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sobre Ares del Maestrat
Espectacular pueblo encaramado en una muela rocosa a gran altitud; ofrece vistas panorámicas impresionantes y un casco urbano medieval coronado por las ruinas de su castillo
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A las ocho de la mañana, el viento ya empuja por las calles estrechas. La piedra de las fachadas todavía está fría. Desde abajo, el pueblo parece una extensión más de la muela rocosa, un amontonamiento de tejados y paredes que trepa por la ladera. No se oye casi nada: solo ese aire constante y, a lo lejos, el motor de un tractor arrancando en algún bancal.
Ares del Maestrat tiene poco más de ciento ochenta habitantes. Esa cifra se siente en la calma de sus cuestas empinadas, que a menudo terminan de golpe, abriéndose a un barranco.
El castillo en lo alto
La silueta del castillo corona la peña. No es un edificio, es la roca misma trabajada. Durante siglos fue un punto clave en las líneas defensivas del Maestrazgo. Ahora son ruinas que marcan el perfil del pueblo.
La luz cambia la textura de la piedra. Al atardecer, cuando el sol está bajo, los muros se vuelven casi dorados y proyectan sombras largas sobre las primeras casas. Desde allí arriba se ve la lógica del lugar: un promontorio aislado, rodeado de cortados y pinadas.
La subida final es pronunciada. Si ha llovido, la roca caliza puede estar resbaladiza.
El trazado de las calles
El centro mantiene la estructura antigua. Calles angostas que siguen la curva de la ladera, portales con dinteles gastados, balcones de hierro forjado. En algunas esquinas quedan marcas en la piedra, signos que ya casi nadie sabe leer.
Entre las calles surgen plazoletas minúsculas. En verano, cuando el calor baja, es común ver sillas en alguna puerta. La conversación entonces es lenta, pausada.
Las fiestas de la Virgen de la Natividad son en septiembre. Es cuando regresa gente con raíces aquí y el ritmo del pueblo se acelera durante unos días.
El paisaje alrededor
Al salir del casco urbano el terreno se abre de inmediato. Aparecen los bancales de piedra seca, muchos ya invadidos por el matorral. Son la huella de un cultivo que antes era más intenso.
Es un paisaje áspero: lomas calizas, barrancos profundos, cortados verticales. Predominan el pino carrasco y la encina, con manchas de romero y tomillo que en los días de calor huelen a monte bajo.
Sobre los cortados suelen planear buitres y otras rapaces. En las zonas más quietas se mueve la cabra montés, aunque rara vez se deja ver cerca de los caminos.
Los caminos antiguos
De Ares parten senderos que durante siglos lo unieron con Culla o Benassal. Algunos tramos conservan el empedrado original y los márgenes de piedra.
Hay rutas breves que dan la vuelta a la muela, ofreciendo perspectivas distintas del pueblo. Otras se adentran hacia masías solitarias o pequeñas covachas en la roca.
Para caminar, las primeras horas o el final de la tarde funcionan mejor. En pleno verano, el sol del mediodía es intenso y hay largos tramos sin sombra.
La cocina del territorio
La comida aquí tiene sentido: es contundente, hecha para jornadas de campo y para el frío invernal.
Se basan en guisos de cordero o cabra, embutidos curados localmente y sopas de pan duro. También hay platos que dependen de la temporada: setas tras las lluvias otoñales, o algo de caza menor cuando es época.
Cómo llegar
La carretera serpentea entre pinares hasta ganar altura. Los últimos kilómetros revelan los barrancos que ciñen el pueblo.
Hay que conducir con atención. La vía es estrecha en algunos puntos y es frecuente cruzarse con ciclistas o, a veces, con rebaños.
La primavera y el inicio del otoño son probablemente los mejores momentos para andar por aquí. En julio y agosto el calor aprieta de verdad al mediodía. En invierno, la niebla puede instalarse en la muela durante días, dejando el pueblo suspendido en un blanco grisáceo.