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sobre Ullastrell
Pueblo mirador con vistas a Montserrat y producción de aceite y vino
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El silencio de Ullastrell se rompe a las siete y media, cuando los primeros cochecitos de la escuela atraviesan la plaza de la Vila. No es el ruido de motor lo que se oye, sino el cambio de marchas subiendo la pronunciada cuesta que lleva al centro. El pueblo se despierta así, en segunda y con algo de esfuerzo, como quien sabe que el día será largo y no tiene prisa por empezarlo.
La geografía como destino
Ullastrell no está en ninguna ruta importante. Ni siquiera en las secundarias que llevan a los monasterios medievales o a las masías convertidas en restaurantes. Esto no es un defecto: es la explicación de por qué conserva la forma que tiene. Está sobre un cerro testigo —uno de esos islotes rocosos que sobrevivieron a la erosión cuando todo alrededor era mar— a 340 metros de altitud. Desde aquí se domina el Vallès Occidental como quien mira desde un balcón mal iluminado.
La trama urbana responde a la lógica de los pueblos que crecieron antes de la parcelación. Calles estrechas que se bifurcan sin orden, casas adosadas que comparten muros y historias, y un núcleo que se agarra a la roca como puede. No hay ensanches ni polígonos residenciales. El crecimiento llegó por arriba, en forma de chalets a los que solo se accede por caminos de tierra que se vuelven impracticables tras tres días de lluvia.
Lo que no hay que buscar
No hay castillo. Tampoco murallas ni iglesia románica con claustro. La parroquia de San Miguel es del siglo XVIII, reformada en el XIX, y guarda un retablo neoclásico que nadie ha estudiado con detenimiento. La piedra de la torre es la misma que se usa en las casas: caliza local, blanda, que se erosiona en formas redondeadas. No hay guías que expliquen la iconografía de los santos porque no hay visitas guiadas. La puerta suele estar abierta por las mañanas, y si entras encontrarás a alguien limpiando o arreglando flores. Te dirá "buenos días" y seguirá con lo suyo.
Tampoco hay museo. Ni centro de interpretación. Ni placa que explique que en este lugar hubo una posesión medieval —documentos del siglo XV hablan de Ullastrell como villa— o que las viñas que cubrían las laderas desaparecieron con la filoxera. La memoria está en los nombres: carrer del Forn, carrer de la Font, carrer del Raval. Topónimos que indican dónde estaba el horno comunal, la fuente que abastecía al pueblo, el arrabal donde vivían los que no tenían derecho a muralla porque no había muralla que proteger.
La arquitectura que no se vende
Lo más interesante de Ullastrell es lo que no se ha tocado. Las casas de planta baja y dos pisos, con tejado a dos aguas de teja árabe, que se alinean sin orden ni concierto. Las fachadas de calyx, un mortero de cal y pedruscall que se aplicaba a la llana y que ahora se descascara mostrando capas de tiempo. Los portones de madera con herrajes oxidados que dan a patios donde aún se cuelga la ropa.
En el número 12 del carrer Major hay una casa con forja de 1923. No hay placa: la fecha está grabada en el hierro del balcón, junto con las iniciales del herrero. Es un detalle que se repite en otras viviendas, pequeñas firmas de artesanos que no aparecen en los libros de historia pero que construyeron el pueblo ladrillo a ladrillo. Si te fijas, verás que muchas ventanas conservan las rejas de hierro forjado, diseños geométricos que se repetían en el catálogo de la fábrica de Sabadell que las suministraba.
El campo como patio
Ullastrell termina donde empieza el bosque. No hay transición: la última casa da paso a pinos y alzinas que cubren la ladera norte. El camino de Can Bages lleva a una antigua masía que ahora es casa de fin de semana. La puerta está abierta porque el cerró se rompió hace años. Dentro hay una cocina con fuego de leña y una pila de piedra donde aún gotea el grifo. En la pared, un calendario de 1987.
Los senderos no están señalizados pero se siguen sin problema. El más claro sube hasta la creu de Ferro, una cruz de hierro plantada en 1898 para proteger el pueblo de la sequía. La tradición dice que si llueve el día de la cruz, será buen año. No hay registros de si funciona, pero cada 3 de mayo alguien sube con flores y las deja allí, atadas con alambre.
Cómo llegar y por qué hacerlo
Desde Terrassa se tardan quince minutos en coche. La carretera BP-1102 serpentea entre masías y campos de cereales que en mayo están verdes y en julio, dorados. No hay transporte público que llegue: el autobús que cubría la línea desapareció en los recortes de 2012. Esto limita la afluencia y explica por qué los fines de semana el pueblo sigue siendo de sus habitantes.
Si vienes, hazlo por la mañana. A mediodía todo cierra, incluso el bar de la plaza donde se juega a las cartas bajo el porche. La única opción es el vending de la gasolinera, fuera del núcleo urbano, junto a la carretera. No hay hotel ni apartamento turístico. La oficina de turismo no existe: el ayuntamiento atiende en el edificio del costado de la iglesia, pero solo por las mañanas de lunes a jueves.
Tiene sentido venir solo si entiendes que Ullastrell no ofrece nada. No tiene monumentos que tachar de una lista ni experiencias que contar en redes. Es un pueblo que funciona porque hay gente que sigue viviendo en él, que riega las plantas del balcón y que cierra la persiana al mediodía para que no entre el sol. Un lugar donde el tiempo no se ha detenido: simplemente no ha tenido prisa por llegar a ninguna parte.