Artículo completo
sobre Alicante
Capital provincial luminosa y dinámica; destaca por su castillo frente al mar y su animada vida urbana
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las ocho de la mañana, junto a la Explanada, el sol ya empieza a calentar las losas claras del paseo. Los barrenderos pasan con agua y jabón y dejan en el aire un olor mezclado de salitre y café recién hecho que sale de los bares cercanos. Algún pescador vuelve despacio hacia el puerto deportivo con las cajas húmedas y las gaviotas rondando. El turismo en Alicante empieza muchas veces así, con la ciudad todavía medio dormida y el Mediterráneo quieto como una lámina de metal.
La ciudad que sube
Desde el puerto, el casco antiguo trepa hacia el Castillo de Santa Bárbara con calles que se enroscan unas sobre otras. Hay farolas de hierro, paredes encaladas que conservan algo del fresco de la noche y macetas colgadas donde el geranio aguanta incluso en agosto.
En el barrio de Santa Cruz las escaleras son estrechas y empinadas, y en muchos portales huele a jazmín cuando cae la tarde. Durante las Cruces de Mayo el barrio cambia: los vecinos montan altares con flores y telas, se oye música y las puertas se quedan abiertas más tiempo de lo habitual. El resto del año todo vuelve a su ritmo lento, con gatos durmiendo en los escalones y alguna vecina regando a media mañana.
Subir al castillo a pie es una de las formas más claras de entender la ciudad. El camino que sale desde la zona del Parque de la Ereta serpentea bajo pinos carrascos que sueltan ese olor resinoso tan típico de la costa alicantina cuando aprieta el calor. En cada curva aparece un trozo más de bahía: primero la playa del Postiguet, luego el Cabo de las Huertas y, si el día está limpio, la silueta baja de Tabarca en el horizonte. La subida puede llevar media hora si se hace sin prisa y con alguna parada para mirar atrás.
A primera hora de la mañana la piedra del castillo todavía está fría y se camina con calma por las murallas.
El mar que entra por la boca
El Mercado Central sigue siendo uno de los sitios donde mejor se entiende cómo come la ciudad. El edificio, de principios del siglo XX, mezcla hierro, azulejo y cristal, y dentro el olor cambia según el pasillo: pescado, cítricos, aceitunas partidas, pan reciente.
Las pescaderas todavía anuncian el género a voces. Muchas veces oirás “peix de llotja”, pescado que ha pasado por la subasta del puerto esa misma madrugada. En los puestos de salazones aparece el esgarraet: bacalao desmigado con pimiento rojo asado y aceite de oliva. Es de esos platos que se comen con pan y con las manos.
Los arroces aquí tienen su propio carácter. En muchas cocinas se preparan en cazuela de barro, con caldo oscuro de pescado de roca y ñora. A veces llevan marisco, otras solo pescado y patata. Lo normal es que la cazuela llegue a la mesa todavía burbujeando y con ese olor profundo que mezcla mar y humo de sofrito.
La isla que queda frente a la costa
A unas once millas del puerto aparece Tabarca, una línea de piedra baja rodeada de agua clara. El barco tarda alrededor de una hora y, cuando el mar está tranquilo, el viaje se hace mirando cómo la ciudad se va encogiendo detrás.
En la isla no circulan coches. Dentro de las murallas hay calles rectas, casas de fachadas claras y puertas pintadas de azul o verde. Fuera del pequeño núcleo urbano empiezan las rocas y las calas donde el agua suele ser muy transparente; cuando el sol cae vertical se distinguen los peces moviéndose entre las piedras.
El plato más conocido de la isla es el caldero o arroz tabarquino, preparado con pescado de roca y ñora. Cada casa lo hace con sus matices, pero el resultado suele ser un caldo potente que huele a mar desde la primera cucharada.
Si puedes, quédate hasta última hora de la tarde. Cuando el último barco regresa, el silencio vuelve de golpe y el viento empieza a oírse entre las murallas.
Cuándo ir y cuándo apartarse un poco
Junio es el mes de las Hogueras de San Juan. Durante varios días la ciudad se llena de monumentos de cartón y madera que arderán la noche del 24. Hay música, pólvora, petardos a cualquier hora y calles cortadas. A mucha gente le gusta vivirlo desde dentro; si prefieres caminar sin ruido, esos días conviene buscar los barrios más alejados del centro.
Octubre suele traer todavía días de playa. El agua del Postiguet guarda el calor del verano y a mediodía aún se ve gente saliendo del mar con la toalla al hombro.
Enero cambia el tono. Entran días de viento de levante, la luz es más dura y el paseo marítimo queda casi vacío por la mañana. Entonces se ve otra Alicante: vecinos paseando al perro, jubilados leyendo el periódico en los bancos y conversaciones largas en las mesas al sol.
Un detalle curioso: en la escalinata del Ayuntamiento está el llamado “Cota Cero”, el punto desde el que tradicionalmente se han medido las altitudes en España. Es solo un peldaño más, gastado por los pasos, pero muchos se paran un segundo antes de seguir camino hacia el castillo o hacia el mar. En Alicante casi todo termina llevando a uno de esos dos sitios.