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sobre Villena
Histórica ciudad encrucijada de caminos; famosa por su imponente castillo y el tesoro de oro de la Edad del Bronce
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A las nueve de la mañana, el turismo en Villena empieza con olor a pan recién hecho y a vino de la noche anterior. Las persianas de las casas bajas se levantan despacio, como si la ciudad tardara en desperezarse. En la plaza Mayor, los primeros cafés sirven el desayuno en mesas de mármol desgastado mientras el sol todavía no ha calentado el suelo de piedra.
Desde aquí, el Castillo de la Atalaya domina el casco antiguo como un vigilante antiguo. Subir cuesta arriba por las calles empedradas es seguir el olor a leña que sale de algunas chimeneas en invierno. Las paredes del castillo, gruesas y rojizas, guardan silencio. Dentro, las bóvedas de origen almohade dibujan sombras geométricas sobre la piedra. A primera hora suele haber poca gente: solo el viento que entra por las troneras y, a veces, el eco de unos pasos que se pierden en los pasadizos.
El oro que duerme bajo tierra
En el Museo Arqueológico, el Tesoro de Villena ocupa una sala pequeña, casi recogida. Son decenas de piezas de oro, plata y ámbar que alguien escondió hace unos tres mil años y que aparecieron en los años sesenta del siglo pasado en las afueras de la ciudad. Al verlas, uno se queda un rato en silencio, mirando cómo la luz tenue se refleja en las superficies pulidas.
Fuera, la ciudad sigue su ritmo. Los mayores suelen sentarse en los bancos de la Plaza de Santiago, bajo el porche de la iglesia. La fachada gótica parece madera tallada desde lejos, pero es piedra clara. Dentro, las columnas helicoidales suben como si estuvieran en movimiento. La pila bautismal, atribuida a Jacobo Florentino, mantiene el tacto frío incluso en verano.
El sabor de la frontera
Villena siempre ha estado en una zona de paso entre territorios históricos de Castilla y Aragón, y esa mezcla también se nota en la mesa. El gazpacho villenense no tiene nada que ver con el andaluz: aquí es un guiso caliente de pan ácimo troceado con caldo, ajo, pimentón y huevo. En invierno aparece mucho en las casas. Se come despacio y llena la cocina de vapor.
En septiembre llegan las fiestas de Moros y Cristianos. Durante esos días el centro cambia de ritmo: música de banda, pólvora y trajes que pesan lo suyo. Las comparsas desfilan durante horas y las calles se llenan de gente mirando desde las aceras o desde los balcones. Si quieres verlo con algo de perspectiva, subir hacia la zona del castillo ayuda a escapar un poco del gentío.
Cuando el vino se hace paisaje
Al salir del casco urbano empiezan los campos de vid. En esta parte del Alto Vinalopó la viña forma parte del paisaje desde hace generaciones. Hay bodegas repartidas por el término municipal, algunas visibles desde la carretera y otras escondidas entre caminos agrícolas.
En muchos casos el ambiente es sencillo: naves bajas, olor a mosto en época de vendimia y conversaciones largas alrededor de una copa. El vino que se bebe aquí suele ser el mismo que se comparte entre vecinos, sin demasiada ceremonia.
Para caminar un poco, uno de los senderos señalizados de la zona sube hacia la ermita de San Cristóbal. El camino alterna tramos de pinar con laderas pedregosas. Desde arriba, en los días claros, Villena aparece entera: el castillo rojizo, los tejados anaranjados y la llanura del Vinalopó extendiéndose hacia el sur.
Conviene evitar las horas centrales en verano. El sol cae de lleno y apenas hay sombra fuera de los pinos.
Cuando cae la tarde en el centro
Villena no es un lugar de prisas. Al final del día mucha gente se acerca a la plaza de toros, una de las más antiguas de la Comunidad Valenciana. La piedra guarda bien el calor y al atardecer la sombra va cubriendo poco a poco el albero.
También merece la pena pasar por el Teatro Chapí cuando hay función. Las noches de espectáculo el ambiente cambia: gente arreglada, conversaciones en la puerta y ese murmullo previo que tienen los teatros antes de que se apaguen las luces.
En primavera, cerca de Semana Santa, la procesión de la Borriquilla sale desde Santiago entre palmas y olor a romero. Y en verano suele celebrarse la feria, con verbenas y música hasta tarde en distintas zonas de la ciudad.
Quien busque un Villena más tranquilo lo notará en mayo o en los días de diario. A media mañana las calles vuelven a oler a pan, las plazas tienen sombra y el castillo observa desde arriba, como lleva haciendo siglos.