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sobre Cànoves i Samalús
Municipio a los pies del Montseny famoso por el Castaño de Can Cuch
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás la última rotonda de la C‑17, en el que el Montseny aparece delante como quien abre una puerta de golpe. “Ah, pues mira, aquí estoy”. El turismo en Cànoves i Samalús empieza un poco así: sin grandes anuncios, simplemente porque el paisaje se te planta delante y te obliga a bajar el ritmo. El pueblo se agarra a la falda sur del macizo como el hermano pequeño que no quiere soltarse de la chaqueta del adulto.
El pueblo que nadie busca (y todos encuentran)
La primera vez que vine fue por error. Literal. Había quedado con un amigo en “un pueblo cerca de Granollers” y el GPS me mandó aquí. Me bajé del coche, miré a mi alrededor y pensé: “Esto es como Santpedor, pero sin la parte de Indiana Jones”.
No es una comparación muy científica, pero sirve: calles que suben más de lo que parece desde el coche, casas de piedra mezcladas con otras más recientes y ese silencio que en Barcelona te costaría un alquiler entero.
Luego empiezas a rascar un poco y ves que este pueblo tiene más capas de las que aparenta. Arriba, en el monte del Castell, hay restos de un poblado ibérico que suele fecharse hacia el primer milenio antes de Cristo. O sea, que mucho antes de que existiera la C‑17 ya había gente subiendo y bajando estas cuestas con su vida diaria a cuestas.
Cuando el carbonero era el influencer del pueblo
Si hablas con gente de aquí, tarde o temprano sale el tema de la carbonera. No es algo permanente: de vez en cuando el pueblo recupera la tradición y monta una como se hacía antes.
La idea es sencilla y a la vez muy de otro tiempo: un montón enorme de leña bien colocada, cubierta con tierra, que se mantiene ardiendo muy lentamente durante semanas. Hay que vigilarla cada día, abrir y cerrar respiraderos, controlar que el fuego no se desmadre. Al final sale carbón vegetal del de toda la vida.
Cuando la han hecho en los últimos años, el ambiente en el pueblo cambia bastante. Se acerca gente de los alrededores, hay curiosos, familias, gente mayor explicando cómo se hacía antes. No es una recreación de museo; más bien parece un trabajo antiguo que, durante unas semanas, vuelve a ponerse en marcha.
El castillo que es más remake que original
El Castillo de Cànoves lo ves desde la carretera y tiene pinta de escenario medieval. La historia real es bastante más reciente.
El edificio actual se levantó en el siglo XX utilizando piedras de construcciones anteriores de la zona. Así que sí, tiene aire de castillo antiguo, pero en realidad es más bien una reinterpretación de aquella época.
Aun así, subir hasta esa zona tiene su gracia. El camino se mete entre bosque y, cuando se abre el paisaje, el Montseny aparece muy cerca. En días claros se alcanza a ver buena parte del Vallès y, dependiendo de la luz, incluso se intuye la línea del mar al fondo.
Es de esos sitios donde te quedas un rato apoyado en la barandilla pensando que Barcelona está relativamente cerca… y al mismo tiempo parece otro mundo.
Donde los caracoles no vienen con marketing
Si hay algo bastante arraigado por aquí son los caragols a la llauna. No es una cosa exclusiva del pueblo, claro —en media Catalunya se comen—, pero en esta zona siguen teniendo mucho de costumbre de monte.
Cuando es temporada, es normal que en los bares del entorno aparezcan en las mesas. Y muchos de los que se comen no vienen de una caja del supermercado: hay gente que sigue saliendo temprano al monte a recogerlos, igual que quien va a buscar setas.
De hecho, caminar por los caminos de alrededor en otoño o primavera tiene ese punto curioso: te cruzas con gente con cesta mirando al suelo con una concentración que ya quisiera cualquier corredor de bolsa.
Mi consejo de amigo
¿Compensa acercarse a Cànoves i Samalús? Depende bastante de lo que esperes.
Si buscas un pueblo lleno de tiendas, terrazas y ambiente continuo, este no va por ahí. Es más bien uno de esos sitios donde la vida pasa despacio y donde muchas cosas siguen girando alrededor del monte.
Ahora bien, si te apetece una escapada corta desde Barcelona o desde el Vallès, funciona bien. Aparcas en el centro, das una vuelta por el casco antiguo, subes hacia la zona del castillo o te metes en alguno de los caminos que tiran hacia el Montseny. En un par de horas ya te has hecho una idea bastante clara del lugar.
Y si te animas a caminar por el monte, lleva buen calzado. Las cuestas aquí parecen suaves cuando empiezas… hasta que llega el momento de bajar y tus rodillas empiezan a negociar contigo.