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sobre Cortes de Arenoso
Municipio de montaña con uno de los árboles más viejos de España; famoso por sus fuentes y su paisaje de pinos y robles
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El sendero de tierra cruje bajo las botas antes de ver el pueblo. Entre pinos altos aparece Cortes de Arenoso, en el Alto Mijares. A esta hora la luz cae oblicua sobre los tejados y el aire huele a resina y a tierra húmeda. El silencio se rompe a ratos con algún coche que atraviesa la carretera o con el viento moviendo las copas de los pinos.
El pueblo es pequeño, incluso para esta comarca. Un puñado de calles, algunas empinadas, casas de mampostería y tejados de teja vieja que han ido cambiando con los años sin perder del todo su forma original.
El centro del pueblo, sin prisa
La iglesia parroquial dedicada a San Miguel Arcángel marca el centro. La fachada es sobria, piedra clara y líneas simples. Frente a ella se abre una plaza pequeña con bancos de piedra. A media tarde suele haber movimiento tranquilo: vecinos que conversan, algún coche que aparca un momento, pasos que resuenan sobre el pavimento.
La calle principal sube con cierta pendiente. En pocos minutos se recorre entera. No hay grandes edificios ni museos; lo que se ve son puertas antiguas, fachadas reparadas con cuidado y muros donde la piedra asoma bajo capas de cal.
Pinos y laderas alrededor
Desde cualquier borde del casco urbano se entiende bien dónde está Cortes de Arenoso. El pueblo queda rodeado por monte. Pino carrasco, pino laricio y matorral bajo cubren buena parte de las laderas.
En primavera el verde se mezcla con el amarillo de las retamas. En verano el olor a resina se vuelve más intenso cuando aprieta el sol. El otoño trae tonos ocres y rojizos en algunos rincones del valle.
En varios puntos cercanos al pueblo el terreno se abre y deja ver el paisaje del Alto Mijares: barrancos suaves, montes que se encadenan unos con otros y, en días claros, una línea de sierras lejanas.
Caminar por caminos antiguos
Muchos caminos que salen de Cortes de Arenoso vienen de antiguo. Eran pasos habituales para pastores o para llegar a pequeñas zonas de cultivo.
Algunas rutas suben hacia zonas altas desde donde el valle se ve entero. Otras simplemente bordean las laderas y permiten caminar sin grandes desniveles. Conviene llevar buen calzado; el terreno alterna tierra suelta y piedra.
A primera hora de la mañana o al final de la tarde no es raro ver rapaces planeando sobre los barrancos. También aparecen buitres aprovechando las corrientes de aire. En otoño, cuando el suelo se humedece, muchos vecinos salen al monte a buscar robellones.
Lo que se come aquí
La cocina de esta zona del interior valenciano es directa. Platos contundentes, pensados para el frío de invierno y para jornadas largas en el campo.
Las migas ruleras siguen presentes en muchas casas. También los guisos con cordero o carne de caza cuando la temporada lo permite. La miel de montaña se encuentra con facilidad en la zona, igual que algunas hierbas aromáticas que se recogen en el monte cercano.
En ciertos momentos del año el pueblo organiza comidas colectivas o jornadas ligadas a recetas tradicionales. Suelen coincidir con fiestas o reuniones vecinales.
Noches muy oscuras
Cuando cae la noche, la falta de iluminación alrededor del pueblo se nota enseguida. Si el cielo está despejado aparecen muchas más estrellas de las que se ven en la costa o en ciudades grandes.
En verano el aire se enfría rápido después de la puesta de sol. Sentarse un rato fuera, lejos de las farolas, basta para que la Vía Láctea empiece a dibujarse sobre las montañas.
Cómo llegar y cuándo venir
La carretera que llega hasta Cortes de Arenoso atraviesa buena parte del Alto Mijares. El último tramo tiene curvas y tramos estrechos. Cuando llueve o aparece niebla conviene conducir con calma.
La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En pleno agosto el pueblo cambia de ritmo: regresan familias que tienen aquí casa y las calles se llenan más de lo habitual.
Cortes de Arenoso no tiene grandes reclamos. Lo que hay es otra cosa: un pueblo pequeño, rodeado de monte, donde la vida sigue un ritmo más lento que en la costa. Y donde el paisaje empieza justo al salir de la última casa.