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sobre Granollers
Capital comercial del Vallès Oriental famosa por su mercado y la Porxada renacentista
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Hay ciudades que parecen tener complejo de pueblo grande y pueblos que se creen ciudad. Granollers es ese amigo que se presenta como “del Vallès” cuando está en Barcelona, pero luego te cuenta que su mercado lleva siglos funcionando y se nota que le sale del alma.
La primera vez que vi La Porxada pensé que era un parking medieval. Y no iba tan desencaminado: 24 metros de largo, columnas toscanas y un tejado que ha cobijado mercado desde el siglo XVI. Es como si alguien hubiera construido un centro comercial en 1586 y aún siguiera en uso. Los jueves por la mañana, con cientos de puestos alrededor, parece una ciudad dentro de la ciudad. Llega gente de medio Vallès, todos con su bolsa de red y esa costumbre de mirar las frutas como si fueran a comprar un coche.
Entre bombas y butifarras
Lo que más me impactó fue el campanario de Sant Esteve. Te lo encuentras en medio de la rambla y parece que alguien ha jugado al Tetris con la historia: es prácticamente lo único que quedó en pie tras los bombardeos de 1938. Los edificios de alrededor desaparecieron, pero la torre sigue ahí, como ese compañero de piso que nunca limpia pero tampoco se marcha.
Subí un día que estaba abierto (suele poder visitarse en algunos horarios, pero conviene preguntarlo antes) y desde arriba se entiende bastante bien cómo se reconstruyó la ciudad después de la guerra: edificios más funcionales que bonitos, calles que vuelven a coger ritmo poco a poco. Como cuando pegas algo roto con celo y, aunque queda un poco torcido, sigue funcionando.
El refugio antiaéreo es otro de esos lugares que te cambian el tono del paseo. El túnel no es largo y, según cuentan en las visitas guiadas, llegó a llenarse con cientos de personas durante los ataques. Ahora te explican cómo la gente esperaba allí abajo mientras caían las bombas. Hay historias de vecinos jugando a las cartas o intentando distraer a los niños. Sales con esa sensación rara de haber visto algo pequeño pero muy serio.
El sabor de lo que no se vende
La comida de Granollers no es de foto bonita. Es de mojar pan.
La coca de llardons, por ejemplo, parece un error de cocina: hojaldre con trozos de panceta crujiente por encima. Como si alguien hubiera mezclado una merienda dulce con lo que quedaba en la sartén. Pero funciona. La probé en la plaza y un señor mayor me contó que en su casa se hacía siempre por carnaval. Ese tipo de conversación que empieza como anécdota y acaba siendo media tradición local.
La butifarra de pagès con mongetes es otra cosa muy seria. Plato simple, contundente y sin florituras. Lo que te cocinaría una abuela catalana un domingo si quisiera que repitieras. Nada de decoración: judía blanca, butifarra bien hecha y una salsa que parece más fea de lo que sabe.
También está el pa de pessic granollerense, un bizcocho de almendra bastante conocido por aquí. Se hace desde hace mucho tiempo —principios del siglo XX, según suele contarse— y todavía se ve envuelto en papel de estraza, como si acabara de salir de otra época.
Cuando el domingo sabe a siglo XI
El Mercat de Sant Carles aparece cada año en los domingos previos a Navidad. La plaza se llena de puestos con oficios antiguos, cestas, herramientas, cosas que probablemente no necesitas pero que acabas comprando porque te recuerdan a algo de casa de tus abuelos.
Yo me traje un cesto de mimbre que ahora guarda bolsas de plástico en la cocina. Mi abuela habría aprobado la jugada.
La Festa Major de agosto también mueve bastante a la ciudad. Hay gigantes, música en la calle y esa sensación de celebración de toda la vida. Lo curioso es que muchos de los que llevan los gigantes o participan en los grupos son hijos o nietos de quienes lo hacían antes. Cambian las caras, pero la estructura sigue igual.
La ruta que no te cuentan
Un sábado me escapé a hacer la ruta del Pedró, que baja desde la sierra hacia el río Congost. Unos 12 kilómetros que, sobre el papel, parecen fáciles porque gran parte es descenso. Hasta que recuerdas que luego toca volver.
Me crucé con un grupo de gente de Granollers que iba con sus abuelos. Los mayores caminaban más rápido que yo. Uno me dijo, medio riéndose, que vienen casi cada domingo “porque aquí no hay playa y algo habrá que hacer”.
La antigua fábrica de Roca Umbert también merece una vuelta. Durante décadas fue un complejo textil enorme y ahora funciona como espacio cultural. Naves industriales reconvertidas, estudios de música, talleres, grafitis. Hay una mezcla curiosa entre memoria obrera y ambiente creativo más reciente. Como si la ciudad estuviera probando qué hacer con su propio pasado.
El problema de Granollers
El problema de Granollers es que no vende humo. No tiene mar, ni montaña épica, ni casas colgadas para las fotos.
Tiene un mercado que sigue funcionando como mercado, un campanario que sobrevivió a una guerra y barrios donde la vida diaria pesa más que el decorado.
¿Compensa? Depende de lo que busques. Si quieres el típico pueblo catalán de postal, seguramente pasarás de largo en el tren. Pero si te interesa ver cómo funciona una ciudad del Vallès que todavía mantiene ritmo de pueblo en algunas cosas, acércate un jueves por la mañana.
Pasea por La Porxada cuando el mercado está en pleno ruido, sube al campanario si coincide que está abierto y da una vuelta larga por la rambla. En unas horas te haces una idea bastante clara.
Granollers no te entra por los ojos a la primera. Es más bien como ese amigo del grupo que parece normal al principio… y luego resulta que tiene las mejores historias.