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sobre Sant Cugat del Vallès
Ciudad residencial de alto nivel con un impresionante monasterio románico
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El turismo en Sant Cugat del Vallès es un poco como ese compañero de piso que estudia ADE y se apunta a salir, pero a medianoche ya está recogiendo porque mañana madruga. Tiene el monasterio más serio del Vallès, pero también grandes centros comerciales y tren directo a Barcelona cada pocos minutos. No quiere ser ciudad dormitorio… aunque a veces lo parezca. Y aun así, en medio de todo eso, tiene un claustro que podría llenar Instagram si la gente no estuviera más pendiente del café para llevar de la esquina.
El monasterio que sobrevivió a todo (incluso a Merlí)
El Monasterio de Sant Cugat es como ese amigo que ha pasado por tantas que ya no se inmuta. Nació en el siglo IX y por aquí han pasado de todo: incursiones, reformas, cambios de uso y hasta un rodaje de serie de televisión que lo convirtió en instituto durante un tiempo. Y ahí sigue.
Lo mejor es el claustro. No solo porque sea uno de los conjuntos románicos más conocidos de la zona, sino porque te obliga a parar un momento. Los capiteles —más de un centenar— están llenos de escenas rarísimas: animales, personajes bíblicos, cosas que parecen sacadas de la imaginación de un escultor con mucho tiempo libre.
Lo curioso es el contraste. Estás rodeado de piedra del siglo XII y, si prestas atención, de fondo se oye el tráfico que rodea el centro. Como cenar a la luz de las velas mientras en el piso de arriba alguien pone música demasiado alta. La iglesia mezcla partes románicas con otras góticas, y el campanario tardó siglos en completarse. Vamos, que las obras largas no son un invento moderno.
La ciudad que quiere ser pueblo (y a ratos lo consigue)
Sant Cugat creció muchísimo cuando mucha gente empezó a mudarse desde Barcelona buscando más espacio. De ahí las urbanizaciones tranquilas, casas grandes y calles que por la noche quedan en silencio. Pero bajas al centro y el ambiente cambia.
Las plazas alrededor del monasterio siguen funcionando bastante como plaza de pueblo: gente que se conoce, niños correteando, mercado algunos días y terrazas llenas cuando sale el sol.
Un buen ejemplo de esa mezcla es la Casa Aymat. Fue una fábrica de tapices del siglo XX y hoy funciona como espacio dedicado al arte textil contemporáneo. Dicho así suena muy solemne, pero cuando entras entiendes la idea: coger un oficio antiguo y darle otra vida.
Cuando tu fiesta mayor desborda el centro
La Festa de Sant Medir, a principios de marzo, es de esas celebraciones que te hacen levantar la ceja la primera vez que las ves. Carros y caballos recorren las calles mientras lanzan caramelos y dulces a la gente que espera en las aceras.
La tradición viene de una promesa hecha hace más de un siglo. El gesto de repartir garbanzos dulces se quedó, y con el tiempo la fiesta fue creciendo hasta convertirse en uno de los días más movidos del calendario local.
Y luego está la Festa Major, a finales de junio. Durante unos días el centro cambia completamente: gigantes, castellers, conciertos, actividades por todas partes y esa sensación de “todo el mundo está en la calle”. Si llegas por casualidad ese fin de semana, te enteras rápido de que el pueblo tranquilo tiene también su lado ruidoso.
El pino que sobrevivió a una motosierra
El Pi d'en Xandri es uno de esos árboles que terminan convirtiéndose en símbolo del lugar. Tiene más de dos siglos y una silueta torcida que se reconoce enseguida.
A finales de los años noventa alguien intentó talarlo con una motosierra. Los vecinos reaccionaron rápido y el árbol se salvó con una estructura de apoyo que todavía hoy se puede ver. Desde entonces quedó como pequeño emblema del municipio.
Llegar hasta él es fácil. Desde el Parc de la Pollancreda sale un camino bastante sencillo que en unos tres kilómetros entre ida y vuelta te lleva hasta el pino. Es el típico paseo que haces para estirar las piernas sin necesidad de planificar nada.
Consejos de alguien que ha estado allí (y ha vuelto)
Sant Cugat no es un sitio para llenar tres días de agenda. Funciona mejor como escapada corta desde Barcelona o como parada tranquila una mañana.
Empieza por el monasterio y el claustro —suele poder visitarse con bastante facilidad—, luego da una vuelta por el centro histórico y si el tiempo acompaña acércate caminando hasta el Pi d'en Xandri.
Si coincide con domingo, a veces se monta un rastro en el centro. No es enorme, pero tiene ese aire de paseo sin prisa.
Y para comer, la regla de siempre: busca mesas donde haya gente mayor charlando en catalán. Suele ser buena señal. Si ves coca salada típica de la zona o butifarra d'ou en temporada, pruébalo.
Al final Sant Cugat es eso: un sitio que vive muy cerca de la ciudad, pero que todavía intenta mantener ritmo de pueblo. Y a ratos, lo consigue.