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sobre La Roca del Vallès
Conocida por el centro comercial La Roca Village y su castillo
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Te juro que no es coña: el parking del outlet de La Roca Village suele estar más lleno que el centro del pueblo. Y eso que el centro tiene castillo, iglesia muy antigua y hasta un poblat ibèric que parece sacado de un libro de historia. Pero claro, aquí mucha gente viene a por las zapatillas rebajadas, no a mirar piedras de hace miles de años.
Entre dólmenes y tiendas de marca
La Roca del Vallès es como ese compañero de piso que tiene dos personalidades: de lunes a viernes se levanta temprano, se toma su café y se va a ver yacimientos megalíticos que tienen más años que la tostada. Pero llega el fin de semana y todo gira alrededor de las compras. El caso es que ambas facetas conviven sin demasiado drama.
Si te vas por la Ruta Prehistórica de Céllecs (el PR‑C36, para los que hablamos en código de senderista), encontrarás la galería cubierta de Can Gol. Es como una cueva, pero más ordenada: piedras enormes colocadas hace unos cuatro mil años, cuando aquí nadie pensaba en carreteras ni centros comerciales. Luego están los dólmenes de Céllecs y Can Planes, y la Pedra Foradada, una roca agujereada que parece que alguien le pegó un bocado a la montaña.
El poblat ibèric del Turó de Céllecs es otro rollo: doble muralla, restos de torres y unas vistas que hacen que te olvides de que el móvil apenas tiene cobertura. Lo curioso es que está a poca distancia del outlet, así que puedes pasar de escaparates a protohistoria en menos tiempo del que tarda tu abuela en echarse la siesta.
El castillo que vigila el pueblo
El Castell de la Roca aparece citado en documentos medievales desde hace casi mil años. Ha pasado por varias familias nobles y, como suele ocurrir con estas fortalezas, fue cambiando de manos según soplaba el viento de la historia.
A mediados del siglo XX lo restauró un propietario particular que era pintor y bastante conocido en Barcelona. Desde entonces la silueta del castillo vuelve a dominar el pueblo, sobre una colina desde la que se ve bien todo el valle del Mogent. Hay quien habla de historias de fantasmas, aunque lo que realmente impresiona hoy es lo que cuesta comprar casa por la zona.
La parroquia de Sant Sadurní también tiene muchos siglos encima. El origen suele situarse en torno al siglo X, aunque lo que se ve ahora mezcla reformas posteriores. Dentro conserva un retablo antiguo que llama bastante la atención, de esos que te hacen acercarte para mirar los detalles aunque no seas muy de iglesias.
Cuando el shopping se come el pueblo
El gran cambio llegó a finales de los años noventa, cuando abrió el famoso complejo de tiendas junto a la autopista. Desde entonces La Roca del Vallès aparece en mapas que antes ni la mencionaban.
Los fines de semana hay más matrículas de fuera que del propio Vallès. Mucha gente llega, compra, vuelve al coche y se marcha sin pisar el casco antiguo. Es curioso porque el centro queda a pocos minutos.
Además el contraste es muy evidente: el recinto comercial está rodeado todavía de campos de cereal y parcelas agrícolas. Puedes salir de una tienda y, a pocos metros, ver tractores trabajando la tierra. Ese choque entre lo rural y lo comercial es muy de aquí.
Lo que no te cuentan en los folletos
Por el término municipal hay varias cruces de piedra repartidas por caminos y cruces de carretera. Según la tradición, algunas recuerdan episodios relacionados con el bandolero Perot Rocaguinarda, un personaje bastante famoso en la Cataluña del siglo XVII. Parte historia, parte leyenda, como suele pasar con los bandoleros.
Si bajas hacia el río Mogent encontrarás senderos tranquilos. Nada de grandes miradores ni pasarelas de madera recién puestas. Son caminos de ribera, de los que usan los vecinos para caminar o salir en bici. A ratos cuesta creer que a pocos kilómetros esté uno de los lugares de compras más visitados de la zona.
Mi consejo: si quieres ver el pueblo con calma, acércate entre semana. Los fines de semana el tráfico alrededor del outlet puede ser bastante pesado y aparcar cerca del centro se complica. Un martes por la mañana, en cambio, puedes subir hacia el castillo, pasar por la iglesia y dar una vuelta sin prisa.
Luego te sientas un rato en la plaza y miras alrededor: gente con bolsas recién compradas caminando hacia el coche, vecinos mayores comentando la cosecha o el tiempo. Esa mezcla resume bastante bien La Roca del Vallès.
Un pueblo que convive con dos ritmos distintos: el de siempre y el que llegó con las rebajas. Y, para ser sinceros, ya se han acostumbrado bastante el uno al otro.