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sobre Vilafranca del Penedès
Capital del vino y los castellers con un rico patrimonio gótico
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Las campanas de Santa María marcan las doce cuando el sol cae de lleno sobre la plaza de la Vila. El mármol de la fuente devuelve la luz como un espejo y el olor a xató —esa salsa espesa de ñora, almendra y avellana— se cuela desde una cocina cercana. Así suelen empezar muchas mañanas de turismo en Vilafranca del Penedès: con gente apoyada en las mesas altas, copas de cava que tintinean y una gota que cae al suelo y deja, durante un segundo, un olor leve a uva y a cal antes de desaparecer.
Vilafranca tiene algo de ciudad pequeña que nunca ha dejado del todo el campo. Basta cruzar la Rambla de Sant Francesc a media tarde y mirar hacia las afueras: las hileras de viña aparecen enseguida, ordenadas como cuadernos abiertos. Desde el mirador de les Ferreres —uno de los puntos de la ruta Miravinya— el mosaico del Penedès se estira hasta que, en los días claros, la silueta de Montserrat asoma en el horizonte con esa forma irregular que parece recortada con tijeras.
El vino que se bebe en las piedras
El VINSEUM ocupa el antiguo Palacio Real desde mediados del siglo XX, aunque el edificio arrastra historia mucho más atrás. En la planta baja queda una losa de piedra donde antiguamente descansaban las tinajas. Si te quedas un momento en silencio se percibe algo familiar: el olor fresco de las bodegas, mezcla de madera, humedad y vino joven.
Dentro se guardan miles de piezas relacionadas con la cultura del vino. Hay herramientas, botellas antiguas, etiquetas, copas que parecen sacadas de otra época. Más allá de los datos, lo que se nota es el ritmo pausado del lugar: pasos que resuenan en el suelo de piedra, salas donde la luz entra filtrada y ese silencio de museo que aquí se parece bastante al de un celler.
Para probar cava con algo de calma conviene salir un poco de la ciudad. La carretera que conecta Vilafranca con Sant Sadurní atraviesa viñas durante kilómetros. Si te desvías por los caminos secundarios suelen aparecer bodegas pequeñas, de las que todavía huelen a levadura y madera húmeda. A media tarde, cuando los grupos organizados ya se han marchado, el ambiente suele ser mucho más tranquilo.
Cuando la plaza se pone de puntillas
A finales de agosto la ciudad cambia de pulso. La Festa Major de Sant Fèlix llena la plaça de la Vila de camisetas verdes y pañuelos. Los Castellers de Vilafranca levantan torres humanas que crecen piso a piso mientras la plaza guarda silencio.
Primero se oye la gralla, luego el tamborino. La pinya se aprieta y la estructura empieza a subir. Cuando el castillo alcanza su altura máxima, aparece el enxaneta —a veces un crío de siete u ocho años— que corona la torre y levanta la mano. Dura unos segundos, pero en la plaza parece que nadie respira.
Si quieres verlo con cierta perspectiva, conviene llegar pronto. Hacia las siete de la tarde la sombra empieza a caer junto a la Casa de la Vila y todavía queda sitio para colocarse sin empujones.
El sabor de los domingos
El xató aparece sobre todo en invierno, cuando la escarola aguanta bien la salsa y el aire frío abre el apetito. Cada casa tiene su manera de prepararlo: más vinagre, más ajo, más fruto seco. En muchas mesas el ritual se parece: el mortero en el centro, el bacalao desmigado esperando y una botella de cava abierta mientras alguien termina de ligar la salsa.
En el Penedès existe una ruta gastronómica dedicada a este plato que suele celebrarse a finales de invierno y recorre varios pueblos de la zona. Si te acercas esos días conviene compartir raciones; al tercer plato el cuerpo empieza a pedir tregua.
Para llevar algo dulce, en las confiterías del centro es fácil encontrar catànies: almendras garrapiñadas cubiertas de chocolate con leche. Crujen primero y luego se deshacen rápido. Mejor no guardarlas mucho rato en el coche si hace calor.
Cuándo ir y qué evitar
En marzo y abril los almendros florecen en muchos caminos del Alt Penedès. Entre Sant Martí Sarroca y Santa Fe del Penedès, por ejemplo, aparecen campos blancos que parecen pequeñas nubes pegadas al suelo.
Septiembre huele a vendimia. Los tractores circulan despacio por las carreteras comarcales y en algunos tramos conviene tomárselo con paciencia: forman parte del paisaje de esos días.
En julio suele celebrarse el festival ViJazz, que atrae bastante gente al centro. Y en agosto, sobre todo entre semana, el calor aprieta. Si te quedas a dormir, merece la pena salir temprano: antes de las ocho la plaza todavía está medio vacía y el olor a pan recién hecho sale de las panaderías cercanas mientras el día empieza a moverse.