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sobre Vila-rodona
Pueblo con un columbario romano único y tradición vinícola junto al río Gaià
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El columbario romano aparece entre las viñas como un error en el paisaje. Son las nueve de la mañana de octubre y la luz todavía no ha quemado la escarcha que cubre los sarmientos. Desde la carretera que llega desde Tarragona, la torre del campanario de Santa María se recorta contra el cielo limpio, muy alta y sorprendentemente delgada para un pueblo de poco más de mil vecinos.
Vila-rodona está en el Alt Camp, a pocos minutos del curso del río Gaià y rodeada de viñas que cambian de color según la estación. No es un lugar de grandes monumentos encadenados uno tras otro; aquí las cosas aparecen dispersas: una torre medieval, un campo de viñas, un edificio romano en mitad de un camino agrícola.
Los ladrillos que cuentan historias
El columbario es un cilindro de ladrillo rojizo, de apenas unos metros de altura, donde en época romana se guardaban urnas funerarias con cenizas. Lo especial no es solo la forma. Si te acercas verás las pequeñas arcuaciones que decoran la parte superior: arcos hechos con hileras muy precisas de ladrillos, colocados con una regularidad que todavía sorprende.
Me agacho y toco la superficie tostada. La piedra guarda el calor del día anterior. Dentro huele a tierra húmeda y a pino. No hay paneles llamativos ni grandes protecciones: aparece al lado de los campos, como si siempre hubiera estado ahí vigilando las vendimias.
A pocos pasos, las viñas bajan hacia el valle del Gaià en líneas muy ordenadas. En octubre las uvas ya están maduras y la piel se rompe con un pequeño chasquido si aprietas una entre los dedos. Un tractor pasa despacio levantando polvo del camino. El conductor levanta la mano a modo de saludo sin detenerse: en plena vendimia cada minuto cuenta.
Subir al campanario de Santa María
La plaza Mayor queda en penumbra a media tarde. Las casas tienen la altura justa para que el sol de invierno entre solo un rato al día. En una terraza, un hombre mayor apura un café mientras observa quién pasa. El camarero me dice, casi como un comentario al aire, que si quiero ver el pueblo desde arriba suba al campanario antes de que lo cierren.
La subida se hace por una escalera de piedra gastada por siglos de pasos. En el último tramo el hueco se estrecha y las paredes quedan muy cerca de los hombros. Arriba el viento golpea con fuerza.
Desde el balcón del campanario el Alt Camp se abre como un mosaico agrícola: viñas en parcelas rectangulares, manchas de olivos, alguna nave agrícola aislada. En días claros se distinguen los pueblos cercanos y, hacia el este, el perfil del monasterio de Santes Creus, ligado durante siglos a la historia de los reyes de la Corona de Aragón.
La Albereda y el río Gaià
La Albereda está a unos quince minutos andando desde el centro. Basta cruzar las últimas casas para que el paisaje cambie: un corredor verde de álamos y vegetación de ribera que sigue el curso del Gaià.
En noviembre el suelo se cubre de hojas amarillas que crujen bajo los pies. El sendero que sigue el río conecta con varios tramos del llamado Camí de les Terres del Gaià y permite caminar hacia Aiguamúrcia y la zona de Santes Creus. Es un paseo sencillo si el río baja tranquilo, aunque después de lluvias fuertes algunos tramos pueden estar húmedos o embarrados.
Un corredor pasa con auriculares y zapatillas de colores. Dice “bon dia” sin frenar. Los domingos por la tarde es cuando más gente del pueblo baja a caminar por aquí.
Un vecino con bastón me señala, fuera del sendero principal, el lugar donde está la Cova Gran. Es un abrigo con restos prehistóricos que no se ve desde el camino. “Hay que fijarse bien”, dice. No menciona que la entrada es baja y que la vegetación alrededor suele pinchar.
Olor a mosto en tiempo de vendimia
En otoño el aire de Vila-rodona cambia. Cuando el mosto empieza a fermentar en las bodegas, el olor dulce se cuela por algunas calles del pueblo.
En una pequeña quesería me hablan del tupí, un queso tradicional de cabra que se deja madurar en recipientes de barro con aguardiente y hierbas. Antes de ofrecerlo, lo acercan a la nariz y advierten: es intenso. Lo es. Pica ligeramente en la lengua y deja un sabor fuerte que recuerda a leche y monte seco.
En las instalaciones donde se elaboran los vinos del pueblo, los depósitos metálicos reflejan la luz que entra por las ventanas altas. Durante la vendimia suele haber bastante movimiento de tractores y remolques, sobre todo por la mañana.
Cuando me marcho, el sol cae detrás del campanario y las viñas se vuelven de un violeta oscuro que casi parece pintado. El aire huele a mosto y a hojas secas quemándose en alguna finca cercana.
En la gasolinera de la salida, el dependiente me pregunta si he visto el columbario. Le digo que sí.
“Es raro, ¿verdad?”
Asiento. En Vila-rodona, que algo resulte raro ya es suficiente motivo para hablar de ello con cierto orgullo.
Cuándo ir: mediados de octubre suele coincidir con el final de la vendimia y el pueblo tiene movimiento en los campos. Entre semana se ve mejor el ritmo real del lugar.
Qué evitar: julio y agosto pueden ser muy calurosos en esta parte del Alt Camp. Muchas horas del día se hacen pesadas para caminar y el campo está en su momento más seco.