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sobre Santa Eulàlia de Ronçana
Municipio residencial disperso en el valle del Tenes
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El olor a tomillo se queda en la boca cuando subes por alguno de los caminos que salen hacia Corró d’Amunt. A primera hora la tierra todavía guarda humedad y el sol aparece despacio por detrás de las lomas. Desde esos altos —el término ronda los doscientos y pico metros— el Vallès se abre entero: tejados dispersos entre campos, hilos de riera que cortan los cultivos y, al fondo, el perfil del Montseny que algunos días se ve azul y otros casi gris.
Santa Eulàlia de Ronçana no funciona como esos pueblos que concentran todo en una plaza. Aquí las casas aparecen separadas, a veces a varios minutos andando unas de otras. El origen es antiguo y disperso: en documentos del siglo XVI ya se mencionan unas pocas decenas de fuegos, masías repartidas por el valle. Muchas siguen ahí, con muros de piedra gruesa y teja curva oscurecida por los años. Otras se han reformado, aunque todavía conservan portales amplios donde antes entraban carros.
A finales del siglo XIX llegaron pequeñas fábricas textiles aprovechando el agua de las rieras. Hoy algunas de esas construcciones se han reconvertido o simplemente han quedado integradas en el paisaje. Si te acercas despacio se reconocen todavía las chimeneas de ladrillo o los arcos de antiguos lavaderos cubiertos de hiedra.
Las rieras que atraviesan el valle
Caminar por Santa Eulàlia de Ronçana es, muchas veces, seguir el sonido del agua. El término está atravesado por varias rieras que bajan desde las zonas más altas del Vallès Oriental y acaban alimentando cursos mayores. En primavera, después de varios días de lluvia, el murmullo se oye desde bastante lejos.
A lo largo de esos cursos aparecen pequeños pozos y remansos bajo alcornoques y pinos. En verano, cuando el calor aprieta, todavía hay quien se acerca a refrescarse los pies, aunque el caudal cambia mucho según el año.
Hay también varios senderos sencillos que siguen estas rieras y conectan antiguas fuentes. Son paseos tranquilos, sin grandes desniveles. A primera hora de la mañana la luz entra muy baja entre los árboles y el musgo se vuelve casi fosforescente en las piedras húmedas. Si vienes en pleno agosto conviene empezar temprano: al mediodía el sol cae directo en los tramos más abiertos del camino.
Las fiestas que aún se viven en la calle
Las celebraciones locales siguen teniendo bastante peso en el calendario del pueblo. La fiesta mayor de invierno, dedicada a Santa Eulàlia, suele llenar la plaza de la iglesia con sillas plegables y familias que se conocen desde hace generaciones. Las sardanas suenan despacio y siempre hay niños correteando alrededor mientras los mayores comentan la semana.
También es habitual ver grupos vinculados al fuego —diablos, tabalers— que participan en correfocs o bailes tradicionales. Muchas de estas comparsas se recuperaron hace unas décadas gracias a gente del propio pueblo que quiso volver a poner en marcha tradiciones que se habían perdido.
En primavera suele celebrarse algún encuentro ligado a las hierbas y a los productos del campo, una costumbre bastante extendida en la zona del Vallès. Ese día los caminos cercanos se llenan de gente recogiendo romero, tomillo o hinojo.
Otoño entre pinares
Cuando llega octubre el paisaje cambia rápido. Los pinares que rodean las masías empiezan a oler a tierra húmeda y aparecen buscadores de setas caminando despacio, con la mirada pegada al suelo. Como en muchas zonas rurales, conviene recordar que buena parte de esos terrenos tienen propietario y lo normal es pedir permiso antes de entrar.
En algunas colinas cercanas se han documentado restos antiguos de ocupación humana. No siempre están excavados ni señalizados, pero desde esos altos la vista es amplia: campos del Vallès, urbanizaciones dispersas y, si el día está muy claro, incluso una franja lejana que apunta hacia el mar.
Cerca de una de las rieras hay un rincón al que los vecinos llaman desde hace tiempo el Racó de les Bruixes. Una pequeña placa recuerda procesos por brujería ocurridos en el siglo XVII en esta zona del Vallès. Más allá de la explicación histórica, todavía hay quien deja velas o ramitas de romero entre las piedras. Es uno de esos lugares donde la memoria popular sigue funcionando a su manera.
Llegar despacio
Santa Eulàlia de Ronçana no tiene estación de tren. La mayoría de visitantes llega en coche desde otras localidades del Vallès. Aparcar suele ser sencillo en las calles más apartadas del centro, aunque durante algunas fiestas el movimiento aumenta bastante.
Si vienes en invierno, mejor llevar calzado que aguante barro: después de varios días de lluvia las rieras crecen y algunos caminos quedan húmedos. En verano ocurre lo contrario. El calor aprieta pronto y a media mañana los tramos sin sombra se notan.
El alojamiento en el municipio es discreto: casas de pagès, alguna pensión familiar y bares de toda la vida donde el café se sirve en taza de loza. Son lugares donde la conversación suele ir más lenta que en la ciudad.
Al salir del pueblo, cuando la carretera vuelve a cruzar campos y pequeñas hileras de árboles, el olor a tomillo aparece otra vez si llevas la ventanilla abierta. Es una de esas cosas pequeñas que se quedan en la memoria sin hacer ruido.