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sobre Agost
Localidad famosa por su tradición alfarera y cerámica; situada a los pies de la sierra del Maigmó
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El humo sale por la chimenea de un horno y durante unos segundos el pueblo parece respirar. A media mañana el aire huele a madera quemada y a arcilla húmeda. Desde la ventana de un taller se recorta la silueta del Maigmó, quieta al fondo, mientras dentro alguien da forma a un botijo con las manos cubiertas de barro rojizo. En Agost, la alfarería no es un recuerdo de escaparate: sigue marcando el ritmo de muchas calles.
El barro que suda
La arcilla de aquí es gruesa y porosa, y por eso los botijos «transpiran». El agua se filtra lentamente a través del barro y al evaporarse enfría el interior. Un sistema sencillo que se usa desde hace mucho.
Todavía quedan talleres donde se trabaja como siempre: el barro se amasa, se cuela para quitar impurezas y después pasa al torno. A veces el olor del horno —mezcla de humo y tierra mojada— se cuela por las calles cercanas. Paseando por el pueblo es fácil encontrar varios de estos obradores; algunos dejan ver el proceso desde la puerta. No hace falta correr: todo está a poca distancia y el recorrido se hace caminando en un rato.
El sabor de la huerta y del monte
A mediodía el olor cambia. En muchas cocinas aparece el pimentón caliente en aceite y el tomate seco. La olla de la plana, un guiso de verduras de la huerta cercana, sigue siendo un plato muy ligado a las casas del pueblo. También es habitual el cocido con pelotas, esas bolas de carne especiada que aquí se hacen generosas.
Cuando llega la primavera, en los alrededores del Maigmó aún hay quien sale a buscar tagarninas. Son hierbas silvestres, algo amargas, que suelen acabar en el puchero con garbanzos. Y si pasas por una panadería temprano, el olor del pan de horno de leña se nota desde media calle: corteza oscura, miga húmeda y densa.
La sierra que lo mira todo
Por la tarde la luz baja desde la sierra del Ventós y las fachadas claras se vuelven amarillas durante un rato. Desde el cerro donde se levanta la ermita se entiende bien la posición de Agost: a un lado el relieve seco de las sierras y, al otro, la apertura del valle hacia Alicante.
La subida ronda los cuarenta minutos caminando desde el centro. El sendero es de tierra suelta y tiene poca sombra, así que conviene evitar las horas centrales del día en verano. Arriba hay restos arqueológicos que indican que este lugar estuvo ocupado hace muchos siglos. Entre romero y tomillo, con el viento moviendo las matas, la vista alcanza buena parte del Alacantí y, si el día está despejado, una franja azul del mar al fondo.
Cuándo ir y qué evitar
Marzo y abril suelen ser meses agradecidos para acercarse a Agost: los almendros de los alrededores florecen y el campo todavía conserva algo de verde. A finales de verano se celebra la feria dedicada a la cerámica, cuando el pueblo se llena más de lo habitual y varios talleres muestran su trabajo.
Si buscas tranquilidad, mejor evitar esos días o algunos fines de semana muy concurridos. Y en pleno julio o agosto conviene madrugar para caminar por los alrededores: el calor aquí cae seco y fuerte desde media mañana.
Al bajar del cerro puedes acercarte a la Font de l’Abeurador. Es una fuente antigua junto a un lavadero de piedra donde, hasta no hace tanto, se aclaraba la ropa del pueblo. Ahora casi siempre hay silencio: algún gorrión, el agua cayendo despacio y ese olor leve a piedra húmeda que se mezcla con el del barro de los talleres cercanos. Si te quedas un minuto quieto, el sonido del agua parece ocupar toda la plaza.