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sobre Biar
Villa histórica coronada por un imponente castillo almohade; rodeada de bosques de pino
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Biar es como ese compañero de trabajo que no sabías que existía hasta que te lo encuentras en el ascensor cada mañana. Un pueblo de algo más de 3.600 vecinos en lo alto del Vinalopó que, sin hacer demasiado ruido, últimamente aparece bastante cuando la gente busca sitios tranquilos por la provincia de Alicante. Y no es porque haya descubierto ningún truco raro del turismo rural. La explicación es más simple: tiene un castillo medieval bien conservado y un ritmo de pueblo que sigue siendo de pueblo, sin necesidad de ponerle etiquetas modernas.
El castillo que sigue mandando en el paisaje
Llegas al Castillo de Biar después de subir unas calles que parecen diseñadas para poner a prueba tu freno de mano. Y ahí está, plantado en la roca como quien se resiste a irse.
No es enorme ni espectacular en plan fortaleza de película, pero tiene algo muy convincente: parece que sigue donde siempre estuvo, sin demasiada escenografía alrededor. Dentro está la famosa bóveda almohade de la torre del homenaje, que suele mencionarse como una de las más antiguas conservadas en España. Cuando entras entiendes por qué la enseñan tanto: es de esas piezas que sobreviven siglos casi sin hacer ruido.
Desde arriba se ve todo el valle del Vinalopó extendiéndose como los mapas de cartón que usábamos en el colegio. No hay pasarelas raras ni inventos modernos. Piedra, viento y bastante silencio. También ayuda saber que Jaime I tomó esta fortaleza en el siglo XIII durante la expansión hacia el sur. Es el típico dato histórico que te guardas para soltar luego en una comida.
Las fiestas que siguen siendo del pueblo
Los moros y cristianos aquí se celebran en mayo, cuando el calor todavía da tregua. En esta zona hay muchos, pero en Biar la gente suele hablar del Baile de los Espías.
La escena es curiosa: personajes vestidos de espías moros que, según la tradición, intentan recuperar el castillo. Hoy se recuerda con música y baile. Explicado así suena un poco raro, pero cuando lo ves en la calle encaja con naturalidad. Es parte de la fiesta y punto.
Lo que más me llamó la atención es que no da la sensación de estar montado para que lo grabes con el móvil. La gente participa porque lo ha visto toda la vida en casa. Y eso, en tiempos donde muchas fiestas parecen pensadas para redes sociales, se agradece.
En esas mismas fechas también es conocida la Bajada de la Virgen desde su santuario en la sierra, acompañada de hogueras que se ven desde lejos por la noche. Si te coincide, es de esos momentos que te hacen entender la relación entre el pueblo y el monte que lo rodea.
La comida que entiende el invierno
La olla de la plana suena a plato humilde: alubias blancas, cardos, nabos y algo de carne para darle fondo. Pero funciona. Es de esos guisos que parecen diseñados para los días fríos de interior, cuando el viento baja de la sierra.
El gazpacho viudo —llamado así porque no lleva algunos de los ingredientes que aparecen en otras versiones— entra dentro de esa misma lógica de cocina de casa. Aquí suele acompañarse con carne de caza o con preparaciones sencillas que van cambiando según la temporada.
También me hablaron de guisos con tagarninas, que en la zona identifican con verduras silvestres que se recogen por el campo. Son nombres que a los de fuera nos suenan raros, pero en los pueblos del interior forman parte del recetario de toda la vida.
Y luego están los rollets de Nadal. Rollitos dulces bastante finos que se preparan en Navidad y que aparecen en muchas casas cuando llegan las fiestas. Compré un paquete para llevar a casa “porque es tradición”, según me dijeron. Mi hermana los probó y ahora cada vez que paso por la zona me recuerda que no vuelva sin ellos.
Un paseo fácil hasta el santuario
Un día pregunté en el ayuntamiento por una ruta corta, sin demasiado desnivel. Me miraron con cierta sorpresa —aquí la gente suele caminar más que yo— y me señalaron el sendero PR‑V 55 hacia el santuario.
Son unos cinco kilómetros que se hacen bastante bien si vas sin prisa. El camino sale del pueblo y poco a poco te mete en la sierra que rodea Biar.
Junto al santuario hay un plátano oriental enorme que los vecinos mencionan con orgullo. Las cifras sobre su tamaño cambian según quién te lo cuente, pero cuando lo ves entiendes el comentario: el tronco es tan ancho que parece más propio de un parque urbano que de un santuario de montaña.
No muy lejos también está el Pozo de la Nieve, uno de los antiguos neveros de la zona. Básicamente es un gran depósito excavado donde se almacenaba nieve prensada para conservar hielo durante meses. Cuesta imaginar que antes de los frigoríficos todo un pueblo dependiera de algo así.
El momento de irse
Biar no intenta ser otra cosa. No hay playa, ni grandes atracciones, ni una lista interminable de cosas que tachar en un día. Es un pueblo de interior donde el castillo sigue marcando el perfil del horizonte y donde todavía ves a la gente pararse a hablar en la calle.
Si llegas esperando un decorado perfecto para fotos rápidas, quizá te sepa a poco. Pero si te apetece pasar unas horas caminando por calles con pendiente, subir al castillo y entender cómo funcionan los pueblos del interior de Alicante, entonces encaja.
Yo lo resumiría así: Biar es ese tipo de sitio que recomiendas cuando alguien te dice “oye, ¿algún pueblo tranquilo por esta zona?”. Y normalmente con eso ya basta.