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sobre Vacarisses
Municipio disperso a los pies de Montserrat con castillo
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Las campanas de Sant Pere i Sant Feliu repican a las siete y media de la mañana cuando todavía la niebla se agarra a las crestas de Montserrat. En la plaza Mayor, un bar acaba de levantar la persiana y ya huele a pan tostado mezclado con el perfume seco de los pinos que rodean el pueblo. Vacarisses despierta así: despacio, con el silencio de los pueblos que miran a la montaña y saben que el día llegará igual aunque nadie tenga prisa.
La piedra que lo vio nacer
Subir hasta la Torrota es seguir el mismo camino que, siglos atrás, usaban los vigilantes para mirar el Vallès desde lo alto. La torre circular aparece entre encinas bajas y pinos jóvenes; la piedra, gastada por el viento, tiene ese tacto rugoso de las construcciones que han pasado demasiados inviernos a la intemperie. Desde arriba se entiende la lógica del lugar: una pequeña altura desde la que se controla el paso natural entre el Bages y el Vallès. Hoy, en lugar de caminos de tierra, se distinguen las carreteras que bajan hacia Barcelona y el mosaico de urbanizaciones escondidas entre el bosque.
Junto a la torre quedan restos del antiguo conjunto señorial que se reformó siglos después, cuando la fortaleza dejó de tener sentido militar. La familia Amat estuvo vinculada al lugar y de aquí procedía Manuel de Amat i Junyent, que en el siglo XVIII llegó a ser virrey del Perú. La fachada que se conserva es sobria, casi rural, pero el escudo de piedra sobre la puerta recuerda que esta casa tuvo más mundo del que aparenta.
El olor de la sierra y el metal de la herrería
Vacarisses huele a resina y a tierra caliente. En cuanto abandonas el núcleo, el sendero se convierte en una línea de terracota entre pinares donde en verano las cigarras no paran. La ruta de la Torrota ronda los cuatro kilómetros en circular. No es larga, pero basta para que el pueblo quede abajo como un montón de tejas rojizas y el campanario señalando el cielo, con el perfil dentado de Montserrat siempre al fondo.
El camino cruza la riera Seca —que la mayor parte del año hace honor a su nombre— y sube poco a poco hasta un collado donde el viento mueve las copas de los pinos. A ratos llega un olor metálico desde la zona industrial del municipio, algo inesperado en mitad de la sierra y que recuerda que Vacarisses no es solo segunda residencia ni excursión de domingo: aquí también hay talleres, naves y gente que entra a trabajar temprano.
En primavera el borde del sendero se llena de romero y de flores bajas que aguantan bien el sol. Es un buen momento para caminar por aquí: la temperatura todavía es suave y el bosque tiene ese verde reciente que dura poco. En otoño aparecen los boletaires con cesta y navaja buscando rovellons entre las agujas de pino.
Cuando el pueblo se hace suyo
A mediodía, la plaza se llena de vecinos. Los jubilados se sientan bajo el porche del ayuntamiento a jugar a las cartas y los niños atraviesan la plaza en bicicleta como si fuera un patio grande. El catalán que se oye aquí suena más de interior que el de la capital, con palabras que en la ciudad casi no se usan.
La iglesia de Sant Pere i Sant Feliu parece relativamente reciente, aunque el lugar de culto es mucho más antiguo. Dentro huele a cera y a madera. La luz entra por las ventanas altas y dibuja rectángulos claros sobre los bancos. No suele haber nadie vigilando ni explicando nada: entras, miras un momento y sales de nuevo a la plaza.
El pozo que cavaron los vecinos
En la parte alta del casco antiguo hay un pozo que muchos vecinos mencionan cuando hablan de la historia reciente del pueblo. Según cuentan, se excavó gracias al trabajo y al dinero de los propios habitantes cuando el suministro de agua todavía era precario. No tiene grandes carteles ni aspecto monumental: una reja de hierro, algo de óxido y la sensación de que fue una obra práctica, hecha porque hacía falta.
Si preguntas a alguien mayor, es fácil que te señale el lugar y te explique cómo el pueblo se organizaba para resolver problemas básicos mucho antes de que llegaran las infraestructuras actuales.
Cómo llegar y cuándo ir con calma
Vacarisses queda a unos 35 minutos de Barcelona en coche, en el extremo norte del Vallès Occidental, ya muy cerca del Bages y de las primeras rampas de Montserrat. La carretera sube con curvas suaves entre pinos y alguna masía dispersa.
También llega el tren de la línea Barcelona–Manresa de FGC, con varias paradas en el término municipal. Desde las estaciones hay que caminar un poco o moverse en coche para alcanzar el núcleo antiguo.
Agosto cambia bastante el ambiente: muchas casas de urbanización se llenan y el silencio de entre semana desaparece. Si prefieres ver el pueblo tranquilo, funciona mejor una mañana de diario o un domingo de otoño, cuando el bosque está húmedo y el aire baja de Montserrat con ese olor limpio de piedra y pino.
Si vas a hacer la vuelta hasta la Torrota, lleva agua. El recorrido tiene poca sombra en algunos tramos y no hay fuentes seguras por el camino. Cuando regreses al pueblo, siéntate un rato en la plaza. A última hora de la tarde la luz baja por la ladera y las tejas se vuelven anaranjadas mientras las campanas vuelven a sonar, igual que al empezar el día.