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sobre Albalat de la Ribera
Población junto al río Júcar rodeada de campos de arroz y cítricos típica de la Ribera
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El meandro del Xúquer obliga al río a darse casi la vuelta sobre sí mismo, y en ese giro se apoya Albalat de la Ribera desde la Edad Media. Los campos de naranjos llegan prácticamente hasta las casas y, hacia el este, los arrozales se extienden en una llanura muy baja que acaba conectando con el entorno de la Albufera. La forma del territorio explica bastante bien el pueblo: una población agrícola asentada en el borde de una vega fértil y atravesada durante siglos por caminos de paso entre Valencia y el sur del reino.
La calzada que se quedó
El nombre árabe —al-balat, la calzada— suele interpretarse como referencia a una vía de comunicación importante. Albalat controlaba un punto de paso entre la huerta de Valencia y el área de Xàtiva, y esa función explica en parte su origen. El núcleo antiguo se arrima al pequeño cerro de la Torreta, donde se han documentado restos de ocupación antigua —probablemente ibérica y después romana—. Desde esa elevación se dominaba el vado del río y la entrada a la vega.
Cuando Jaime I incorpora la zona al nuevo reino cristiano, a mediados del siglo XIII, la antigua alquería se reparte con un criterio que combina repoblación y control del territorio. Las concesiones señoriales de esos años incluían la obligación de poblar y defender el lugar. Los intercambios de propiedades que aparecen en la documentación medieval —castillos, tierras y derechos— indican que este punto del Xúquer seguía teniendo interés estratégico.
Tres piedras para entender el pueblo
La iglesia de San Pedro Apóstol, levantada en el siglo XVIII, responde a un modelo bastante habitual en parroquias valencianas de ese periodo: planta de cruz latina y cúpula sobre pechinas en el crucero. El exterior es sobrio, aunque el zócalo de azulejos valencianos que rodea parte del edificio cumple una función práctica —proteger los muros de la humedad— y a la vez habla de una economía agrícola que en ciertos momentos fue próspera gracias al arroz y, más tarde, al cultivo de la naranja.
El retablo mayor es ya tardío, de gusto neoclásico. Más interesante que la decoración es la organización del conjunto: la sacristía se abre directamente al presbiterio, una solución frecuente en parroquias donde la vida cotidiana del clero estaba muy ligada al propio edificio.
A pocos minutos del centro aparece la ermita de San Roque y San Sebastián. Es un edificio sencillo: tres tramos cuadrados cubiertos con bóveda valenciana y un presbiterio algo más elevado con bóveda de cañón. La construcción suele situarse hacia 1760, en un momento en que el culto a San Roque se refuerza en muchos pueblos tras episodios de epidemias. La ermita queda en el borde del casco urbano, en la transición entre las últimas casas y los campos.
La llamada Casa del Bou, de finales del siglo XVIII, es una de las viviendas tradicionales mejor conservadas. Sigue habitada, así que se observa desde la calle. En la fachada se reconocen rasgos típicos de la casa de labrador acomodado: almacén en la planta baja, vivienda principal encima y una galería superior abierta al patio. Parte de la estructura interior aún recuerda actividades que hoy han desaparecido, como la cría del gusano de seda.
El meandro que todo lo borda
Pasear por la vega ayuda a entender por qué el pueblo está donde está. El Xúquer describe aquí un meandro muy amplio que encierra tierras bajas y fértiles. Los arrozales empiezan a inundarse a finales de primavera y cambian por completo el paisaje durante el verano. Cuando el agua se retira, a comienzos del otoño, vuelven a concentrarse aves en los ullals, pequeños manantiales que brotan al pie del terreno más elevado.
La llamada Ruta dels Ullals no siempre aparece señalizada de forma clara, pero el camino que bordea el río permite acercarse a varios de estos puntos de agua. El terreno es húmedo y en algunos tramos se forman charcos, así que conviene llevar calzado que no importe manchar.
Cómo llegar y qué llevarse
Albalat de la Ribera no tiene estación de tren. La parada de cercanías más cercana está en Algemesí, en la línea que conecta Valencia con Xàtiva. Desde allí suele haber conexión por carretera hasta el pueblo.
En coche se llega fácilmente por la CV‑564, que une Sueca con l'Alcúdia y atraviesa el municipio. Aparcar no suele plantear grandes problemas fuera de momentos muy concretos.
El centro conserva bares de los de toda la vida donde se sirven menús sencillos y arroces de la zona. En primavera y verano conviene llevar protección solar: los caminos entre arrozales tienen poca sombra y el reflejo del agua aumenta bastante la luz. Y, sobre todo, tiempo para caminar por la vega. El pueblo se recorre rápido, pero el paisaje que lo rodea pide ir despacio.