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sobre Alcalalí
Pueblo del Valle del Pop destacado por su torre medieval y el cultivo de almendros y viñedos
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Hay pueblos que parecen hechos para pasar un rato y seguir camino, como cuando paras en un bar de carretera a estirar las piernas y acabas quedándote más de lo previsto. El turismo en Alcalalí tiene un poco de eso. Llegas pensando que será una vuelta rápida por el casco urbano y, entre los almendros del valle y el silencio de las calles, te encuentras paseando sin mirar mucho el reloj.
Alcalalí está en la Marina Alta, en el valle del Pop, rodeado de bancales de olivares y almendros que dibujan el paisaje como si alguien hubiera ido ordenando la montaña con paciencia. Aquí viven algo más de mil cuatrocientas personas y el ambiente sigue teniendo bastante de pueblo agrícola: vecinos que se saludan por la calle, coches aparcados junto a parcelas de cultivo y ese ritmo tranquilo que aparece cuando el campo sigue marcando parte del calendario.
Además, queda bien situado para moverse por otros pueblos del valle sin hacer muchos kilómetros. Es de esos lugares que funcionan casi como base tranquila para explorar la zona.
Qué ver paseando por el casco urbano
La Iglesia de San Cosme y San Damián está en el centro del pueblo y, quieras o no, acabas pasando por allí. Es del siglo XVIII y el campanario sirve un poco como referencia cuando vas callejeando. No es un edificio monumental de los que impresionan a primera vista, pero encaja bien con el tamaño del pueblo y con ese ambiente bastante sencillo que tiene todo alrededor.
El casco urbano se recorre rápido. Calles estrechas, algunas con pendiente, fachadas encaladas que llevan décadas viendo el mismo sol y pequeñas plazas donde todavía se forman corrillos de conversación. No hay una lista larga de monumentos; aquí el plan es más bien caminar sin rumbo y mirar detalles: una puerta antigua, un balcón con macetas, el sonido de las campanas a lo lejos.
Si te gusta entender cómo funcionan los pueblos pequeños, Alcalalí se deja leer bastante bien en una vuelta de una hora.
El paisaje del valle del Pop
Gran parte de lo interesante está en los alrededores. El valle del Pop tiene ese paisaje agrícola típico de la Marina Alta: bancales de piedra seca, almendros y olivos que cambian bastante según la época del año.
Cuando florecen los almendros —normalmente entre enero y febrero— el valle se llena de tonos blancos y rosados. No es un espectáculo organizado ni nada parecido; simplemente ocurre, y los caminos rurales empiezan a llenarse de gente con cámara o móvil.
También hay varias fuentes y manantiales repartidos por la zona. Algunos se encuentran caminando por pistas agrícolas, recordando que aquí el agua siempre ha sido clave para mantener los cultivos.
Caminar por los caminos del valle
Una de las cosas que mejor encajan con Alcalalí es salir a andar. Desde el pueblo parten caminos rurales que conectan con otras localidades del valle o rodean los campos cercanos.
No esperes rutas de alta montaña ni grandes desniveles. Son más bien caminos tranquilos, de los que haces en media mañana mientras vas viendo parcelas cultivadas, muros de piedra y alguna caseta agrícola.
Eso sí, en verano el sol pega fuerte. Si vas a caminar en esa época, madrugar bastante suele ser la mejor decisión.
Fiestas y vida del pueblo
Las fiestas principales giran en torno a San Cosme y San Damián, los patrones del municipio, y suelen celebrarse a finales de septiembre. Durante esos días el pueblo cambia bastante: procesiones, actos populares y comidas compartidas que ocupan calles y plazas.
En marzo también se nota la influencia de las Fallas valencianas. No es el ambiente de una gran ciudad, claro, pero sí aparecen petardos, reuniones en la calle y ese ruido festivo que en la Comunidad Valenciana llega casi sin pedir permiso cuando se acerca la primavera.
La Semana Santa se vive de forma más recogida, con procesiones que atraviesan el casco urbano por la noche y vecinos acompañando en silencio.
Cuándo venir a Alcalalí
Si te planteas conocer el pueblo con calma, primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables. Las temperaturas permiten caminar por el valle sin agobios y el paisaje cambia bastante con las estaciones.
En primavera, el campo está más vivo y el valle se llena de color. En otoño, después de los meses duros de calor, vuelve ese ambiente tranquilo que invita a pasear sin prisa por caminos y calles.
Alcalalí no es un sitio para pasar una semana entera viendo monumentos. Pero para una mañana tranquila, una caminata por el valle y un rato entendiendo cómo funciona un pueblo pequeño de la Marina Alta, encaja bastante bien. A veces eso es justo lo que apetece.