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sobre Vilanova del Vallès
Municipio joven segregado de la Roca con entorno agrícola
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Vilanova del Vallès es como ese compañero de trabajo que lleva años en la empresa pero nadie sabe muy bien qué hace. Mucha gente de Barcelona te mirará con cara de circunstancias si le preguntas por él. Y eso que está a poco más de media hora en coche.
La primera vez que fui, me pasé el pueblo de largo. Literalmente. Vas por la C-60, ves un cartel que pone "Vilanova del Vallès", bajas por una rotonda y te plantas en lo que parece la zona comercial de las afueras de cualquier ciudad. Porque sí, justo ahí está el núcleo. No te esperes un casco antiguo con callejuelas empedradas: esto es plano, moderno y con aceras anchas. Como si alguien hubiera dicho "vamos a hacer un pueblo desde cero" y se lo hubieran tomado bastante al pie de la letra.
Pero claro, luego está la otra cara.
Cuando el Mogent marcaba el paso
El río Mogent es como esa tía que organiza toda la familia: divide el término por la mitad y durante mucho tiempo marcó el ritmo del lugar. Hoy parece un río más bien discreto, pero tradicionalmente fue el que permitió cultivar en toda la vega.
La gente del lugar lo resume rápido: antes esto era campo. Y no es una forma de hablar. Durante buena parte del siglo XX el paisaje era básicamente agrícola, con masías dispersas y caminos de tierra.
El truco está en entender que Vilanova es como un libro con dos portadas. La que ves al llegar —urbanizaciones, casas relativamente nuevas, gente que vive aquí pero trabaja en Barcelona o en el Vallès— y la que aparece cuando te acercas a la sierra de Céllecs. Ahí es cuando el sitio empieza a tener otra conversación contigo.
Megálitos escondidos en la sierra de Céllecs
La sierra de Céllecs es como el trastero de la abuela: lleno de cosas antiguas que nadie diría que están ahí arriba. Hay varios restos megalíticos repartidos por el bosque: dólmenes, cuevas con pinturas rupestres y piedras que llevan miles de años en el mismo sitio.
El dolmen de Can Gol o las pinturas de la Roca de les Orenetes son los ejemplos más conocidos. No es un parque arqueológico al uso ni nada parecido. Están integrados en el paisaje, entre pinos y senderos de tierra.
Y eso tiene su gracia. No hay colas ni sensación de atracción turística. Aparcas cerca de la zona de Can Casablanques, sigues alguno de los caminos que suben hacia la sierra y poco a poco van apareciendo estos restos prehistóricos. La señalización existe, pero sin exagerar. Lo suficiente para orientarte y lo justo para que el paseo siga teniendo algo de exploración.
El municipio que fue y dejó de ser
Hay otro detalle curioso en la historia local: Vilanova del Vallès ha tenido que pelear su condición de municipio más de una vez.
Durante la Guerra Civil llegó a tener ayuntamiento propio, pero después volvió a depender administrativamente de los pueblos vecinos. Décadas más tarde recuperó la independencia municipal. Es una de esas historias administrativas que parecen pequeñas, pero que aquí se recuerdan bastante porque marcaron la identidad del lugar.
Mi consejo de amigo
¿Tiene sentido parar en Vilanova del Vallès? Depende mucho de lo que tengas en la cabeza.
Si vienes buscando ese pueblo de postal con plaza medieval y casas de piedra, aquí no lo vas a encontrar. El núcleo es bastante funcional y moderno.
Ahora bien: si lo que quieres es una excusa para ponerte las zapatillas y caminar por una sierra tranquila, entonces cambia la cosa. Céllecs tiene senderos fáciles, bosque mediterráneo y bastante silencio para estar tan cerca de Barcelona.
Lo que suelo recomendar a amigos es sencillo: venir por la mañana, aparcar cerca de Can Casablanques y subir a caminar un rato por la sierra. Después bajas al pueblo, das una vuelta por la plaza y poco más. En media jornada te haces una buena idea del sitio.
La primavera suele ser cuando más se disfruta. Los caminos están verdes, el calor todavía no aprieta y el bosque tiene ese olor a pino y tierra húmeda que dura poco en cuanto llega el verano.
Si lo que buscas es el típico “pueblo antiguo catalán”, quizá te convenga mirar en otra dirección. Vilanova del Vallès es más bien ese primo que se fue a vivir a la ciudad y vuelve los fines de semana: ha cambiado bastante, pero sigue teniendo detrás un paisaje que explica de dónde viene.