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sobre Aiguafreda
Puerta de entrada al Parque Natural del Montseny conocida por sus rutas de senderismo y entorno boscoso
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A las ocho de la mañana, en Aiguafreda, el sol entra de lado por la ventana de un bar y se posa sobre una taza de café con leche. Afuera, la plaza todavía está medio dormida. Un vecino riega los geranios con una manguera y el agua golpea la tierra con un sonido seco que se oye en todo el rincón. El nombre del pueblo —agua fría— no engaña: el aire de octubre corta un poco y huele a madera quemada de las primeras estufas.
Desde la terraza se ve el campanario de Santa María, recto y puntiagudo como un lápiz contra el cielo. No es especialmente alto, pero domina el valle. El núcleo actual creció aquí en el siglo XIX, cuando muchas casas se fueron desplazando desde el asentamiento más antiguo, algo más arriba. La razón era simple: la carretera de Ribes y, más tarde, el tren que hoy conecta con Barcelona siguiendo el valle del Congost.
El valle donde el tiempo se dobla
Bajar por el carrer Major es atravesar varias épocas en apenas unos minutos. Casas de piedra del XVIII, alguna fachada modernista y chalets levantados en los años sesenta que rompen la línea del conjunto. En una de las esquinas más antiguas, la piedra alrededor del picaporte está pulida por el roce de generaciones enteras. La puerta conserva el arco de medio punto original, aunque ahora el interior tiene otro uso, muy distinto al de hace cien años.
El río Congost marca el borde natural del pueblo. Si te acercas temprano, sobre todo en otoño o invierno, la niebla suele quedarse atrapada entre los árboles de la ribera y parece que el valle respire despacio. El agua baja fría del Montseny y aquí se ensancha un poco. En verano, algunos se meten en los pozos que se forman entre las rocas. Basta meter los pies para entender de dónde viene el nombre del lugar.
Cuando los caminos hablan
Aiguafreda funciona como un cruce natural de senderos entre el Montseny y la Plana de Vic. Por aquí pasan los GR‑2 y GR‑5, y no es raro ver caminantes revisando mapas en las mesas de la plaza antes de seguir ruta.
Una caminata sencilla desde el pueblo sube hacia El Brull. Son unas horas de sendero entre alcornoques, campos que hace décadas se cultivaban y pequeñas lomas desde las que se abre el paisaje del Vallès. En primavera aparecen orquídeas silvestres en los márgenes del camino, discretas, casi escondidas entre la hierba.
Conviene llevar agua y algo de comida. Entre Aiguafreda y El Brull hay largos tramos sin servicios ni sombra continua. Cuando sopla el viento, lo único que se oye es el roce de las encinas y, con suerte, el paso rápido de alguna rapaz sobre los campos.
Bajo tierra y entre piedras
La iglesia de Sant Martí guarda una pequeña cripta bajo el suelo. Es un espacio de piedra, rectangular y bastante bajo, que suele oler a humedad y a incienso antiguo. La sensación al bajar es inmediata: la temperatura cae varios grados y el ruido del exterior desaparece.
No siempre está abierta. A veces se puede visitar si coincide que la iglesia está abierta o hay alguien del pueblo cerca que tenga la llave.
En la sierra cercana hay también una pequeña ruta megalítica. Tres dólmenes aparecen dispersos entre encinas y matorral bajo, señalizados con carteles ya algo castigados por el tiempo. El sendero no siempre está claro y en algunos tramos la vegetación se lo come. Aun así, cuando te plantas delante de una de esas losas enormes apoyadas sobre otras, cuesta no pensar en la cantidad de amaneceres que han pasado por ahí desde que alguien levantó esas piedras.
Noviembre y el fuego
Alrededor de Sant Martí, a mediados de noviembre, el pueblo celebra sus fiestas. Son días en los que la plaza se llena más de lo habitual y la gente se queda charlando en la calle aunque el frío ya apriete.
Por la noche suelen encenderse hogueras y el olor a leña quemada se queda flotando entre las casas. No es una celebración pensada para atraer multitudes; más bien es el tipo de fiesta que mantiene el ritmo del pueblo tal como lo conocen sus vecinos.
Si vienes en esas fechas, trae ropa de abrigo. Las noches en el Vallès Oriental pueden bajar rápido de temperatura cuando cae el sol.
Lo que conviene saber antes de venir
Los fines de semana de otoño, sobre todo en plena temporada de setas, el acceso al Montseny se llena de coches. Aiguafreda nota ese movimiento y aparcar cerca del centro puede volverse complicado.
Si prefieres caminar con calma, enero o febrero suelen ser meses tranquilos. El aire es más frío, pero los días claros dejan un cielo muy limpio sobre el valle.
Para llenar la cantimplora, muchos vecinos siguen usando una fuente al final de una de las calles que se acerca a la montaña, donde termina el asfalto. El agua sale fría incluso en verano y tiene un ligero sabor mineral. Después de una caminata, se agradece más de lo que parece.