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sobre La Garriga
Villa termal y modernista conocida por sus casas señoriales y alfombras de flores
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La primera vez que oí hablar de turismo en La Garriga pensé lo típico: un pueblo más del Vallès, parada rápida y listo. Como ese compañero de oficina que parece discreto hasta que un día descubres que toca el piano en un grupo de jazz. Pues algo así. Llegas con expectativas moderadas y, cuando empiezas a caminar por el Passeig, te das cuenta de que aquí pasó algo a principios del siglo XX. Y pasó a lo grande.
El Passeig, o cómo los ricos del 1900 se gastaron la pasta en paredes
Imagínate la avenida principal de tu ciudad. Ahora quítale las franquicias, añade villas modernistas con fachadas llenas de cerámica, balcones de hierro que parecen hechos con paciencia infinita y jardines que asoman por detrás de las verjas. Eso es el Passeig de La Garriga.
A lo largo de algo más de dos kilómetros se alinean más de medio centenar de casas modernistas. Muchas las levantaron familias acomodadas de Barcelona que venían a pasar temporadas aquí para prendre les aigües, que básicamente era la versión de 1900 de irse a un balneario a “cuidarse”.
Hay casas muy llamativas —Can Draper suele llamar bastante la atención—, pero lo curioso es el conjunto. Vas andando y cada pocos metros aparece otra fachada con detalles diferentes: mosaicos, tribunas acristaladas, torrecitas… No es un museo cerrado ni una calle decorada para la foto. Es un barrio donde la gente vive, aparca el coche y saca al perro.
Aguas termales y un refugio bajo tierra
Lo de las aguas termales no es una historia inventada para atraer visitantes. La zona ya se utilizaba desde época romana y, con el tiempo, acabó llenándose de balnearios y casas de veraneo ligadas a esa tradición. Por el pueblo todavía se ven algunas fuentes termales. No son monumentales ni nada parecido; más bien parecen grifos antiguos. Y sí, el olor a azufre está ahí. Ese típico aroma a huevo cocido que te recuerda que el agua viene de muy abajo.
Luego está el refugio antiaéreo de la Guerra Civil, que cambia bastante el tono de la visita. La Garriga sufrió bombardeos y se excavó un refugio que hoy puede recorrerse en visitas organizadas. Los pasillos son bajos, de hormigón, y avanzas encorvado imaginando a decenas de personas esperando allí abajo mientras caían las bombas. Es de esos lugares que te hacen bajar el volumen de la conversación sin que nadie lo pida.
Mongetes, coca y una historia curiosa en la iglesia
Comer en esta parte del Vallès suele significar dos palabras: butifarra y mongetes del ganxet. Las mongetes parecen unas alubias más hasta que las pruebas: piel fina, textura cremosa y un sabor bastante más delicado de lo que uno espera de un plato tan sencillo.
También es fácil encontrarse con coca de recapte, esa masa plana con escalivada y embutido que, si la miras rápido, podría recordar a una pizza rural. No lo es, claro, pero funciona igual de bien cuando tienes hambre.
En la iglesia de Sant Esteve hay además un detalle curioso: un reloj de sol que, según se cuenta, se pintó usando sangre de toro mezclada con pigmentos. No sé cuánto hay de historia documentada y cuánto de tradición local, pero el reloj está ahí y la anécdota sigue circulando por el pueblo.
Cuando el pueblo sale a la calle
Si coincides con Corpus Christi, verás una de esas tradiciones que aún se mantienen bastante vivas en muchos pueblos catalanes: alfombras de flores hechas en la calle. Vecinos agachados durante horas colocando pétalos y serrín teñido como si estuvieran montando un mosaico gigante. Al día siguiente desaparecen con el paso de la procesión, así que todo tiene algo de arte efímero.
También suele celebrarse la Fira de la Garriga, ligada al producto local y al embutido. Más que un gran evento turístico, tiene el ambiente de feria comarcal: puestos de comida, gente del pueblo paseando y bastante movimiento en las calles.
Cómo llegar y cuánto tiempo dedicarle
Desde Barcelona se llega fácil en tren de la línea R3, que te deja prácticamente en el centro. En coche, la C‑17 conecta el Vallès con bastante rapidez, aunque en horas punta puede cargarse un poco.
¿Tiempo de visita? Con medio día largo ya te haces una buena idea. Paseo tranquilo por las casas modernistas, algo de comer con calma y, si encaja con el horario de visitas, bajar al refugio.
La Garriga no es de esos sitios que te dejan con la boca abierta a los cinco minutos. Más bien funciona como esas recomendaciones que te hace un amigo: vas sin esperar gran cosa y vuelves pensando “oye, pues ha estado muy bien el plan”. A veces con eso basta.