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sobre Sabadell
Co-capital del Vallès con gran pasado textil y patrimonio modernista e industrial
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Hay ciudades que viven a la sombra de la grande que tienen al lado. Sabadell juega esa partida con Barcelona desde hace décadas. Está a unos 20 minutos, tiene más de 200.000 habitantes y durante mucho tiempo fue uno de los motores textiles de Catalunya. Aun así, mucha gente llega aquí por casualidad: porque tiene familia, porque trabaja cerca o porque ha acabado durmiendo en la zona después de aterrizar en Girona.
La primera vez que fui fue por trabajo. El GPS me metió por la C‑58, bajé por una rampa y de repente aparecieron bloques de pisos grises y antiguas naves industriales recicladas en oficinas. Pensé: “esto parece una ciudad del Este de Europa… pero con mejor café”. Y la sensación no iba muy desencaminada.
Una ciudad que no presume demasiado
Sabadell tiene algo curioso: funciona como una ciudad grande, pero no actúa como tal. No es Barcelona, claro. Tampoco es Terrassa, su rival histórico al otro lado del río Ripoll. Es más bien ese compañero de clase que sacaba buenas notas sin montar ruido.
Si caminas por el centro pasa una cosa divertida. Vas mirando escaparates y edificios normales… y de repente levantas la vista y aparece un modernista bastante serio, de esos que podrías imaginar en el Eixample barcelonés. El Teatro Principal, del siglo XIX, está ahí plantado con esa actitud de edificio antiguo que parece decir: “sí, llevo aquí mucho más tiempo que tú”.
La Casa Duran provoca un efecto parecido. Es una casa señorial levantada entre finales del XVI y principios del XVII que rompe el paisaje urbano sin pedir permiso. Estás paseando por una ciudad industrial y de pronto aparece este caserón renacentista. Es como cruzarte con alguien vestido de época en medio del supermercado.
Cuando el algodón mandaba aquí
Durante mucho tiempo Sabadell giró alrededor de las fábricas textiles. No es algo que veas funcionando hoy, pero quedan bastantes huellas.
El Vapor Buxeda Vell, por ejemplo, recuerda esa etapa industrial. Fue una fábrica textil importante y, según suele contarse, uno de los primeros edificios de la ciudad con electricidad. Imagínate el contraste en aquella época: maquinaria, humo, turnos largos y, de repente, luz eléctrica dentro de la nave. Para muchos trabajadores debió de ser casi ciencia ficción.
Luego está la Torre del Agua, levantada a principios del siglo XX. Servía para regular el suministro de agua de la ciudad y funcionó durante décadas. Hoy queda como un símbolo bastante reconocible del perfil urbano. Alta, blanca y visible desde varios puntos, como esos edificios industriales que sobreviven cuando todo lo demás cambia.
Un cementerio que mucha gente acaba visitando
Puede sonar raro, pero uno de los lugares más curiosos de Sabadell está en su cementerio. El de Sant Nicolau suele mencionarse cuando se habla de arte funerario en el Vallès. Hay panteones y esculturas que cuentan bastante bien cómo eran las familias industriales de la ciudad y cómo querían ser recordadas.
Muy cerca aparece otra sorpresa: el llamado Castillo de Can Taixó. No es un castillo medieval de verdad, sino una construcción del siglo XIX inspirada en arquitectura histórica. Tiene ese aire romántico de la época, cuando se imitaban estilos antiguos con bastante libertad. Un poco como cuando alguien intenta cocinar una receta tradicional mirando fotos: la idea está, aunque no sea exactamente lo mismo.
Cómo ver Sabadell sin darle demasiadas vueltas
Si pasas por Sabadell, lo mejor es tratarla como lo que es: una ciudad vivida, no un decorado.
Un paseo por el centro funciona bien para entenderla. El Mercat Central suele estar lleno de movimiento por la mañana. Desde allí puedes seguir por la Rambla y alargar el paseo hacia el Parc de Catalunya. No hay monumentos gigantes ni postales que vayan a romper Instagram, pero sí esa sensación de ciudad que sigue su ritmo normal.
A mí Sabadell me recuerda a ese amigo que nunca sale mucho en las fotos del grupo. Cuando quedas con él a charlar, siempre acaba contando historias que no sabías. La ciudad funciona un poco igual: no presume demasiado, pero si te paras a mirar aparecen capas que al principio pasan desapercibidas.
La última vez que estuve vi a un señor mayor paseando por la Rambla con una camiseta que decía: “Sabadell, la ciutat que no et deixa indiferent”. El hombre lo llevaba con orgullo. Y oye, algo de razón tiene. Puede que no te enamore a primera vista, pero tampoco se queda en el olvido tan rápido.