve. Es la primera cosa que notas si bajas del coche en una de las rotondas de entrada al pueblo. A las ocho de la mañana de un martes cualquiera, los chavales de secundaria bajan por la calle Sant Joan con la mochila a la espalda y los padres en pijama asoman al balcón para ver si cruzan la calle sin mirar. El turismo en Matadepera empieza muchas veces así: con un pueblo que todavía está haciendo su vida normal, sin prisa, como quien sabe que el día va a durar lo que tenga que durar.
El camino que hizo un pueblo
La calle Sant Joan es el esqueleto. Antes era el camino real entre Barcelona y Manresa y todavía se nota: tramos estrechos, algún ensanche extraño donde debió de haber un corral o un patio, y luego otra vez la calle apretándose entre fachadas. En el siglo XVIII empezaron a levantarse las primeras casas alineadas al camino, y a partir de ahí el núcleo fue creciendo despacio.
Si caminas sin mirar el móvil aparecen detalles: números antiguos de hierro en algunas puertas, portales anchos que delatan antiguas casas de payés y muros de piedra que hoy conviven con chalés más recientes. En una esquina del Passatge de l’Alzina suele haber un gato naranja dormido sobre el capó de un coche que casi nunca se mueve. Nadie parece tener prisa por despertarlo.
La Mola, la piedra que todo lo ve
Desde algunas terrazas de la plaza se distingue la silueta del monasterio de Sant Llorenç del Munt recortada contra el cielo. Parece cerca, pero la subida tiene su trabajo.
Mucha gente empieza a caminar desde los aparcamientos que hay en las afueras del pueblo, ya dentro del parque natural. Desde ahí el sendero sube entre pinos que todavía muestran cicatrices de los incendios de los noventa y bloques de conglomerado que parecen panes gigantes partidos por la mitad. A mitad de camino el aire suele oler a tomillo caliente y a tierra seca.
Arriba el viento llega sin avisar. El monasterio es más pequeño de lo que sugieren muchas fotos: piedra gruesa, sobria, con grietas y manchas de musgo. La iglesia románica se mantiene en pie y alrededor quedan restos del antiguo conjunto monástico. Desde allí se abre todo el Vallès: Terrassa extendida como una alfombra de ladrillo, las sierras onduladas del parque y, en días claros de invierno, una línea azul muy lejana hacia el norte.
La bajada castiga más que la subida. Las rodillas se acuerdan durante un par de días.
Cuando el pueblo se llena
A finales de agosto llegan los días más ruidosos del año. Cortan la calle Sant Joan con vallas y montan un escenario donde suena música hasta tarde. La gente aparece con sillas plegables, vasos de plástico y niños corriendo entre cables y altavoces.
El humo de las parrillas se cuela por los balcones y se mezcla con el olor dulce de los puestos de feria. Los vecinos mayores se sientan en la acera y recuerdan cuando la fiesta duraba menos días y la plaza todavía era de tierra. Ahora hay atracciones portátiles, luces de colores y canciones que suenan una y otra vez mientras los críos dan vueltas en caballitos de fibra.
Cuando apagan los focos y solo quedan las farolas, el pueblo vuelve a su tamaño real. Quedan vasos olvidados, alguna conversación que se alarga en un portal y ese olor a pino mezclado con cerveza derramada que se queda flotando un rato en el aire.
El invierno de los que se quedan
En enero la temperatura puede bajar bastante al amanecer y la niebla se queda atrapada entre las urbanizaciones que rodean el casco antiguo. Es entonces cuando la pequeña ermita de Santa Inés —excavada en la roca, en uno de los rincones del parque— aparece más silenciosa que nunca. Dentro suele haber pequeñas pilas de agua filtrada por la piedra, incluso en épocas secas.
Por esas fechas se encienden hogueras en algunas calles durante las celebraciones de invierno. Se asan castañas y la gente charla alrededor del fuego mientras el humo se queda pegado a la ropa. Si llueve, el olor a leña mojada tarda días en irse del todo.
Para caminar por el parque natural, el invierno tiene algo que el verano pierde: silencio. Los senderos están casi vacíos y lo único que se oye es el crujido de las agujas de pino bajo las botas. Cuando la niebla sube desde el Vallès y cubre la cima, el monasterio de la Mola aparece flotando sobre las nubes como una isla de piedra.
Cómo llegar y cuándo ir
El coche facilita mucho las cosas. Desde Barcelona lo habitual es llegar primero a Terrassa y luego subir por la carretera que serpentea hasta Matadepera.
Si quieres subir a la Mola en fin de semana, conviene madrugar: los aparcamientos de acceso al parque suelen llenarse pronto cuando hace buen tiempo. En verano el calor aprieta en la subida y apenas hay sombra en algunos tramos, así que merece la pena empezar a caminar temprano o esperar a última hora de la tarde. En invierno, en cambio, el viento en la cima puede ser fuerte incluso en días soleados; una chaqueta de más se agradece.