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sobre Caldes de Montbui
Villa termal histórica famosa desde época romana por sus aguas calientes
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Hay pueblos donde el agua está para mirarla. Y luego está Caldes de Montbui, donde el agua manda. Te das cuenta nada más llegar al centro: alguien mete la mano en una fuente, la saca de golpe y se ríe como cuando tocas una sartén sin pensar. El agua sale realmente caliente, más de lo que uno espera de una fuente en mitad de una plaza.
No es un truco para turistas. Lleva pasando siglos.
El pueblo que nació alrededor del agua caliente
Caminar por Caldes es un poco como andar por un spa que se desparramó por el casco antiguo. El agua termal aparece donde menos lo esperas: en fuentes, antiguos lavaderos o pequeños grifos públicos. A ratos incluso se nota en el olor del aire.
La Font del Lleó es el punto donde todo el mundo acaba parando. Un grifo de bronce con forma de león del que sale agua muy caliente. Siempre hay alguien con una garrafa llenándola como si fuera una estación de servicio doméstica. Otros hacen la prueba clásica: poner la mano unos segundos. Normalmente dura poco.
A pocos metros están las termas romanas. Aquí es donde entiendes que el pueblo no creció alrededor de la plaza ni de la iglesia, sino alrededor del agua. Los restos conservados dejan ver cómo funcionaban los baños y cómo ya en época romana la gente venía aquí a lo mismo que ahora: calentarse un rato y relajarse.
Entras pensando que vas a ver cuatro piedras antiguas y sales con esa sensación rara de haber estado en un sitio donde la rutina lleva funcionando dos mil años.
El puente de piedra que sigue aguantando
Uno de los rincones más tranquilos de Caldes es el puente medieval sobre la riera. No es enorme ni espectacular, pero tiene esa solidez que da la piedra cuando lleva siglos haciendo el mismo trabajo.
Los coches pasan despacio y el arco sigue ahí, como si nada. A veces me recuerda a esas casas antiguas que en teoría deberían haberse caído hace tiempo, pero siguen en pie porque alguien las construyó con paciencia y muchas manos.
Si subes por las calles que salen del puente acabas llegando a la Torre de la Presó. Fue torre defensiva y también cárcel durante bastante tiempo. Hoy es básicamente una torre de piedra desde la que se ve bien el casco antiguo. Las calles se enrollan alrededor del centro y el pueblo queda bastante claro desde arriba: compacto, con pocas rectas y muchas cuestas cortas.
El museo que explica por qué aquí siempre hay agua caliente
El Museo Thermalia ocupa una casa histórica del centro y ayuda a entender todo lo demás. Gran parte del contenido gira alrededor del termalismo y de cómo el agua ha marcado la vida del pueblo durante siglos.
También hay espacio para el escultor Manolo Hugué, que vivió aquí una temporada y tuvo relación con artistas de su época. El museo mezcla piezas de arte con historia local, algo que a veces suena raro pero aquí encaja porque todo gira alrededor del mismo hilo: el agua caliente y la gente que vino atraída por ella.
El patio interior es uno de esos sitios donde apetece quedarse un rato sentado. No pasa nada especial, simplemente se está bien.
Cómo recorrer Caldes sin complicarse
Caldes de Montbui no es grande. El casco antiguo se recorre en poco tiempo y casi todo queda cerca.
Lo habitual es dejar el coche en las zonas de aparcamiento alrededor del centro y entrar caminando. En pocos minutos llegas a la Font del Lleó, que suele ser la primera parada natural. Desde ahí se llega enseguida a las termas romanas y al pequeño entramado de calles que rodea la plaza.
Después merece la pena cruzar el puente medieval y subir hacia la torre. No lleva mucho tiempo y cambia un poco la perspectiva del pueblo. Cuando aprieta el calor —que aquí se nota más de lo que uno espera— el museo es un buen lugar para parar un rato.
En un par de horas puedes hacer este recorrido sin prisa.
Cuando el pueblo se llena de fuego y agua
Hay una celebración bastante conocida en Caldes relacionada con el agua termal. Se hace en otoño y mezcla fuego, música y chorros de agua que caen desde balcones y estructuras montadas en la plaza.
La escena es curiosa: demonios corriendo con antorchas, gente con paraguas abiertos y vapor saliendo cuando el agua caliente toca el suelo frío de la noche. Parece un caos, pero todo tiene su coreografía.
Si no te coinciden las fiestas, el pueblo suele ir a otro ritmo. Algunos fines de semana hay mercadillos en el centro y el ambiente cambia bastante. Mesas en la calle, gente mirando objetos antiguos y vecinos charlando como si aquello fuera el salón de casa.
Y quizá esa sea la sensación que deja Caldes de Montbui. No es un sitio que necesite grandes planes. Basta con pasear un rato, tocar el agua —con cuidado— y ver cómo algo tan simple ha organizado la vida de un pueblo entero durante siglos.