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sobre Palau-solità i Plegamans
Municipio residencial con un castillo medieval sede de la fundación folclórica
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Hablar de turismo en Palau‑solità i Plegamans obliga primero a situarse en el mapa del Vallès Occidental. A unos veinte kilómetros de Barcelona, este municipio creció entre campos, rieras y caminos que conectaban pequeñas parroquias rurales. No nació como un núcleo compacto. De hecho, aún hoy se percibe como una suma de lugares que con el tiempo terminaron formando un solo término municipal.
Aquí no hay un casco antiguo definido ni una plaza que ordene todo lo demás. El paisaje mezcla urbanizaciones, antiguas masías y zonas industriales. Entre medio discurre la riera de Caldes, que sigue marcando el ritmo del territorio. Y, sobre la carretera, aparece la sede corporativa de Mango, un edificio contemporáneo que recuerda hasta qué punto el municipio se mueve entre la lógica rural y la economía global.
Cuando Palau-solità y Plegamans pasaron a ser un solo municipio
La unión administrativa llegó en 1973. Hasta entonces Palau‑solità y Plegamans habían funcionado como parroquias separadas desde época medieval. Los documentos del siglo X ya mencionan ambos lugares vinculados a tierras de cultivo y a caminos que atravesaban el Vallès.
Cada núcleo tenía su propia referencia religiosa. Santa Maria de Palau‑solità quedaba en una posición más elevada, rodeada de explotaciones agrícolas. Sant Genís de Plegamans se situaba cerca de la riera y de los pasos naturales hacia otros pueblos del Vallès.
La fusión no borró esas diferencias. El municipio resultante siguió siendo disperso. Aún hoy el visitante nota que no existe un centro único, sino varios puntos que organizan la vida local: el entorno de las parroquias, la zona de la riera, el área próxima a la carretera y el barrio de la estación.
El castillo de Plegamans y la lectura del territorio
En la parte alta del término aparece el castillo de Plegamans. Está documentado al menos desde el siglo XI y formó parte del sistema de control feudal que dominaba este sector del Vallès. Durante siglos pasó por distintas manos nobiliarias.
La construcción sufrió un deterioro progresivo durante el siglo XX. Parte de la estructura llegó a hundirse tras varios episodios de lluvia intensa. A finales de ese mismo siglo el ayuntamiento impulsó una rehabilitación que consolidó lo que quedaba en pie. Hoy se conserva sobre todo una de las torres y algunos muros.
Más que un monumento monumental, funciona como mirador. Desde arriba se entiende bien la geografía del municipio: la riera de Caldes dibuja una franja verde entre campos, barrios recientes y polígonos. El castillo permite leer esas capas del paisaje que explican cómo ha cambiado el Vallès en los últimos cien años.
Una masía convertida en museo y las escuelas racionalistas
Cerca del castillo se encuentra la masía de Can Falguera. Allí se instaló el Museu Internacional de la Marioneta de Catalunya, un proyecto singular dentro de la red cultural de la comarca. La colección reúne piezas procedentes de distintos países y suele complementarse con actividades relacionadas con el teatro de títeres.
Un poco más abajo, junto a la riera, aparecen las llamadas Escoles Velles. El edificio se construyó en los años treinta y suele atribuirse a Josep Lluís Sert y Josep Torres Clavé, dos figuras clave de la arquitectura racionalista catalana. La escuela mantiene una imagen sobria: volúmenes simples, fachada clara y grandes ventanas pensadas para aprovechar la luz natural.
Aunque hoy el interior se utiliza con funciones educativas, desde fuera todavía se aprecia bien la intención original del proyecto. Es uno de esos ejemplos discretos que muestran cómo la arquitectura moderna también llegó a pueblos pequeños.
La riera de Caldes y el parque del Fum Hostal
La riera de Caldes atraviesa el municipio de norte a sur. Durante décadas fue sobre todo un límite natural entre zonas de cultivo. Con el crecimiento urbano se habilitaron senderos y pasos que hoy permiten recorrerla a pie o en bicicleta.
No es un espacio completamente salvaje, pero todavía conserva tramos con vegetación de ribera. Cuando ha llovido lo suficiente el agua vuelve a ocupar el cauce y el paisaje cambia bastante.
En la parte próxima a la estación se abre el parque del Fum Hostal. El lugar tuvo un uso industrial ligado a la extracción de áridos y más tarde se transformó en zona verde. Es uno de los espacios donde se concentra la vida cotidiana del municipio, sobre todo los fines de semana.
Cuándo acercarse y cómo moverse por el municipio
La primavera suele ser el momento más agradecido. La riera lleva algo de agua y los caminos cercanos a los huertos están más verdes. Durante el año también se organizan ferias y celebraciones populares, algunas vinculadas a tradiciones locales, aunque el calendario puede variar según la edición.
En cuanto a la cocina, lo que domina es la tradición del Vallès: platos contundentes de raíz campesina, verduras de temporada y carnes guisadas. Todavía se mantiene ese estilo de comida diaria que responde más al ritmo de trabajo que a la restauración de fin de semana.
Se puede llegar en tren mediante la línea que conecta Barcelona con el norte del Vallès. También por carretera, siguiendo la C‑59. Una vez dentro del municipio conviene moverse con calma y asumir que los puntos de interés están algo separados. En una mañana se puede recorrer el castillo, la zona de la riera y el entorno de las antiguas escuelas.
Palau‑solità i Plegamans no funciona como destino monumental. Tiene más que ver con observar cómo se ha transformado el territorio del Vallès: antiguas masías, industria textil del siglo XIX y, ya en el presente, sedes corporativas y logística. Todo convive en pocos kilómetros. Ese contraste explica mejor el lugar que cualquier postal.