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sobre Culla
Uno de los pueblos más bonitos de España con un casco medieval impecable; situado en lo alto de una muela con vistas impresionantes y mucha historia templaria
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El primer café de la mañana sabe a leña quemada y el aire corta. Desde la ventana de la fonda se ve la loma: un amasijo de tejados a dos aguas y paredes de piedra que se agarran al cerro. Culla, en el Alt Maestrat, está a mil cien metros y su latido es el de un pueblo que mira hacia dentro, donde el invierno llega pronto y se queda.
Las calles del núcleo antiguo son pasillos entre muros. El ruido del coche se apaga al entrar y solo queda el sonido de los propios pasos sobre el empedrado, un eco seco que rebota en las fachadas con portadas macizas y balcones de hierro negro. No hay plan urbanístico aquí; el pueblo sube y baja siguiendo la cresta de la roca, con recovecos que aparecen de repente.
Piedra sobre piedra
El conjunto está declarado Bien de Interés Cultural. No es un título decorativo: se ve en los escudos heráldicos desdibujados por la lluvia en algunas puertas, en los lienzos de muralla que asoman entre dos casas, en el grosor de los muros. La historia no es algo que se visite, es el material del que está hecho el lugar.
La iglesia del Salvador corona el pueblo. Su torre cuadrada es el punto de referencia cuando te acercas por cualquiera de las carreteras comarcales. Dentro, la pila bautismal románica parece fuera de lugar entre retablos barrocos, un recordatorio de las capas de tiempo superpuestas.
Los restos del castillo están más arriba. Quedan algunos muros y la huella del recinto. Lo que importa es la vista: desde allí se entiende la estrategia. Se domina un paisaje áspero de bancales abandonados, barrancos profundos y lomas cubiertas de carrasca, un mar gris verdoso que llega hasta el horizonte.
El paisaje fuera del recinto
Basta cruzar la última casa para que todo cambie. La roca caliza aflora entre matas bajas de romero y aliaga. Es un terreno duro, labrado durante siglos en terrazas de piedra seca que ahora se van desmoronando. El silencio es casi físico; lo rompen a veces las chovas o, en temporada, el motor lejano de una cosechadora.
Hay caminos que salen del pueblo hacia antiguos molinos o fuentes ya secas. Son senderos rurales, no rutas señalizadas para turismo masivo. El firme puede ser pedregoso o desaparecer bajo las jaras, así que conviene llevar botas y saber dónde se pisa. En verano, mejor evitar las horas centrales; no hay sombra.
Cocina para aguantar el frío
La comida aquí tiene peso. En los meses fríos se cocina cordero o cabrito durante horas, en ollas que humean sobre el fuego lento. Los embutidos curados —longaniza, butifarra— son habituales en las despensas.
La trufa negra es parte del ciclo agrícola local. Se recolecta en invierno y su aroma terroso aparece entonces en platos sencillos: revueltos, arroces o simplemente sobre una rebanada de pan tostado con aceite. No es un lujo exótico; es un producto más del monte.
El ritmo del año
En agosto celebran a San Roque. Hay procesión, música en la plaza y cenas comunitarias en las calles angostas. Hacia septiembre suele hacerse una feria de la trufa y productos de la zona, con puestos que ocupan la plaza mayor unas horas.
Fuera de esas fechas, la vida es otra. Un martes de noviembre puedes pasear por las cuestas sin cruzarte con nadie, solo con el viento silbando en los callejones.
Cómo llegar y moverse
La carretera CV-165 sube desde Torre d’En Besora serpenteando entre almendros y pinares. Desde Castellón son algo más de una hora, un trayecto con curvas cerradas y algún tramo estrecho donde dos coches se rozan al cruzarse.
Dentro del pueblo, olvídate del coche. Las calles son empinadas y muchas tienen el pavimento original de losa pulida por siglos de pisadas. Si ha helado o llueve, resbalan. La luz más interesante —esa que alarga las sombras y saca los tonos ocres de la piedra— llega al amanecer o justo antes del anochecer, cuando el sol está bajo.